Pecar no es fácil

Unos 800 espectadores se rieron anoche con la comedia 'Ninette y un señor de Murcia', en el Buero Vallejo, una propuesta sólida, con notables interpretaciones, que durante casi dos horas fluye como la seda y entrega muchos momentos de risa.


'Ninette' es la historia de un señorito de Murcia, vendedor de catecismos en la España franquista, que tras heredar cierto dinero decide marcharse a París a vivir una aventura sexual y disfrutar de la libertad que se presupone al otro lado de los Pirineos. 

Andrés sólo quiere navegar por el Sena mientras cena en un 'bateau mouche', ir a un cabaret, pecar y comprar algunos encargos. Su aventura, prevé, durará quince días. Pero no cuenta con Ninette (Natalia Sánchez), la hija de los señores que regentan la 'pensión' que le ha encontrado su amigo Armando (Javier Mora) donde vivirá: un par de exiliados asturianos -de Cangas y Langreo-, de izquierdas, formada por Madame Bernarda y Monsieur Pierre, al que dan vida Joaquin Kremel y Julieta Serrano.

César Oliva, director de este montaje que llegó anoche al Buero Vallejo -unos 800 espectadores-, ha logrado configurar una puesta en escena que fluye como la seda, y funciona como un reloj suizo. No ha quitado ni una coma al fantástico libreto que escribió Miguel Mihura, ha huido de vulgaridades y paletismos logrando dar cierta modernidad al conjunto y ha logrado, en suma, una comedia seria que hace reír (y mucho) a la gente.

Más allá de la historia de amor que viven Ninette y Andrés, la obra tambien plasma la tragedia de la dictadura con el irónico retrato de los dos emigrantes interpretados por Serrano y Kremel -él toca la gaita asturiana y bebe vino de Valdepeñas; ella cocina fabada y cocidos...- y expone una reflexión sobre la libertad: Andrés busca en París una apertura que en España no tiene pero, paradójicamente, sólo encontrará claustrofobia y represión.  

Natalia Sánchez dibuja una Ninette tierna, mimosa, llena de luz y Jorge Basanta, el narrador omnisciente, al señorito gris de una España gris, que consigue llevar de la mano estupendamente al espectador por esta historia. Julieta Serrano regala un entrañable y simpático personaje que suma en un retrato coral, donde quizás Mora -responsable de buena parte de los momentos simpáticos de la función- y Kremel fuerzan ligeramente sus caricaturas. Nada que enturbie en general una trama, envuelta en una idónea escenografía donde todo sucede: el salón de una pensión ligeramente desvencijada, con paredes transparentes y un gran ventanal desde donde se intuye París, la ciudad del amor, la ciudad de los sueños que Mihura pinta con su pluma genialmente cínica.