La reina invisible

Concha Velasco puso en pie anoche al Buero Vallejo que le rindió un prolongado aplauso por su gran interpretación en 'Reina Juana'. • La actriz, de 77 años y Premio Nacional de Teatro 2016, devana durante hora y media un monólogo nada fácil que no es sino la confesión de Juana la Loca en sus últimos días recluida en el Convento de Santa Clara, en Tordesillas. 


La cámara se coloca en una celda. Son los últimos días de Juana la Loca, recluida en el convento de Santa Clara de Tordesillas desde hace 46 años. Lo que sucede a partir de entonces, durante hora y media sobre el escenario, es la confesión de una mujer, la reina Juana, Juana de Castilla. Concha Velasco es la niña, la hija, la virgen, la mujer, la reina, la esposa... el personaje único que sobre el escenario del Buero Vallejo -lleno de público- va relatando una vida cruel, no querida, pero sobrellevada con responsabilidad por amor a sus seis hijos, por pasión desmedida a su marido, hermoso pero pérfido e infiel, el archiduque Felipe de Austria.

Concha Velasco devana maravillosamente la madeja de la vida de un personaje que es un regalo para cualquier actriz. Sólo cuenta con un reclinatorio, una cama, unas puertas, unas sombras, unas paredes donde se proyectan las imágenes de su marido, de su padre, del mar que tanto temía de pequeña... es una escenografía oscura, justa y brillante para situar al espectador en la claustrofobia de la reclusión. El dramaturgo Ernesto Caballero ha tejido un texto dramático y hermoso, lleno de matices y múltiples detalles que deja, además, varios respiraderos para la sonrisa.

La reina Juana se confiesa ante el público, ante el padre don Francisco, ante su madre. Recuerda su vida, su soledad, reflexiona sobre el poder -“una condena, que corrompe a las personas”-, sobre la necesidad de la búsqueda del sentido de las cosas, sobre las condenadas razones de Estado. Y se desnuda para mostrarse como persona -“me gusta sentir la lluvia, recibir su bautizo”-, que al fin y al cabo es lo que fue por encima de todo. Una persona que confiesa que nunca quiso pertenecer al mundo de los cuerdos y que si fue loca, lo fue porque en el fondo todos “somos un espejo que devuelve la imagen que los demás quieren de nosotros”.

La reina Juana que nunca reinó, la monarca, mujer, hija y madre que fue invisible para todos los que la rodearon, se sincera compartiendo momentos íntimos, como el encuentro por primera vez con Fernando, el descubrimiento de la carne la primera noche de bodas, el parto de sus hijos, el sentimiento puro de dolor ante su ausencia o el temor a perder a Felipe. Asume sus celos y se arrepiente de ellos, repudia a las mujeres que se acercaron a él con lascivia. Concha canta, baila, ríe, reza, suspira, recuerda a los comuneros Maldonado, Bravo y Padilla, finalmente decapitados, que la reconocieron como soberana; viaja a París, a Toledo, huele los campos de jara, se alegra de ver a los campesinos saludarla a su paso... 

Juana es una sombra y Concha Velasco logra trasmitir la vida de esta mujer con mucha verdad en una complicada interpretación, llena de cambios de registro y de viajes en el tiempo, dando voz a varias voces. Concha es la loba encelada, la madre preocupada y la mujer cuerda que sabe que el odio y el amor, el juicio y la locura están tan próximos como el bien y el mal.

Juana no fue loca, sino apasionada. Hasta el último momento de su vida, cuando ya estaba completamente extinguida de los corazones de su pérfido padre, su esposo y su hijo Carlos, tuvo palabras para “el hermoso príncipe”. El público regaló una larguísima ovación y piropos a Concha Velasco, que agradeció emocionada los aplausos. Se salió del papel, algo que -admitió- no le gusta demasiado a Gerardo Vera, director de la obra, que acudió anoche a verla, para desear Feliz Año a los espectadores y reconocer su alegría al volver a Guadalajara. “Nos volveremos a ver”, dijo despidiéndose.

 

 

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