El jardín de los chiflados

Lleno en el Teatro Buero Vallejo para ver la adaptación de ‘Eloísa está debajo de un almendro’ de Jardiel Poncela, una obra coral con muy buenas actuaciones y con una versión del clásico que aporta elementos renovadores en la escenografía.


Intriga y humor. Posiblemente no haya dos herramientas más eficaces para atrapar al público y Jardiel Poncela las supo combinar en su teatro con gran acierto. Desde luego, en su obra maestra, ‘Eloísa está debajo de un almendro’, que ayer, en la versión que llegó de la mano del circuito regional de artes escénicas, logró al fin que dos llenos confluyesen en el Teatro Auditorio Buero Vallejo: el de las butacas y el del espectador, que a buen seguro salió satisfecho de la cita.

El director Mariano de Paco Serrano, a quien pudimos ver dirigir hace algo más de diez años ‘En la ardiente oscuridad’ en Guadalajara, pone aquí al día de manera fantástica el texto de Jardiel Poncela: clásico, pero con elementos contemporáneos sobre las tablas. Acomete la renovación con inteligencia, allí donde debe: en el vestuario y en la puesta en escena, sin entorpecer el desarrollo de un libreto que por sí mismo funciona como un artefacto de relojería, pero en el que aprovecha para lucimiento del equipo algunos momentos como las transiciones entre escenas. La simulación de una proyección en una sala de cine en la primera de ellas es un magnífico ejemplo de ello.

La versión de Ramón Paso ofrece la historia de los Ojeda y los Briones, dos familias enemistadas y con un oscuro episodio en común en su pasado que sale a relucir cuando dos de sus jóvenes, Fernando y Mariana, inician un noviazgo. Hasta aquí, todo normal. Lo extraño, en realidad, son los comportamientos, no de uno o dos o tres de los personajes, ni de cuatro ni de cinco ni de seis, sino de todos ellos. Están locos de atar, locos de remate. El conjunto de situaciones desternillantes está servido, con el dibujo de algunos personajes memorables como el padre que lleva más de 20 años en la cama y que, sin levantarse de ella, algunas noches viaja en tren a cualquier punto de España o como la esquizofrénica Micaela, que, aunque en un papel muy secundario, borda Carmela Lloret, incluyendo una escena de desgarro que pone los pelos como escarpias. Pero hay más momentos delirantes, entre los cuales hay que recordar la conversación a solas entre Clotilde (Soledad Mallol) y Ezequiel (Carlos Seguí).

En realidad, el peso de la función recae sobre unos actores en perfecto equilibrio entre sí para una obra coral que reserva algún momento de lucimiento para todos. En el papel más contenido pero también más protagonista de Mariana, Cristina Gallego se desenvuelve con frescura, y en torno a ella gira toda esta tropa de chiflados que con sensación alocada –así debe de ser, y así se transmite– avanza en la trama, entre dobles sentidos y absurdos bien tirados, hasta acabar desembocando todos en el jardín del árbol al que alude el título.

Eloísa está debajo de un almendro’ es una comedia sin pretensiones, pero muy bien escrita y con una intriga in crescendo que estalla en esta última escena, con nada menos que una decena de personajes sobre las tablas que resuelven con mucha gracia el misterio que, entre carcajadas, ha mantenido expectante al público. Intriga y humor: dos ingredientes infalibles si se combinan con tanto oficio.