Harpías, en todas sus acepciones

Fantástico arranque de La Espiga de Oro en Azuqueca con un patio de butacas lleno que aplaudió la representación de ‘Las harpías en Madrid’, con excelentes libreto e interpretaciones.


No sé qué entienden ustedes por harpía (también arpía), pero el trío de harpías que nos presentó ayer el director Quino Falero para el arranque de la muestra de teatro La Espiga de Oro cumplía con todas las acepciones que marca nuestro académico diccionario de la lengua. La más común: la de persona codiciosa que, con arte o con maña, consigue cuanto puede y pretende. Pero también la de mujer aviesa, para no andar con rodeos. Y, si nos apuran, la de ave fabulosa, con rostro de mujer y cuerpo de carroñera, y la de águila poderosa de plumaje blanco y plomizo que habita las selvas amazónicas.

De todo un poco hay en estas tres mujeres que protagonizan ‘Las harpías en Madrid’, una fantástica comedia con un libreto estupendo que adapta el lenguaje del Siglo de Oro con un desarrollo muy ágil sobre las tablas y una interpretación maravillosa del plantel actoral: ellas –las harpías– y ellos, unos machos estupendos reducidos a su mínima expresión.

El patio de butacas de la Casa de la cultura de Azuqueca se llenó prácticamente para asistir al arranque de su XXXIII muestra La Espiga de Oro (acudieron el alcalde José Luis Blanco y la concejala de Cultura, Sagrario Bravo) en el que se presentó un atípico alegato feminista que hace uso de la mejor tradición de la picaresca para presentar un mensaje fresco y actual. Ya decimos, con un resultado sensacional, donde casi nada rechina, que empieza por supuesto en la magnífica adaptación que Fernando J. López ha logrado de un texto clásico de Castillo Solórzano.

La conocida actriz Nuria González es aquí una madre viuda que acude a Madrid desde Sevilla con sus dos hijas para valerse por sí mismas, sin depender de ningún hombre, utilizando para ello sus malas artes, o el ingenio de unas harpías (inteligencia, sensualidad, ambición). Sus presas en la Corte –aquí están las águilas poderosas, también las carroñeras con rostro de mujer– son un comerciante genovés que quiere triunfar en el teatro con sus textos infumables y un joven poeta con modales exquisitos pero una lascivia y un machismo desaforados. Ellas sabrán atacar los puntos débiles de ambos para hacerse con el botín.

Distribuida la acción en cuatro actos introducidos cada vez por un monólogo de González a modo de alegato (no aporta demasiado al mensaje, que se basta y se sobra en la acción, pero funciona para dar estructura al montaje), la función destaca por las interpretaciones, entre ellas las de los dos varones, que llevan a sus personajes hasta el ridículo más absoluto sin cruzar la frontera con el patetismo. Hay varios momentos desternillantes, pero se lleva la palma el duelo entre los dos pusilánimes espadachines.

Todo funciona con versatilidad: la aparentemente sencilla escenografía, con muebles rústicos que se abren y pliegan con casi tantas funciones como una navaja suiza; el maquillaje y el vestuario de época; las transiciones entre escenas con coreografías... Y por supuesto un texto inteligente, muy divertido, con un final previsible pero resuelto con destreza y con un mensaje contundente que no cae en dogmatismos y que nos traslada al Barroco sin barroquismos. Sobresaliente.