Una ceguera abrasadora

Lleno en el Teatro Moderno para la representación de ‘En la ardiente oscuridad’ de Buero Vallejo, en su centenario. • La obra se vale del simbolismo de la ceguera para plantear la dura realidad cotidiana de los españoles en la posguerra. • Sin grandes alardes actorales, Telón Corto sostiene un drama que resulta pesado en su último tramo.


Había ganas de reencontrarse con Buero sobre los escenarios. Y el mero hecho de estar convocados en el Moderno (¡ay, ese teatro que tanto costó reabrir!), de que el patio de butacas estuviese repleto con sus 200 espectadores y de que una compañía levantase el telón para dar voz a la obra del maestro eran de por sí una magnífica noticia. De modo que comencemos por la noticia (Guadalajara representa a Buero) y sigamos, ahora sí, con la crónica.

Y en la crónica hay que incluir que seguramente no vimos al mejor Buero. ‘En la ardiente oscuridad’ fue el primer drama escrito por el autor nacido en Guadalajara hace ahora cien años. En el libreto, distribuido en tres actos, hay mucho de lo que será Buero en adelante, pero no es ni mucho menos su obra mejor acabada. La compañía Telón Corto se esfuerza en darle frescura a las interpretaciones y ofrece algunos recursos técnicos efectistas, pero no basta.

El debate que plantea el autor no podía ser más oportuno en la España que transitaba por ‘la paz’ de la victoria franquista, a finales de los años cuarenta. El escritor tira de simbolismo con la ceguera (lo haría muchas veces más con las taras físicas, varias de ellas de nuevo con la invidencia) para presentarnos el conflicto que causa la llegada del joven invidente Ignacio a una prestigiosa institución académica capaz de señalar un camino de felicidad para los jóvenes estudiantes ciegos.

Ignacio no va a ser uno más. Va a ser, de hecho, la oveja negra del rebaño. Desde su llegada, denuncia la estúpida y absurda alegría de dos parejas de ciegos aparentemente felices. La ceguera es “la guerra que me consume”, dice el rebelde protagonista en un rotundo paralelismo político. Logrará su objetivo y hará trizas la aparente felicidad del resto de jóvenes estudiantes: en unos casos, porque empezarán a cuestionarse lo que hasta entonces les resultaba incuestionable; en otros, porque serán infelices viendo cómo sus parejas mudan de carácter y parecer hasta resultar irreconocibles.

El personaje de Ignacio lanza frases como dardos (“estáis envenenados de alegría”) y entre los duelos dialécticos, tan típicamente buerianos, hay algún momento fantástico, como la alucinación coral de la segunda escena con los personajes ciegos soñando cómo sería ver. Pero la función se estanca sobre todo en un tercer acto donde el espectador se descubre dando vueltas a los mismos argumentos, con el conflicto sobradamente planteado y sin que avance la trama.

A oscuras, con estridencias

Sólo rompen esta monotonía algunos recursos técnicos, tan del gusto del propio Buero a lo largo de su obra, como los instantes de penumbra en la sala para que el espectador empatice con la ceguera o los estridentes sonidos que subrayan la tragedia hacia la que se desliza el final. Pero, en cualquier caso y pese a que se agradecen los esfuerzos de la directora Eva Rodríguez, la función ha quedado atrapada en un bucle que acaba rompiéndose con un desenlace abrupto, sucedido fuera de una escena que –el autor impone también aquí sus reglas– no varía a lo largo de toda la obra: el salón de una residencia estudiantil.

De modo que, apuntando muchas de las virtudes del teatro de Buero (que es, además, un teatro donde la letra pesa sobre cualquier otro elemento), seguramente no es el mejor encuentro con Buero para los principiantes, mientras que quienes hayan visto otros montajes de ‘Historia de una escalera’, ‘El tragaluz’ o ‘El sueño de la razón’ (dos veces en Guadalajara en los últimos tiempos) guardarán mejor recuerdo que de esta ‘En la ardiente oscuridad’.

Lo mejor, el debate planteado, siempre oportuno, entre optimistas y pesimistas, entre tontos felices y listos desgraciados, entre resignados que buscan la felicidad al alcance de la mano e inconformistas que siempre pensarán que hay un camino mejor que explorar, entre la hipocresía de quienes con paternalismo procuran lo mejor para nosotros y los héroes dispuestos a prometernos mundos mejores pero tan inalcanzables como lo es, para un ciego, la contemplación del firmamento. El debate, en definitiva, entre el difícil equilibro que establecen la necesidad de llevar las cosas hasta el límite y ser a la vez conscientes de nuestras limitaciones. Porque no es lo mismo estar ciego que no ver.

 

PD – Resulta incomprensible la convocatoria por parte del Archivo Histórico de la conferencia ‘El Bachillerato de Buero Vallejo’ de forma solapada con la representación en el Moderno de ‘En la ardiente oscuridad’, llegada por cierto de la mano de la misma administración regional, en este caso a través de su Programa de Artes Escénicas, aunque integrada en la programación difundida por el Patronato Municipal de Cultura. El resultado fue obligar al público interesado por el autor a elegir entre la vida y la obra del escritor. Valga que dos administraciones diseñen cada cual por su lado sendas programaciones para el Año Buero, como han hecho Junta y Ayuntamiento. Lo imperdonable es que una de las dos únicas oportunidades de ver un buero sobre el escenario, ayer en el Moderno, coincida con otro acto del mismo centenario.

 

 

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