Pasadas de revoluciones

La asamblea de las mujeres’ llenó anoche el Buero Vallejo con una versión zafia y soez de la comedia clásica de Aristófanes que sólo aguanta una de sus dos horas gracias a las interpretaciones de sus protagonistas, encabezadas por un soberbio Pedro Mari Sánchez y una notable Lolita.


Hay que rendirse a la evidencia: hay un teatro comercial que revienta las taquillas y que lleva al público menos exigente a un éxtasis exacerbado cuando cae el telón. Pentación viene tocando esta tecla y los programadores del Buero Vallejo de Guadalajara, que anoche se llenó, tienen a esta productora como apuesta fija de su cartelera. ‘La asamblea de las mujeres’, que es una obra eminentemente comercial para un espectador de risa fácil, llegaba ayer con varias vitolas que podían ofrecer cierto interés al espectador exigente: la dirección de Juan Echanove, la reposición de un clásico de Aristófanes o su estreno en el Festival de Mérida, donde batió el récord de público.

Puro márketing.

Lo dicen quienes lo conocen: el festival de Mérida lleva ya tiempo programando estrenos pensados más en las giras posteriores como la que ayer paró en Guadalajara que en el prestigio meramente teatral de la cita. A eso le sumamos que Aristófanes no era ni mucho menos el tipo más refinado del ágora ateniense.  Y le damos una vuelta de tuerca con una versión que nos presenta Echanove en el libreto de Bernardo Sánchez que resulta zafia y que se cae estrepitosamente durante una insufrible segunda hora.

Antes, durante un primer tramo, los mimbres prometen: el coro griego reconvertido en chirigota gaditana, que transfigura la tragedia en guasa, nos presenta la historia de Praxágora, interpretada por Lolita, que capitaneará una auténtica revolución democrática: las mujeres se visten de hombres para tomar la asamblea de Atenas, que les entregará el desgobierno de la ciudad para que practiquen una suerte de socialismo utópico imaginado por Aristófanes.

Hasta aquí podemos perdonar algún exabrupto del tipo “aire para mi coño”, que tanta gracia hace a cierto público, y el chute de testosterona con que ellas quieren hacerse pasar por ellos. La historia interesa y el esqueleto de la trama aguanta lo que puede gracias a unas actuaciones más que interesantes (destacables los momentos protagonizados por Pedro Mari Sánchez, sufrido marido de Praxágora) y hasta que los aderezos de mal gusto con los que se venía avisando desde el principio acaban por embarrarlo todo. A Echanove se le cae toda la sal gorda sobre el escenario.

Da vergüenza ajena ver a María Galiana continuamente con el coño en la boca. No sé para un ateniense del año 392 antes de Cristo, pero para un ciudadano del siglo XXI con ciertos escrúpulos resulta insultante ver la escena en la que dos prostitutas que acaban de rebelarse contra el orden establecido se disputan como cliente a un joven dramaturgo. El baile casi pornográfico que sostiene con cierta dignidad la actriz Concha Delgado resulta un numerito completamente gratuito. Se supone –hay que suponerlo– que Echanove se pone en manos de Dionisio y de sus desmadres sobre el escenario para trazar una crítica a nuestros días que igual apunta hacia el rico que hacia el pobre, al hombre y a la mujer, pero lo cierto es que acaba por ser un festival de palos de ciego, de voces y de exabruptos, de ligueros y de pelucas, un delirio absolutamente desnortado.

Si el cometido de Echanove es prevenir de los excesos de la democracia, el montaje yerra porque el final se despista con escenas inconexas y supuestamente efectistas. Si se trata de poner al día una lucha feminista que deja de lado la dignidad para mostrar su absoluto fracaso a la hora de poner un contrapunto en el gobierno de la cosa pública, entonces lo clava, pero aquello tendría muy poco que ver con nuestros días. Si el objetivo es actualizar un clásico que trace algún paralelismo político mínimamente ilustrativo entre la Atenas de ayer y la España de hoy, Echanove se queda en el propósito.

La asamblea de las mujeres’ que nos trajo Pentación es un montaje de sentido estrictamente comercial, donde la política es sólo la excusa para servir una reflexión totalmente prescindible, de las que tanto abundan. No se entiende qué necesidad tiene Juan Echanove de recuperar precisamente este clásico trasnochado, de ‘actualizarlo’ –digámoslo así– con bochornosas morcillas más típicas de los Morancos y de tirar el poco o mucho prestigio que se le presupone sobre los escenarios con un producto sometido únicamente al criterio de la taquilla.

El espectáculo acaba con los actores pidiendo al público que cante la chirigota final con ellos como en un festival infantil de Xuxa. El espectador tiene que cantar en coro que nos devuelvan las ruinas. Es un final abierto, porque no se aclara si se refieren a las ruinas de Atenas, a las de Aristófanes, las de Echanove o las de Buero Vallejo, nuestro ilustre centenario que da nombre al teatro que ayer se llenó hasta la bandera.

Pues eso: que al menos nos devuelvan las ruinas.