Todos a la boda

Guadalajara se echó a la calle este sábado para presenciar el cortejo y la boda entre Felipe II e Isabel de Valois, una representación que llega 456 años después del matrimonio real, con algunos obvios cambios de escenario y una gran implicación de asociaciones culturales y compañías profesionales de la ciudad y la provincia.  


Dicen que de las tres esposas que tuvo Felipe II, la joven Isabel de Valois fue a la que más amó. Su boda fue un matrimonio de conveniencia -cuestión de Estado-. Primero se casaron un 22 de junio de 1559, por poderes, en la catedral parisina de Nôtre Dame cuando Isabel apenas era una adolescente (13 años). El rey Felipe II fue representado entonces por Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, el Gran Duque de Alba. Seis meses más tarde, Guadalajara sería el escenario de la confirmación de los esponsales. Era pleno invierno, un 31 de enero de 1560 y la ceremonia se celebró en el Salón de Linajes del Palacio del Infantado, casa de los Mendoza. Los reyes se veían las caras por primera vez. No faltaba nadie. Los contrayentes estaban rodeados de sus parientes. Isabel tenía a su madre, Catalina de Médicis. Estaban los hermanos, las amigas... 

Con algunos cambios de escenario y actividades festivas, el sábado por la tarde se rememoró el enlace entre los dos monarcas -Lucía Pastor y Héctor Alcalá-, un hecho histórico que ocurrió hace ahora 456 años en las calles de la ciudad y el Infantado y que convirtió a Guadalajara en una fiesta.

La boda, acto central de la programación organizada por el Ayuntamiento con motivo del apoyo a la candidatura del Infantado a Patrimonio Mundial, contó con dos centenares de personas -entre actores y figurantes- y destacó, sobre todo, por la gran implicación de asociaciones culturales de la ciudad y la provincia. Fue una recreación preciosista, dirigida por la actriz guadalajareña Abigail Tomey, con una producción de cuatro horas y media que cumplió con bastante fidelidad el horario previsto.

El recibimiento de la ciudad a la princesa de Francia y futura reina de España fue similar a lo que cuentan las crónicas. Todos los recorridos estuvieron llenos de público y los aplausos se sucedían tras los bailes populares en la plaza del Jardinillo a cargo de los alumnos de la Escuela de Baile de La Cotilla -no faltó la danza de los zancos- y de los cortesanos, en los jardines del Palacio.

La asociación de Gentes de Guadalajara, que anualmente da vida al Tenorio Mendocino, se enfundó de nuevo en sus trajes para dar color y encarnar a los aldeanos, a poetas, a damas cortesanas. El regidor, el actual alcalde, Antonio Román, junto al concejal de Cultura y Festejos, Armengol Engonga, se acercaron para entregar a los monarcas las llaves de la ciudad en la plaza Mayor, frente al Ayuntamiento. Los tercios de Flandes -a los que dan vida los miembros del Grupo de Tambores de la Cofradía de La Pasión del Señor- custodiaban en todo momento a los reyes y abrieron paso al largo cortejo desde la plaza de Santo Domingo -donde coincidieron la reina y el rey- hasta llegar al Infantado ante las miradas de los curiosos.

Es verdad que no hubo ni bosque artificial junto a la antigua ermita de la Virgen del Amparo, como narran las crónicas de Layna. Es verdad que tampoco hubo arcos en la plaza Mayor, en el Palacio y en la puerta del Mercado, pero sí se levantó un mercado en la explanada del Infantado con medio centenar de puestos donde se vendía de todo. Desde jabones a inciensos, desde joyas a pizarras decoradas. Desde vestidos a embutidos y cervezas artesanas.

El público abarrotó el Patio de los Leones, que se convirtió en escenario del enlace. No pudo ser en el Salón de Linajes, actualmente sala de exposiciones del Museo Provincial, que fue realmente donde todo ocurrió. "Los cronistas hablan de que las mujeres no fueron admitidas, con lo cual hay que imaginar a la duquesa y toda su corte, rabiando por no poder presenciar aquella boda… única en la historia, y que se se celebraba en su propia casa", escribe el historiador y cronista de la provincia, Antonio Herrera Casado, presente en la boda.

La postal fue bien distinta ayer, ya que la ceremonia estuvo llena de público, de pie en el Patio. A lo largo de un pasillo, se sucedían los invitados, los amigos, los familiares, los contrayentes. El actor Juan Carlos Naya anunció los esponsales y el director teatral y actor Pablo Menasanch encarnó al Duque de Alba. Ofició la ceremonia el obispo de Burgos, un magníficamente retratado José Luis Gómez Recio, poeta y artista, del grupo Diversos.

No faltaron tampoco los príncipes de Éboli, Ruy Gómez de Silva -del que se está conmemorando el V Centenario de su nacimiento- y doña Ana de Mendoza, con la que, según una leyenda negra, pudo tener relación sentimental Felipe II. La boda estuvo amenizada, con dos piezas, por las bonitas voces del Orfeón Joaquín Turina.

Ya en la fiesta posterior, en los jardines del Infantado, el Palacio lució con colores rosados. Los visitantes pudieron ver una muestra de artilugios de época -cascos, lanzas, corazas y tiendas de campaña, entre otros objetos-, escuchar la música de las dulzainas y ver a las bailarinas que agasajaron a los monarcas con danzas populares. Los reyes, accesibles, se hicieron fotos con los vecinos, sonrieron... y aunque faltaron las corridas de toros que antaño sí existieron, lo que no faltó fue el teatro, a cargo de la compañía Comando Teatral que recordó a Cervantes, con el episodio de Clavileño, el caballo de madera con el que unos duques gastaron una broma a don Quijote y Sancho en la segunda parte de la novela. Y, por supuesto, la guinda final: los fuegos artificiales de los que dan fe las crónicas y que subieron al cielo cuando apenas faltaban diez minutos para que el reloj diera las once de la noche.

Fotos: E.C.

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