El último recital de Sócrates

Un tercio de entrada en el Teatro Buero Vallejo asistió al ‘Sócrates’ dirigido por Mario Gas e interpretado por José María Pou, con un gran derroche actoral pero una puesta en escena excesivamente estática.


La de Sócrates fue una vida ejemplar porque también lo fue su muerte, que le confirió la coherencia necesaria para que así fuera. Es la vida de un santo laico, de un sabio consecuente, de un hombre prisionero de la verdad y de un sentido estricto de la justicia. Un héroe de tragedia griega al que el tiempo, que al cabo toma la forma de la historia, se ha encargado de juzgar con mejor criterio que sus conciudadanos de Atenas.

El ‘Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano’ que llegó el viernes al Teatro Buero Vallejo de Guadalajara y que fue concebido para el Festival de Mérida nos presenta el juicio y la ejecución del filósofo, que no dejó jamás una línea manuscrita y del que sabemos, en buena medida, por los escritos de su discípulo Platón. Precisamente el director, el prestigioso Mario Gas, ha tirado de la ‘Apología de Sócrates’ que éste escribió para contarnos los últimos días del controvertido ateniense.

La fuerza que tiene el personaje de Sócrates es indudable. También el conflicto que vivió en el momento de enfrentarse a su muerte es intenso. Pero el desarrollo sobre las tablas que ofrece la obra resulta tremendamente estático. La trama se ahoga en un recital de textos densos y abstractos. Y eso le resta alma y pasión al conflicto. Lo que, todo sea dicho, no evitó un larguísimo aplauso final por parte del público, por lo general satisfecho con la función.

El espectador asiste a una sucesión de sermones de Sócrates y de monólogos de contrarréplica del resto de actores, un grupo de intérpretes sensaciones que, en cambio, apenas se miran entre sí, que no se hablan y que durante hora y media jamás se tocan. Es un diálogo sordo entre estatuas dispuestas sobre el escenario como si fuesen las cariátides y los telamones de las columnas de los templos griegos. La disputa entre Sócrates y sus acusadores, que es muy potente, se desenvuelve fría y cerebral sobre el escenario.

Ya la presentación de los hechos exige 25 minutos perfectamente delimitados en bloques estancos de dos monólogos, un retrato a varias voces de Sócrates (lo mejor) y una advertencia de Pou al público para que no se descentre con la pantalla del teléfono móvil. Sólo después de estos excesivos prolegómenos, la obra entra de lleno en el juicio al filósofo, donde brilla la calidad de los textos y no sólo la actuación de Pou, sino de todos sus colegas, encarnando algunos de ellos unos intensos conflictos personales paralelos al de Sócrates, caso de su esposa (Amparo Pamplona) y de Meleto (Pep Molina). Pero lo hacen, salvo en dos momentos concretos, con una sucesión de monólogos que evita siempre la acción. No hay nunca una voz sobre otra. Cada actor espera pacientemente su turno para dirigirse al auditorio como se da la vez respetuosamente en la pescadería.

No deja de resultar paradójico que Sócrates, al que Platón y Aristófanes nos presentan como un filósofo que hace del diálogo su principal herramienta para la búsqueda de la verdad, quede aquí retratado a través de soliloquios propios y ajenos. Los textos son más declamados que interpretados; la puesta en escena es sobria y en el desarrollo falta coreografía. Uno puede imaginar a Sócrates resignándose a cumplir su condena con una integridad apabullante. Pero también lo imagina mirando a la cara a sus justicieros, apuntándoles con el dedo índice, agarrándoles de la pechera y girando como un depredador en torno a su presa en los momentos más apasionados de la discusión. Y no es así: queda clavado como un cristo en el ágora.

La obra acaba en un magnífico clímax y con una fantástica frase atribuida al pensador y traída aquí a cuento como un martillazo final: rompe a través del detalle y de la anécdota, al fin con la frase mordaz, una hora y media de abstracciones. Eso es lo que espera uno del teatro: que le ponga corazón a las lecturas de los tratados de filosofía. Que sea un canto, y no sólo una medalla de distinción, a un hombre íntegro. Tan necesitados como estamos de su ejemplo.