La batalla de Reikiavik

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El Buero asistió el sábado al último montaje de una obra de Mayorga, ‘Reikiavik’, un sensacional derroche actoral al servicio de una historia que mezcla varios planos en torno al legendario enfrentamiento de ajedrez en 1972 entre Bobby Fischer y Boris Spassky.


Fueron dos genios atrapados en el ojo del huracán. Dos enormes talentos frente a frente, representando mundos opuestos y con caracteres que no podían ser más contrapuestos: Bobby Fischer, norteamericano, era un ajedrecista desgarbado y maniático, exponente radical del individualismo caprichoso de su nación; Boris Spassky, un ruso de modales y placeres más sencillos –las mujeres, el cine del Oeste, la literatura de Dostoyevski- ahogado por la maquinaria soviética. Jugaban al ajedrez, pero fueron tratados como héroes de hazañas bélicas, como generales de una de las ofensivas más apasionantes de una guerra que se libró en campos de batalla inéditos. La suya fue la batalla de Reikiavik de la Guerra Fría.

El dramaturgo Juan Mayorga revive en ‘Reikiavik’ ese episodio histórico de 1972 en Islandia: el enfrentamiento entre el ajedrecista ruso, defendiendo la hegemonía soviética en la disciplina, y el judío estadounidense, que aspiraba a ser el primer campeón mundial nacido en su país. Lo hace con un planteamiento tremendamente sugerente: la recreación de aquellas partidas por parte de dos tipos anónimos en una de esas mesas de ajedrez que hay en los parques. Tal vez un jubilado enfermo y un oficinista en sus ratos libres, que se llaman entre sí como dos batallas perdidas (Waterloo y Bailén), a quienes un día se une un muchacho que decide saltarse un examen.

La propuesta de Entrecajas Producciones Teatrales llegó este sábado al Buero Vallejo ante menos de 200 espectadores: se confirma que en Guadalajara somos más de matrimoniadas y de carteles televisivos que de montajes nominados a mejor Espectáculo en los Premios Max. El propio dramaturgo Juan Mayorga, autor de títulos de la talla de ‘La tortuga de Darwin’ o ‘Cartas de amor a Stalin’, estuvo presente en el patio de butacas, atento a esta representación de la segunda obra en la que asume el papel de dirección.

Reikiavik’ tiene unos diálogos inteligentes, una acción vertiginosa, un derroche actoral impresionante y una historia difícil de abordar. Esto último puede bastar para que algún espectador quede descolgado de la función. El resto de virtudes, en cambio, hacen del montaje un interesante ejercicio teatral muy del gusto de Mayorga, que sin grandes artificios –sencilla escenografía y un uso muy adecuado de la iluminación– convierte el escenario en un espacio dividido en dos partes simétricas, al modo de un ring de boxeo.

Pero hay, sobre todo, una superposición de planos: los hechos históricos, con los dos ajedrecistas, con el frío y la lluvia de Reikiavik, con Kissinger y el soviet supremo al teléfono, con el paso en falso de un alfil; la vida real, que transcurre ahora, mientras usted lee esta crónica, en algún parque de la ciudad, donde tal vez dos tipos que se desconocen libran una partida única o recrean por enésima vez un enfrentamiento legendario; y entre medias, transversal, el teatro, que es sueño pero también es la vida misma, que es por tanto imaginación hecha aquí y ahora, que devuelve en cada gesto al presente lo que ocurrió y que fabula con lo que pudo suceder después, cuando los focos se apagaron.

Tiene ‘Reikiavik’, un cruce de batallas perdidas, algunos momentos muy brillantes, como la noche antes del primer enfrentamiento; o el emotivo final precipitado en catarata cuando los actores abandonan el libreto de la partida de ajedrez que representan e inventan qué pudo ser mientras reflexionan sobre la condición humana, siempre con un trabajo actoral enorme. Dos horas fantásticas, para quien no se desenganchara, que concentran en torno a una mesa de ajedrez la épica de esa historia cuajada de batallas -y su reverso, cómo los héroes acaban siendo víctimas-, y que encierran también la autenticidad de la vida en cualquier rincón del parque, en cualquier lugar del mundo.