El enorme duende del teatro

Prácticamente lleno en el Buero para ver ‘Mujeres de Shakespeare’ de El Brujo, una reflexión sobre algunos personajes femeninos del dramaturgo inglés que acompaña de numerosas referencias bufonescas a la actualidad.


A algunas mujeres de Shakespeare hasta ahora sólo les había dado la réplica un protagonista ramplón, alejado de su ingenio. Las mujeres de Shakespeare en este montaje personalísimo de El Brujo que el sábado llegó a Guadalajara comparten escenario, en cambio, con un juglar, con un histrión, con un comediante puro. Con un duende enorme, de cien caras.

Con las mil butacas del Buero Vallejo de Guadalajara casi llenas, el actor lucense recurrió en ‘Mujeres de Shakespeare’ a cuatro de los personajes femeninos del dramaturgo británico (no siempre las más conocidas: Rosalinda de ‘Como gustéis’, Catalina de ‘La fierecilla domada’, Beatriz de ‘Mucho ruido y pocas nueces’ y Julieta) para reflexionar sobre el teatro y lo que hay en su espejo: la vida.

En su alegato no hay dogmatismos, pero tampoco sentido de la narración. Esta vez, con las artes de siempre, el comediante se limita a saltar de un personaje a otro con su gracejo innato. El juglar pespuntea sus divagaciones lanzando versos precisos como flechas y el bufón la emprende a martillazos, asumiendo su papel esencial en la Corte del rey Felipe VI. La carcajada es generalizada. Y el resultado artístico, aunque otras veces es más elevado, le sigue dejando muy bien parado con una propuesta que no es nada fácil: armar un artefacto escénico de dos horas, basado más en la reflexión que en la acción, sin apenas vestuario ni decorado, con un solo actor, repleto de saltos históricos, perdido en digresiones en espiral, abierto a la improvisación. 

Porque en el juego que El Brujo establece a lo largo de la función hay siempre una superposición de planos. Hay también una reivindicación de sí mismo, del intérprete puro que no necesita siquiera de directores y del hecho teatral básico frente a las divagaciones sesudas del crítico que quiere ver sobreactuación donde no la hay o destacar un fraseo brillante del genio allí donde el genio, sin embargo, ha dejado caer muy bajo su ingenio. Hay una parodia de lo que Shakespeare tiene de parodiable, y es el mejor modo de reivindicar también al mejor Shakespeare, y a su vez al mejor teatro clásico español: la diferencia está en el respeto que unos reyes y otros tuvieron por sus bufones. Ayer y hoy: por eso el erudito estudioso de Shakespeare, Harold Bloom, resulta vapuleado en sus tremendismos. Por eso los bufones del bosque salen tan bien parados.

Lo dijimos ya la última vez que le vimos sobre las tablas del Buero Vallejo, hace año y medio, con su excelente ‘Lazarillo’, y vamos a insistir sobre ello: “El Brujo raya el límite de lo excesivo sin caer por el foso. Saca y mete al espectador de la obra a su antojo, le confunde con lo que hay y no hay de improvisación, le muestra las costuras del texto y las bambalinas del escenario sin romper nunca el hechizo. Muestra una capacidad sobresaliente para actuar a plena luz o en tinieblas, para cambiar en un minuto su condición de monologuista de club de copas con la de imponente intérprete de clásicos, modulando personajes creíbles y contundentes sin necesidad de emplear más recursos que voz y gesto”.

El actor cordobés, que aquí centellea sobre el escenario con el subrayado del violín del maestro Javier Alejano, se disculpó al final de su actuación por no haber cumplido con una representación teatral al uso (¿alguien la esperaba?), consciente de que sólo los duendes muy grandes tienen el privilegio de meter a mil personas en un teatro para abusar de su cariño y divagar a capricho sobre un tema tan poco comercial como el dibujo que hace Shakespeare de sus personajes femeninos. Otro día, concedió, vendrá para representar una obra de verdad. No hay duda de que tiene libretos mejores. Pero, como dice El Brujo sobre el escenario, “el hombre siempre es el estilo”. Y Rafael Álvarez, de estilo, va sobrado.