La madre de todas las alcahuetas

La muestra teatral azudense La Espiga de Oro bajó el telón este domingo con ‘Ojos de agua’, un canto a la libertad a través de la adaptación de La Celestina con soberbias actuaciones de Charo López y Fran García.


La alcahueta es una de las grandes creaciones literarias españolas. En una tradición de lazarillos, quijotes y donjuanes, todos ellos masculinos, se suele olvidar a este otro personaje universal: la alcahueta y la trotaconventos, las brígidas de las noches de difuntos, y la Celestina, acaso la madre de todas las putas viejas que fueron y serán, lo que incluye a pioneras de la literatura feminista como Mary Shelley y Simone de Beavoir. Todas ellas quedan convocadas en el prólogo de ‘Ojos de agua’ por la Celestina, la maestra indiscutible de las malas artes que Charo López hace carne sobre el escenario con una credibilidad asombrosa: la humaniza hasta el tuétano. La Celestina es aquí, más que nunca, la madre de todas las alcahuetas.

La muestra nacional de teatro La Espiga de Oro de Azuqueca tuvo el acierto de echar el telón este año con ‘Ojos de agua’, una adaptación muy libre del clásico, o más bien una reivindicación del personaje a partir de la obra de Fernando de Rojas. El montaje de la compañía Ron Lalá atrapa el espíritu medieval, pero lo sirve con gran frescura, en un canto a la libertad que puso en pie al patio de butacas, lleno en sus dos terceras partes.

La propuesta de Yayo Cáceres es sencilla: en vez de aceptar la muerte a cuchilladas de La Celestina, como sucede en la obra de Rojas, la rescata sobre las tablas para escuchar su monólogo ante unas monjas, y así, al filo de su última hora, reflexiona acerca de una vida cuajada de excesos, de gozos vividos y servidos pero, sobre todo, de un andar por el mundo sin rendir cuentas con ningún señor, si se pasan por alto las mansedumbres del oro, que precipitan su perdición.

Pero ahí queda el elogio a la libertad en esta reina de la calle. Y está bien el mensaje de la obra, como reivindicación de cierta dignidad para las putas viejas que pueblan nuestra tradición literaria, pero lo cierto es que lo mejor de la representación llega cuando vuelve sobre el texto original de la tragicomedia. La primera mitad contiene demasiadas divagaciones en círculo y algunas venidas del siglo XV al XXI que pueden sacar a algún tipo de espectador de la función. Es luego, en una segunda media hora brutal, en la que la sucesión de episodios de la obra de Rojas recreados con gran ingenio, cuando el montaje vive sus momentos más emocionantes y de mayor factura artística.

Es soberbio el diálogo de una Celestina haciendo de sí misma con Melibea convertida en vaso de madera medieval; son brillantísimos el encuentro entre Calixto y Melibea en el huerto, versión clown, así como los dos monólogos finales: el fantasma de Pármeno como padre de Melibea desgarrado por la muerte de su hija y el de la propia Celestina dejándose sumergir en la eternidad, ese desvanecimiento simbolizado en unos ojos llenos de agua. Y si Charo López hace muestra en estos pasajes de su maestría, su joven compañero Fran García en la réplica nos descubre a un cantante y actor polifacético y brillante siempre en una desmesura bien trazada.

Hay en general un uso muy acertado de los recursos teatrales sobre un escenario sencillo que llenan de música Antonio Trapote a la guitarra y el propio García con su voz; la iluminación precisa y una escenografía a la que se saca partido imprimen la agilidad necesaria al continuo parlamento de la alcahueta. Una puta vieja, insiste ella en reivindicarse así, que más que nunca es aquí, ya se ha dicho, la madre de todas las alcahuetas.