Pues la cosa funciona…

Tes cuartas partes de entrada en el Buero Vallejo para ver la adaptación teatral de la película de Woody Allen, protagonizada por José Luis Gil. • El montaje de Alberto Castrillo-Ferrer ofrece una comedia ácida y resultona que atrapa bien el universo del cineasta neoyorquino.


Cuando uno ve el tráiler de ‘Si la cosa funciona’, la adaptación teatral de la película con el mismo título de Woody Allen que ha llevado a cabo Alberto Castrillo-Ferrer, duda sobre si la comedia no reducirá a unas cuantas simplezas el complejo universo del cineasta neoyorquino. Pero no. Afortunadamente, la cosa funciona. José Luis Gil lo clava como el ‘alter ego’ que todo aficionado a Allen espera –y no la reencarnación del presidente de la comunidad de vecinos de sus series televisivas, que todo podía ser– y la representación expele hacia el patio de butacas las dosis exactas de acidez para que haya algo más que un intercambio de chistes ingeniosos sobre el escenario.

La adaptación de Luis Colomina respeta el texto de la película y su argumento: Boris es un misántropo con malas pulgas que adopta en su apartamento a una jovencita con la que vivirá un romance pintoresco. La irrupción de la familia de ella obligará a replantearse un inexplicable idilio que sólo se sostiene por inercia: mientras la cosa funcione.

La relación de los protagonistas sobre las tablas también funciona. Hay química entre Gil y Ana Ruiz. El choque entre caracteres tiene gracia y chispa. Ella, Melody, tan inocente, soñadora, adorablemente imbécil; y él, Boris, tan cascarrabias, neurótico, hipocondriaco y casi siempre impertinente. Cabría decir que (también él) adorablemente impertinente. Ambos sostienen con vigor la primera parte de la obra, la historia de una relación a medio caballo entre el erotismo y el paternalismo entre un viejo cerebrito a vueltas de todo y una joven ilusa llegada a la Gran Manzana desde Dallas.

Y cuando el bis a bis entre ambos ha dado todo de sí, aparece Woody Allen en la pantalla dialogando con su protagonista –la criatura cuestionando el diseño del creador– y da paso a una segunda parte en la que los secundarios dibujan tan rápidos como efectivos unos personajes que le dan otra vuelta de tuerca a la trama.

Tiene el montaje el acierto de reforzar algunos elementos propiamente teatrales como los monólogos del protagonista y sus largos apartes con el público, que sellan la complicidad entre personaje y público, así como el modo en que redondea el argumento con un número final de la fiesta de Nochevieja que incluye un tema cantado por Ana Ruiz.

Al montaje tal vez le sobran algunos audiovisuales que aparecen como artefactos demasiado empastados en una narración que funciona por sí sola sobre las tablas. Se supone que es para remarcar el ambiente de Manhattan, pero la obra es tan absolutamente alleniana y los referentes del cineasta son tan compartidos por el público que esos pantallazos están de más, salvando la introducción con el reconocible tema de la película y la aparición de Woody Allen para dividir en dos la función en una suerte de entreacto.

Así que la cosa funciona, como pudieron ver tres cuartas partes del Buero Vallejo este viernes por la noche. Con un ritmo apropiado, con unos diálogos fluidos y con unas magníficas interpretaciones, la hora y tres cuartos de representación divierte al espectador, que capta la tierna ironía con que Allen mira a unos personajes con proyectos vitales fallidos a los que mejor les irá si se dejan llevar por el azar. Aunque se trate de tropezar dos veces con la misma piedra, o de volver otra vez al punto de partida. Qué más da... mientras la cosa funcione.