Recordad Mauthaussen

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Este sábado llega a la Espiga de Oro de Azuqueca la obra 'El triángulo azul' de Micomicón, una historia sobre españoles en el Holocausto, que ganó dos premios Max. • Dejamos esta crítica, escrita tras su paso por el Teatro Cervantes de Alcalá en marzo.


Hay que recordar Mauthausen. Es el grito de Micomicón Teatro con su propuesta de ‘El triángulo azul’, una producción del Centro Dramático Nacional que este fin de semana llega a la Espiga de Oro de Azuqueca y que pudimos ver en el Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares en marzo pasado, que obtuvo dos de los tres Max a los que estaba nominada -Mejor Autor Teatral en Castellano y Mejor Escenografía- y que relata las peripecias de los españoles que padecieron el Holocausto y que, al no ser reconocidos en la España de Franco, lucían en sus uniformes de presos el triángulo azul de apátridas. Pero el montaje encierra, también, el grito que dieron precisamente algunos de esos españoles que se jugaron el pellejo, que era lo poco que les quedaba, para que el mundo tuviese testimonio (unas fotos robadas) del horror que allí vivieron junto a judíos, gitanos, homosexuales y comunistas de toda Europa.

Diez actores interpretan y cantan –literalmente– el infierno que estos compatriotas vivieron en el campo de concentración de Mauthausen. Lo hacen en un montaje perfectamente hilado, con textos francamente bien escritos -al alimón por Laila Ripoll, que dirige la función, y Mariano Llorente, que se mete en la piel del jefe de seguridad del campo de exterminio, el nazi Brettmeier- y en los que destacan los fluidos pasos del tono más dramático al puramente cómico. Este ejercicio actoral impresionante permite viajar al centro mismo de aquel campo de exterminio nazi que aglutinó a la mayor parte de los españoles que sufrieron el Holocausto.

A través de personajes perfectamente perfilados como el fotógrafo alemán Paul Ricken o los españoles que trabajaron con él en el departamento de identificación, el espectador se adentra en el día a día de estos prisioneros mostrando una realidad cruda, nauseabunda, donde la muerte –con sus más de treinta modalidades- constituía el pan de cada día, ya fuese en crematorios, cámaras de gas, con un tiro de gracia -“ya me dirás qué gracia tiene”, dirá uno de los intérpretes- o como manjar para perros iracundos. Para digerir mejor el horror, Ripoll y Llorente han introducido un personaje más: la música, la maravillosa banda sonora ideada por Pedro Esparza y tocada en directo por tres artistas, que es capaz de arrancar sonrisas en medio de tanta barbarie inexplicable. Sólo así es posible que estas dos horas de descenso a los infiernos no constituyan para el público una tortura insufrible.

El Triángulo Azul’ es teatro que remueve conciencias sin dogmatismos, basado en anécdotas reales aunque increíbles –como un minuto de silencio que se produjo ante la muerte del primer muerto español o la disparatada representación de una revista musical en pleno campo de concentración durante una navidad–, con muchísimas dosis de humor negro, danzas macabras, violencia, patetismo y abundante acompañamiento audiovisual que refuerza la hiperrealidad del relato. Una fusión de tonos y discursos que llevan de la mano al espectador hasta el climax final, con himno partizano y con una detonación que funcionan como el grito desgarrador lanzado al mundo representado en el patio de butacas: Recordad Mauthausen.