Una boda de circo

Unos 300 espectadores disfrutaron la tarde del sábado en el Buero Vallejo de la encantadora propuesta de Cirkus Klezmer, construida sobre las bases del circo contemporáneo y romántico que mezcla acrobacias, con trama teatral y música judía en directo.


Todos -hasta el loco, el payaso- buscan el amor en el pequeño, lejano y sencillo pueblo donde se desarrolla 'Circus Klezmer'. La música judía de Europa del Este suena a cada momento. Y como una fotografía en sepia, como un fotograma que cobra vida, los espectadores de esta historia (unos 300) son invitados por sorpresa a una boda, que en realidad son dos.

En el hall del Buero Vallejo, un hombre -el actor argentino, afincado en Barcelona, Adrián Schvarzstein, director y productor del espectáculo- hace caer como una lluvia, las invitaciones para el enlace. Los niños son los primeros en recoger los papeles, como si fueran caramelos únicos de sabor irresistible. Y entonces, se van ocupando las butacas mientras una violinista toca ya desde el escenario, convertido en la barriada donde todo sucede. Empieza así un viaje teatral que se hila con números de circo clásico, poético y romántico, que logra embelesar desde el primer instante por su estética decadente y su deliciosa banda sonora klezmer, gitana, a ritmo de batería, violín, acordeón y clarinete, tocada por cuatro músicos en directo, parapetados detrás de unas cajas de frutas.

Como decía, en este lejano, pequeño y sencillo pueblo del Este todos buscan el amor. Cuando se enamoran se ponen tan contentos que hacen malabares con naranjas, con unas desvencijadas cajas de cartón, hacen acrobacias imposibles con telas, felices sobre un columpio y volteretas llenas de amor, con flores en la mano -fantástica EvaSzwarcer-.

Cuando se apasionan, la imaginación impera y hace volar las fantasías. Por eso, no es extraño que pelando patatas, una amargada y aburrida vecina -una estupenda Cristina Solé- se vuelva sexy y termine haciendo un streaptease acompasado con una música sugerente y un poco 'fever'... aunque sea patosamente y logre arrancar risas.

Como todo en la vida, también hay complicaciones. Hay celos, hay amantes -un simpático espectador que sucumbió al poder circense-, hay anillos que se pierden y no aparecen, hay borracheras con magia y juegos, hay mazas que vuelan, platos que viajan de mano en mano.

Y todo sucede frente a un pueblo cómplice -los espectadores- que participan como uno más en esta bonita historia con final feliz, que asisten a cada secuencia de la vida de los protagonistas: actores, intérpretes, bailarines y artistas circenses que bajaban y subían del escenario al patio de butacas con asiduidad. Haciendo de la vida, un circo; y del circo, la vida.

 

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