Mellados de risa

El segundo pase del ciclo ATAquilla llenó el Teatro Moderno con 200 espectadores en una divertidísima actuación de Félix Albo contando historias de su pueblo meditarráneo imaginado.


Félix Albo casi nos mATA de risa. Colgó este sábado el cartel de 'agotadas' en la segunda sesión del ciclo 'ATAquilla' de la Agrupación Teatral Alcarreña. Era una apuesta segura y no defraudó. Durante más de una hora desgranó las delirantes historias de su pueblo mediterráneo, en una reducción al absurdo de los tópicos de siempre -como esos entrañables paletos, entre todos ellos los guardias civiles-, pero tratados con un toque personal e inteligente, y arrojando un torrente de imágenes desternillantes que atropellan la mente del espectador hasta cortarle la respiración a base de risas.

Con un sencillo truco de palmas se metió Albo a los 200 espectadores en el bolsillo. Pero es que el público demostró que tenía la maquinaria de carcajadas perfectamente engrasada desde el primer minuto. De modo que la comunión resultó absoluta.

Albo divide esta sesión en dos cuentos largos: el primero de ellos, que ya había contado en el escenario principal del último Maratón de los Cuentos, es una historia sobre una de las costumbres más arraigadas de su pueblo, la de que cada pareja se apropie de un pino del monte donde celebra cada cosa buena y mala a lo largo de su vida en común. El relato es una sucesión de episodos divertidos que desembocan en un final poético y sensible que deja la risa congelada.

Luego fue el turno de la historia que da nombre al espectáculo, 'El pueblo de los mellados': la narración de su abuelo sobre una aldea de algo más de doscientos habitantes por la que cae un forastero que se enamora de la secretaria del dentista, el doctor Pastor, y de unos asesinatos en serie. El delirio, a la par que el misterio sin resolver, va subiendo de tono hasta el golpe de efecto final.

Le sienta muy bien este tipo de espectáculos al espíritu golfo que pretende resucitar ATAquilla para estas ceremonias en el Moderno al filo de la medianoche. Pero lo que distingue a Albo de la terna de monologuistas que pueblan tantos bares a esas horas es el arte. Albo no sólo exprime el humor hasta extraer su último jugo, como un genial cómico, sino que además gestualiza y teatraliza con oficio y sobre todo narra con un sentido literario excepcional, con continuas digresiones en la trama, con apartes divertidos hacia el público y con cuentos dentro de los propios cuentos, en un derroche verborreico bárbaro.

 

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