Las anécdotas de Brígida

Josefina Martínez es la eterna Brígida del Don Juan de Zorrilla. La única actriz que ha participado en todas las ediciones del Tenorio Mendocino. Esa celestina, sirvienta de doña Inés en el convento, que hace y deshace con tal de que la joven doña Inés y el canallesco don Juan se encuentren y coman de la manzana prohibida que es el amor. Desde la aventura, casi improvisada, en el restaurante Ventorrero (el Miguel Angel) de finales de los 80, hasta el montaje que hoy conocemos, Josefina ha sido uno de los puntales de este drama sevillano que en Guadalajara se torna mendocino.


Lleva más de 20 años metiéndose cada 31 de octubre, la Noche de los Muertos, en la piel de Brígida, el personaje que ideó el dramaturgo José Zorrilla en Don Juan Tenorio. Josefina Martínez, exconcejal socialista, lo ha sido prácticamente todo en este montaje, que actualmente organiza Gentes de Guadalajara pero que comenzó siendo una aventura, casi improvisada, de los Amigos de la Capa: "fui la primera mujer que se encapó en Guadalajara", dice orgullosa mientras apura una cerveza de trigo en el Primavera. Allí cita a Cultura EnGuada para hablar de anécdotas, de risas, de emociones, de gentes que ya no están, de besos que trajeron cola y de miedo escénico. Un cuarto de siglo da para mucho. "Estoy emocionada. Jamás pensé que el Tenorio llegara a 25 años", dice.

1991, una edición atípica: Fue "la primera vez que tomamos posesión de edificios, salimos del Ventorrero y nos tiramos a la calle". El recorrido, "más pequeño", fue por el Palacio del Infantado, el claustro del Liceo Caracense, el Boquerón y después el Lino, que estaba recién hecho". De manera apresurada, "dos días antes del estreno", idearon la escena de las monjas recorriendo la parte alta del claustro del Liceo Caracense. Se fue a Martínez, el comercio de tejidos que estaba entonces frente el ayuntamiento y allí compró paños para hacer los primeros trajes que se hicieron, para los aldeanos: "45 trajes y tres de niños, entre ellos, el hijo de Javier Borobia, Diego", dice. "A las chicas que hicieron de monjas les pusimos unos trapos que hacían de toca". La cofradía de La Pasion les prestó restos de velas de la procesión del Viernes Santo. "Como no se sabía cantar, porque todo se inventó la víspera, se grabó música sacra para la escena. La que hacía de abadesa llevaba un radiocassete en la mano. La gente decía: ¡qué bien que cantan! pero ¡era grabado!"

1991 fue también el año en que Fernando Borlán ya escribió sobre el Tenorio y el revuelo causado. "Por eso, para nosotros el primero sí es el 91", aunque el primer cartel oficial no llegara hasta 1992. A estos 25 años suma Josefina "los que andamos a gatas", los que se cocinaron en los bajos del citado Ventorrero y que se resumían en leer algunos versos del Don Juan de Zorrilla: "Fernando López de los Heros, de la cofradía de la capa, salía entonces, después de los versos, con una túnica de la muerte, del grupo Antorcha, repartiendo con una bandeja huesos de santo". Aquella primera vez fue "una ilusión enorme". Recuerda Josefina que llevaba una túnica negra y que todavía hoy el vestido de Brígida sigue llevando un trozo de tela de aquella indumentaria.

Los primeros 'ducados', los primeros ensayos: En 1992, llegó la primera, 150.000 pesetas. Siempre se maquinaba cómo hacer para que el presupuesto, siempre escuálido, diera para vestir a tanta gente. Insostenible se hizo tener que alquilar cada edición 150 trajes -ahora la asociación cuenta con una importante colección en propiedad-. Los primeros ensayos fueron en el Brianda de Mendoza, el instituto donde Fernando Borlán era profesor. "Cuando terminábamos, nos íbamos a un barecito cercano para reunirnos. Allí se maquinaban las cosas".

Un final de madrugada: Un año decidieron salir a la provincia y realizar cada escena del Tenorio en un pueblo: "aquello fue precioso. Cuando lo dijo Borobia todos pensamos que era una locura pero Borlán dijo sí, sí, vale". Salían del Palacio del Infantado vestidos, se montaban en un autobús y varios coches detrás de ellos. "Recuerdo un año que empezamos en el patio del castillo de Torija, aquello fue impresionante. Cuando don Juan dijo: ¡Cuán gritan esos malditos, mal rayo me parta!... las palomas levantaron el vuelo y se puso oscuro porque una bandada de palomas arrastró a las de los alrededores... ¡Dios! ¿esto qué es?... fue precioso".

En el autobús llevaban el bocadillo, la cerveza, las coca-colas: "nos daban las tantas, tardábamos seis horas, de madrugada". Una noche, la escena final fue en Pastrana. "La que se vestía de princesa de Éboli, nos esperaba, con su hijo, en la puerta a toda la comitiva. Entre el humo, a oscuras ya, con las antorchas encendidas y un cortijo fúnebre... se hizo un silencio fantasmal". Tras el final, de vuelta a Guadalajara, a dormir. "Normalmente, en el último sitio nos tenían preparada una cena fría y un caldito porque terminábamos congelados, aunque con mucha juerga", recuerda.

Un ataúd que pesaba demasiado: "Éramos todos muy entusiastas", reconoce Josefina. Su vida diaria era el Tenorio. "Todos los días del año al mediodía, incluso sábados y domingos, tomábamos un vino y maquinábamos". De esas charlas salió también el entierro de don Juan. "Llegó Teodoro, que tenía materiales de hacer muebles de cocina, e hice un túmulo, que aquello pesaba (risas), que los chicos que lo llevaban decían: ¡pero aquí hay un muerto de verdad!" Hice un trapo para poner sobre el ataúd y la cruz, en casa con cartón y pintada de dorado. Mi madre me dijo: ¡a mí esa cruz y ese trapo de muerto me lo sacas de la casa! (risas)".

Momentos de incomprensión: "Se ha llorado mucho, mucho", admite. Ha habido "momentos duros, momentos también de incomprensión de algunas personas que me decían que quería abarcar todo porque yo me dedicaba a buscar subvenciones, a montar escenarios, a irme con otra persona a alquilar los trajes, a maquillar, a montar... yo soy muy puntillosa, lo reconozco. Me gusta la puntualidad, las cosas muy bien hechas, no puedo con chapuzas, y a Javier Borobia le pasaba igual. Esto hay gente que se cree que es de cachondeo pero si hubiera sido así no hubiéramos llegado a los 25 años. A la gente le gusta la calidad, no la chapuza... esas piedras toman vida, es una noche mágica, a nosotros nos hace ir al siglo XVI. Para mí, vestirme es un ritual auténtico".

El Tenorio más duro: "El año que Javier Borobia se puso malo. Falta Javier y sigue faltando. Es mi amigo, desde que él y yo estábamos en Antorcha". Lo dice emocionada y dejando salir una lágrima.

La 'faja' del don Juan: Risas muchas y nervios también, ha habido en este Tenorio mendocino. "Una noche, no recuerdo si fue en el 95 o por ahí, el don Juan que iba a hacerlo no podía hacerlo porque le había salido un trabajo y le dijimos a Josepe (Suárez de Puga) que tenía que hacer todo el don Juan. "No te preocupes, yo te maquillo", le dije. "Yo te quito años, ya verás. Tenía que teñirse el pelo, la barba y quitarse esa barriga cervecera con la que no podía salir a escena. No daba tiempo de adelgazar, asi que compramos una faja. Finalmente, como es tan despistado, se le olvidó ponérsela".

Tirar la toalla: Hubo una vez que casi suspenden la función. "En 1992, estaba todo preparado y el 29 de octubre, quedo con Javier Borobia y me dice: hay que suspender, que esto está muy crudo... Recuerdo que le dije: pero eso es normal, la gente lo va a entender, esto tiene un proceso. Ese año sí hubo pánico escénico. Llegó Pablo Llorente y nos dijo que había liada una en La Cotilla, que la gente estaba enganchada a las ventanas, subida sobre el mostrador y efectivamente, cuando llegamos no nos dejaban pasar. Que hubiéramos llegado antes, nos decían (risas)".

El año de los 42 escenarios: "Fue el año que nos fuimos a Alcalá de Henares, donde se hizo dos días; Tamajón, Hita... seis pueblos más Guadalajara. Hubo que montar 42 escenarios".

Lagunas en el texto: "La escena más difícil de hacer hasta que se cortó el tráfico fue la de La Cotilla. Ahí raro es el año que don Juan no se come una parte del texto. Los coches descentran y te descoloca". 

El novio celoso de doña Inés: "Nunca ha dado problemas con el beso. Sólo recuerdo un año con una doña Inés magnífica, que tenía un novio celoso, y cuando vio que la besaban montó en cólera. Esa chica no volvió a hacer de doña Inés. Luego, se casaron".

El cura que desafió a la lluvia: Un año diluvió en el Tenorio. Recuerda Josefina que "en la escena del convento, el agua iba subiendo y la gente aguantaba". Ese mismo año "hicimos un itinerante, donde también nos mojamos. De una de las gárgolas de la iglesia, me caía el chorro de agua a la espalda. La escena terminó con Javier Borobia en un charco de agua. Pero el cura estaba tan emocionado que abrió la iglesia y la escena del sofá, beso incluido, se hizo en el altar mayor".

El futuro: "A ver quién es la administración que dice no a una subvención cuando el Tenorio ya no es de Gentes de Guadalajara sino de las gentes de Guadalajara. Puedes traer menos trajes de damas y caballeros, que son costosísimos y traer más aldeanos, que es más barato. Pero en la luz y el sonido, no puedes reducir. Todavía se necesita más calidad. Josepe (Suárez de Puga) ha llegado a salir sólo un año con aquellos inalámbricos que había, grandes, de mano, dentro de la camisa".

Artículos Relacionados