Don Juan baja a los infiernos

Cerca de 400 espectadores asistieron al Buero Vallejo que programó el Don Juan de Blanca Portillo, con versión de Juan Mayorga. • El espectáculo, de dos horas y veinte, entierra al mito subrayando su lado más despreciable y reescribe el papel de doña Inés.


Blanca Portillo ha despojado a la obra Zorrilla de toda mojigatería y ha dado al clásico, con la ayuda de la notable relectura de Juan Mayorga para el espectador de hoy, una vuelta de tuerca, unos cuantos decibelios de más si se prefiere. Le ha enfundado en vaqueros, le ha puesto rodilleras y le ha armado con cuchillo corto y pistola. Como hiciera Baz Luhrmann en la famosa versión para el cine de Romeo y Julieta, Portillo ha decidido parir su revisión personal y contemporánea de este drama de finales del XVI donde descarna a don Juan Tenorio, dejando sus huesos al descubierto.

Sitúa la trama en un ambiente sórdido, garajero, donde subraya la bajeza moral de los personajes. Añade a alguno un ramalazo gángster -el caso del padre de don Juan- a Ciutti, le hace más cercano a un guardaespaldas que a un sirviente, a don Luis Mejía, le llena de maldad y rabia y a Avellaneda, le coloca un bate de beisbol y unas malas pulgas de aúpa. Se antoja este don Juan bastante efectista descubriendo al personaje central como un asesino, un hombre sin escrúpulos que no repara en utilizar a las mujeres con tal de quedar el primero en una apuesta, un hombre sincero -que no oculta nunca lo que es-, un ser despreciable, descarado, miserable, un antihéroe que al final, se deja deslumbrar por el cuerpo desnudo de Inés, que es todo menos doña.

El montaje, una coproducción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, llegó anoche al Teatro Buero Vallejo (ni media entrada: poco público para una ciudad que cada año sale a la calle para ver el 'Don Juan' mendocino que representa Gentes de Guadalajara). Resulta osado al compararlo con el original y obligatorio es dejar prejuicios a un lado para disfrutar en plenitud de este espectáculo teatral intenso -de escenografía atractiva-, que muestra el alma en crudo y a los personajes, insultantemente radicales. En este don Juan de alto voltaje se subraya el sexo y la violencia: doña Brígida copula con Ciutti y masturba a don Juan; don Gonzalo de Ulloa pega una torta a la madre abadesa, que la lleva a caer irremediablemente al suelo; se encañonan con pistolas, los puñetazos son una palabra más... es este el don Juan más despreciable de un mundo que también lo es.

Fotos: E.C.

En esta crónica de la vida efímera la bienvenida la dan los espíritus. Enfundados en trajes negros y máscaras blancas, parecen advertir al público que viven entre nosotros. La obra arranca con una especie de viaje en el tiempo, presentando a don Juan muerto entre ánimas que pasean mientras se escucha la voz cantada que narra la escena primera. La maravillosa voz de la actriz Eva Martín, convertida en espíritu embarazada -se presupone que de Tenorio-, es la encargada de introducir cada cuadro con canciones tristes, desgarradoras, mientras se producen los cambios de escenario.

Las dos horas y veinte que dura el montaje pasan cual suspiro gracias al buen ritmo que logran imprimir los personajes. Brillan Beatriz Argüello, como Brígida -mujer de armas tomar- y José Luis García-Pérez que encarna a don Juan. Pese a su voz ronca, que a veces hace incomprensible el texto, sostiene muy bien el personaje, también en la segunda parte donde se complica, alcoholizado, delirante y fascinador. También brilla Ariana Martínez como doña Inés. Cándida al principio e irreconocible después, su personaje es completamente revisionado y asombra que, aunque redima a su don Juan, su espíritu se aleja de toda candidez y dulzura. Se enamora, sí. Pero eso no le impide ver que su enamorado es un miserable. Perdona, sí, pero no olvida. Y lo demuestra lanzando un escupitajo final sobre el cadáver de don Juan, que ya va camino del infierno. El mito cae. Se entierra para siempre. Es la victoria de la honestidad sobre la bajeza moral.

Y al final, el público aplaudió mucho a este don Juan, que cosechó incluso algún bravo. Y a fe ¡pardiez!, que no era nada fácil.