La verdad de las mentiras

Ana Belén protagonizó este viernes, Día Mundial del Teatro, ‘Kathie y el hipopótamo’, obra del Nobel peruano Vargas Llosa dirigida por Magüi Mira. • El texto ensalza la capacidad liberadora de la literatura frente a las frustraciones de la vida real, con una trama estática pero una escenografía dinámica que salva la obra.


La verdad de las mentiras’ es el título que Vargas Llosa dio a uno de sus ensayos sobre literatura, concretamente sobre la novela moderna. La verdad de las mentiras es, en realidad, la literatura misma, esas ficciones que se construyen de realidad, que se confunden con ella y que se levantan vívidas –y verdaderas, claro- como alternativa a un mundo que no siempre es como lo quisimos soñar.

La verdad de las mentiras es lo que Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, lleva ejercitando como novelista desde hace sesenta años, pero también lo que propone en ‘Kathie y el hipopótamo’, uno de sus diez dramas, escrito en 1983 pero sin estrenar en España hasta que hace algo más de un año lo llevó a escena Pentación: una producción del Teatro Español que llegó este viernes al Buero Vallejo con la programación regional de Artes Escénicas. La cita, que congregó a unos 400 espectadores, coincidió con el Día Mundial del Teatro, razón por la que la actriz alcarreña Abigail Tomey leyó el manifiesto que para la ocasión ha escrito el dramaturgo polaco Krysztof Warlikowski. 

Kathie es una Emma Bovary limeña, una mujer insatisfecha con su vida familiar que busca en la literatura –en la verdad de las mentiras– una barca de salvación. Durante dos horas diarias, en una azotea que recrea el ambiente del París más bohemio, revive sus viajes exóticos por África, que dicta a un escritor por encargo –el Santiago Zavala de ‘Conversaciones en la Catedral’-, quien da brillo a estas aventuras con generosidad de verbo preciso y lustrosa adjetivación. Es la de Ana Belén y Ernesto Arias una relación que funciona con muy buena química.

Lo que Vargas Llosa plantea sobre las tablas es una doble crítica a los actores de un conflicto de clases de escaparate. Kathie eligió mal al hombre con el que iba a pasar sus días, un pequeño burgués vividor e infiel que interpreta un Jorge Basanta que exprime al máximo un papel muy limitado. En realidad, la limeña Kathy escogió para su matrimonio lo que por norma le convenía, pero renunció así al joven del que estaba enamorada. ¿Se equivocó? El público lo sabe: tampoco la senda rebelde del romanticismo está libre de incoherencias e imposturas. Sale aquí el reproche del Vargas Llosa maduro al Vargas Llosa joven, existencialista y comunista (sartriano): por supuesto que la elección acarrea una condena, pero es la literatura, y no la revolución, la que nos brinda la salvación.  

Personajes frustrados

El principal problema, y es clave, radica en que el planteamiento inicial de los personajes y de la situación apenas avanza desde que queda expuesto sobre las tablas. Los personajes son monolíticos y apenas viven ningún conflicto interno con suficiente magnetismo. El desgarro de Emma Bovary no se traduce aquí en un proceso similar por parte de Kathie, que parece asumir desde el principio su insatisfacción y no sufre en su venganza. Los personajes, cada cual con su desengaño, dan vueltas sobre su propia frustración sin que, en realidad, suceda nada que sorprenda ni conmueva verdaderamente al espectador, al que le resulta difícil no salirse de la función.

Es el juego escénico desplegado por la directora Magüi Mira el que salva la obra. Las ágiles transiciones gracias a la iluminación y las canciones de Édith Piaf y Jacques Brel (interpretadas por Ana Belén y su hijo David San José al piano) desplazan la historia de escenario entre París, Lima y El Cairo. El cambio de papeles de los actores adoptando la identidad de diferentes personajes ofrece la sensación de profundidad de caracteres que no hay en el dibujo de los personajes. Algunos recursos de la escenografía, como el surfeo sobre un diván, o el gracejo de una Ana Belén reconvertida en ‘Lolita’ adolescente, aportan algunos momentos de frescura al texto.

Pero insistimos, suceder sucede muy poco a lo largo de casi dos horas. Sólo al final se deshacen las dobleces de esta suerte de juego de papiroflexia entre episodios, escenarios y personajes, para mostrar al espectador que la figura final es la paloma blanca de la literatura. En realidad, Kathie sigue siendo la misma que cuando cantó su primera canción al levantarse el telón, pero el público es ahora capaz de mirarla con cierta condescendencia. Hemos descubierto la verdad de sus mentiras.