Títeres con swing

Elfo Teatro representó en Espacio Karaba sus ‘Cuentos de ratitos’, un montaje que vuelve la vista sobre la propia mecánica de sus criaturas y las emociones que las humaniza, para trasladar al público hacia paisajes exóticos y oníricos.


Los títeres de Elfo son como los dioses del Palacio del Olimpo griego, están hechos a imagen y semejanza de los mortales y, como ellos y nosotros, sus criaturas de trapo tienen verbo, músculo y alma. Incluso ‘swing’. Este domingo en Espacio Karaba se desnudaron para ofrecer sus confesiones más íntimas al público -de ahí el verbo-, para revelar cómo saltan y cómo se arrodillan -el músculo, la acción-, cómo ríen y lloran, cómo se enamoran y cómo sueñan.

Los actores de Elfo Teatro dieron una lección de mecánica a los niños, a quienes mostraron durante y después de la función cómo son sus títeres y cómo se mueven con sus articulaciones, pero también el modo en que pueden trasladar las sensaciones, emociones y sentimientos humanos. Soplaron para rociar al público con sus polvos mágicos invisibles, de modo que la sala sufrió el encantamiento, y la música del clarinete en directo aportó el clima necesario para convocar al reino de Titirilandia.

¿Qué es un títere?”, preguntaron los actores al público. Se respondieron con una demostración, al convertirse a sí mismos en títeres o al fabricar una marioneta con la chaqueta. Pero la historia la protagonizaron pequeños roedores. Los ‘Cuentos de ratitos’ son historias de pequeños ratones –entendemos que ratitas y ratitos– que cuenta el ratón abuelo a sus siete nietos, algunos de ellos tremendamente juguetones y traviesos. La magia del clarinete, que le pone al alma a estos seres animados, traslada también al espectador hasta ambientes exóticos como el palacio de un ratón-sultán que sufre un auténtico expolio mientras duerme.

Tiene Elfo –que luego ofreció un recital de poesía del 27– otros montajes con una trama más trabajada, pero en esta ocasión vuelve a derrochar lirismo y maestría y arranca a los más pequeños dos cosas impagables: curiosidad por el teatro y un puñado de carcajadas. Y lo hace con marca de la casa, como un final que derrocha lirismo y que eleva al público hasta un paisaje onírico.

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