André y Dorine: sobran las palabras

'Andre y Dorine' reunió a cerca de un centenar de espectadores en el Teatro Moderno. • La deliciosa y emocinante obra de Kulunka Teatro es un intenso ejercicio teatral donde tres actores interpretan quince personajes, sin palabras y con máscaras gestuales.


La vida pasa en una hora y 20 minutos. Lo que dura la deliciosa y emocionante 'André y Dorine', de Kulunka Teatro. Después de recorrer medio planeta, llegó al Teatro Moderno, ante los ojos de un centenar de espectadores. Algunos comentaban que era su segunda vez. Los que se estrenaban, llevaban al terminar un nudo en la garganta o no habían podido reprimir alguna lágrima. Si algo ocurre con 'André y Dorine' es que llega al corazón.

La monotonía y la desidia han logrado borrar los recuerdos felices de este par de viejecitos. André, escritor desde su juventud, pasa sus horas tecleando su máquina de escribir sentado en una avejentada silla de escritorio. Su obsesión es seguir escribiendo y publicando libros que luego coloca, orgulloso, sobre una estantería. A Dorine, violonchelista, le gusta tocar de vez en cuando una pieza, la misma canción siempre, hasta que un día comienza a perder la memoria.

Y los recuerdos de lo que un día les unió, la felicidad que parece haberse perdido a golpe de rutina y de un carácter rudo, agriado con los años, se sumerge para siempre en las aguas de la memoria. Por olvidar, olvida hasta a quien un día consiguió enamorarla.

André no comprende, no acepta la enfermedad que poco a poco va transformando a Dorine en una mujer a la que terminas adorando. La gran astucia de Kulunka es no haber concebido un montaje lastimero sino salpicado de gotas de humor necesario para no hacer de este drama una gran tragedia desesperanzadora. Sus grandes artífices son sus tres actores. Garbiñe Insausti, José Dault y Edu Cárcamo se transforman en quince personajes -André, Dorine, su hijo, el doctor, el chico del reparto, la cuidadora...- que no hablan porque no hace falta. Ya lo hacen maravillosamente con su cuerpo. Un lenguaje corporal que se completa con las grandes máscaras de resina de poliuretano realizadas por Garbiñe y que tapan su rostro real de actores recreando la cara de los personajes, un teatro de gestos que consigue plenamente el objetivo de la compañía: romper barreras y mostrar un lenguaje que trasciende más allá de la palabra con la ayuda de máscaras que no son sino puente hacia una poética visual.

Al lenguaje gestual se suma la maravillosa música del acordeonista y cantante correntino Yayo Cáceres, artífice de la banda sonora de la vida feliz y melancólica de André y Dorine; además del acertado vestuario de Ikerne Giménez y la escenografía de Laura Eliseva, que centra la acción en el salón de la pareja.

Muy plausible también es el esfuerzo físico de los tres intérpretes, que firman un tremendo ejercicio teatral en esta historia de amor y dolor, inspirada en la historia de amor del filósofo vienés André Gorz y su mujer, Dorine Keir, que en 2007, tras 58 años de matrimonio, decidieron suicidarse juntos tras el empeoramiento en la salud de ella. Kulunka la ha llenado de sensibilidad, ternura y la ha transcrito en lenguaje metafórico -un atáud es, en realidad, la funda del violonchelo- que ayuda a digerir mejor la crudeza de la realidad. En 'André y Dorine', hay luces y sombras -bien ideadas por Carlos Samaniego- y la enfermedad obliga a recordar a André y Dorine cómo empezaron a amarse un día para poder seguir viviendo. Ocurre que, paradójicamente, los (buenos) recuerdos son los únicos capaces de salvar al ser humano del precipicio.

Fotos: E.C.