...Y los sueños, sueños son

Cerca de 400 espectadores disfrutaron en el Teatro Buero Vallejo con 'El zoo de cristal', de Tennessee Williams, el retrato de una familia sureña de los Winfield, en mitad de los años 30, que ahonda en la búsqueda de una vida mejor. • La actriz Silvia Marsó encarna a la absoluta protagonista de esta historia, que cuenta con otros tres notables intérpretes que redondean este drama familiar.


'El zoo de cristal' bien podría ser la historia de un sueño roto. En realidad, de cuatro. Los de todos los personajes que componen este libreto semibiográfico y una de las obras maestras del dramaturgo norteamericano Tennessee Williams, más conocido, sin embargo, por 'La gata en el tejado de zinc caliente' o 'Un tranvía llamado deseo'. Anoche esta coproducción de Secuencia 3 y Teatro Español, llegó al Buero Vallejo y fue seguida por 400 espectadores.

Marsó, cuyo gran físico le ha debido de complicar la construcción del personaje de Amanda Winfield, una madre sureña de los años 30 con gran personalidad y energía, a la que una se imagina con bastantes kilos de más y piel negra, compensa este reto actoral con una voz impostada, una amplia paleta de registros emocionales, y una forma de andar que le imprime más anchura en las caderas.

Silvia Marsó soporta todo el peso de la función siendo esta agotadora Amanda Wingfield: una mujer muy bella, meticulosa hasta el límite, abandonada por su marido y obsesionada por salir de la pobreza, que a toda costa quiere que sus hijos triunfen porque ella no lo consiguió. Se casó con el hombre equivocado pudiendo haber elegido entre diecisiete pretendientes pudientes. Pero lo hizo por amor.

Ella encarna el pasado en esta historia que propone como reflexión vital pensar si lo que elegimos libre y apasionadamente, aunque al final resulte un error, es un fracaso. Y si merece la pena buscar tu propio futuro sin importar si haces daño a los demás.

El presente, sin futuro, es encarnado por la hija, Laura Winfield (la actriz Pilar Gil), una chica acomplejada no sólo por su leve cojera sino también porque le cuesta bastante entablar relaciones con los demás. Su madre le apunta a clases de mecanografía porque cree que así se labrará un futuro -no es fácil ser una solterona sin un marido que te mantenga- pero ella, en realidad, está muy lejos de los planes de su madre. Sueña, sí, también. Como todos. Pero con un mundo fantástico, donde la cuiden y la quieran por encima de su defecto físico. Ella es tan frágil... como las figurillas de ese zoo de cristal que limpia, cuida y mima diariamente.

Ese momento de 'irrealidad' lo consigue con el personaje de Jim O´Connor (el actor Alejandro Arestegui, conocido por su papel en 'Amar en tiempos revueltos'), que será la única y última oportunidad para ella. Juntos protagonizan el momento más ilusionante de la obra -el de estar a punto de conseguir ser feliz-: bailan, se ríen, se besan... pero, al final, él revela la triste realidad: está comprometido con una chica.

Este cuadro de soñadores se completa con Jim, el hijo de Amanda, que interpreta el actor Carlos García Cortázar. Él es el estupendo cronista de toda esta historia. Es un Shakespeare frustrado que se esconde en los lavabos de la zapatería donde trabaja para escribir. Asqueado de la vida, huye todas las noches "al cine" para ver en las películas esa realidad fantástica y perfecta que sueña con conseguir algún día. Entiende que, al igual que el padre les abandonó, él no tiene por qué estar manteniendo a una familia sin futuro y se enrola en la Marina Mercante. A pesar de viajar por medio mundo, confesará en el monólogo final que el amor por su desamparada hermana es mucho más fuerte que los propios sueños. No se puede escapar de la realidad tan fácilmente.

El trasfondo filosófico de la obra es una de las bazas más interesantes de este drama que se ha llevado al cine y a los escenarios varias veces y que en esta ocasión, en una versión de Eduardo Galán -que imprime algunas gotas de humor ante tanta tragedia y se agradece-, se cose con la escenografía sencilla pero resuelta de Andrea D´Odorico; la fantástica luz de Nicolás Fischtel, la dirección detallista de Francisco Galán y un notable cuadro de intérpretes que logra transmitir esa batalla moral entre deseo y realidad y hace muy actual la famosa reflexión de Calderón de la Barca: "¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son".

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