En la cuerda floja y sin red

Luis Piedrahita ofreció más de cien minutos de monólogos salpicados de conversaciones con el público e improvisación, que remató con su clásico sobre cómo se rayan los coches. • El Buero agotó las mil entradas.


El espectáculo de Luis Piedrahita, que regresaba a Guadalajara con ‘El castellano es un idioma loable lo hable quien lo hable’, empieza antes de que el cómico salte al escenario. Un aluvión de aviones de papel aterriza sobre el patio de butacas y unas libretas invitan al público a que ponga sus mensajes para que el artista, en uno de los momentos del show, los lea e improvise. De modo que algunos de los espectadores se acercaron para depositar su frase (absurda, casi siempre) en una caja. La voz de Piedrahita surgió de hecho de algún lugar remoto, con las luces aún encendidas, para hacer la invitación a los asistentes: “Escriban sus mensajes, hagan como ese chico del abrigo con capucha”, dijo mientras un chico con capucha, que tardó por darse en aludido, rellenaba su mensajito, visto por Piedrahita a través de alguna mirilla oculta en el camerino, tal vez gracias a una cámara web, posiblemente en un ejercicio de mentalismo sin igual.

Desde antes del primer minuto, el monólogo con el que el cómico gallego llenó este sábado el Buero Vallejo (mil entradas, ahí es nada) vive del público. Piedrahita sella un contrato con sus espectadores: van al 50%. No basta con que las butacas permanezcan atentas. Se les exige un poco más. Porque hay un altísimo componente de espectáculo preparado de antemano, por supuesto, con algunos monólogos sobradamente conocidos para el admirador incondicional, pero hay también otra buena parte que depende de lo que el público diga de viva voz o por escrito.

Piedrahita salta a escena con su habitual música de Frank Zappa, lanza una catarata de preguntas filosóficas y absurdas (¿quién escribe la letra de los villancicos?) y, al primer parpadeo del respetable, ya está dialogando con las primeras filas a propósito de los zumos. Es el primer aviso. Luego tirará de los espectadores para preguntarles cuál es la medida exacta de tiempo en que sitúan “un momento”, si tienen tatuajes y de qué... hasta se servirá de un puñado de espectadores, cuyos nombres acaba memorizando, para hacer un truco de cartas muy particular.

El recurso a la improvisación no es nuevo –ya lo hacía por ejemplo L’Om Imprebís hace más de una década- pero introduce al género del monólogo español, tan fijado al guion (nada en la televisión es fruto de la improvisación) por interesantes territorios. Piedrahita es un maestro interpretando el personaje que ha hecho de sí mismo –igual clava a un filósofo salido de la Academia de Rafael que encarna a una medusa sumergida en el agua–, pero en este espectáculo da un paso al frente para distinguirse todavía más de un recitador de chistes con gracejo. Y este paso le sitúa sobre la cuerda floja y sin red.

El castellano es un idioma loable lo hable quien lo hable’ anuncia desde el mismo título el funambulismo de la palabra al que se presta el artista, con una combinación habitual de trabalenguas y greguerías al que añade el desafío del público en directo. Piedrahita depende en exceso del espectador y éste no estuvo a la altura. Estuvo entregado como un fan, dispuesto siempre a la risa, pero muy soso en la réplica como parte necesariamente involucrada. Un ejemplo: preguntar a mil espectadores si alguien tiene un tatuaje y que se haga el silencio no lo pone nada fácil.

Trucos y bises

El artista salió airoso, tiró de oficio y de magia (un truco salvó el tramo de mayor improvisación de la tarde), bordó la muy literaria narración de cómo se va en busca de una gasolinera con el combustible en la reserva y, tal vez para compensar, ofreció a modo de bises –lo habían pedido dos mensajes escritos– el monólogo sobre cómo se rayan los coches, con el que cierra su otro espectáculo ‘¿Por qué los mayores construyen los columpios siempre encima de un charco?’, que estuvo en Guadalajara en septiembre de 2012. Esta dedicación extra alargó la actuación de los 90 minutos anunciados a hora y tres cuartos. Piedrahita conoce de sobra la importancia de dejar al público con un buen sabor de boca.

Transitando unas veces de lo poético a lo escatológico y otras de lo provocador a lo conmovedor, cantando, brincando, enseñando y ocultando las cartas de la baraja francesa, sembrando dudas en el espectador cuya falta de respuesta les habrá impedido a buen seguro dormir a pierna suelta, Piedrahita demostró que el humor, a veces denostado, es un lenguaje muy loable, sobre todo si lo habla quien, en este caso, lo habla.


Fotos: R.M.