Las cosas, por su nombre

Unos 700 espectadores se rieron este jueves en el Buero Vallejo con la comedia ‘El nombre’, obra coral sobre las relaciones humanas interpretada por Amparo Larrañaga y Antonio Molero, entre otros. •  Durante hora y media, se suceden los conflictos y las discusiones en esta obra de humor inteligente, ritmo ágil y diálogos con chispa.  


Dicen que donde hay confianza, da asco. Podríamos añadir que donde hay falsa confianza, además de asco hay secretos, mentiras y mucho aparentar. De eso –y al fin y al cabo, de la naturaleza humana- va ‘El nombre’, la obra de teatro que este jueves llegó al Buero Vallejo, con 700 entradas vendidas.

En versión del autor de moda, Jordi Galcerán (‘El Método’, ‘El crédito’,  ‘Burundanga’…) y con dirección del Gabriel Olivares, director de teatro albaceteño de 39 años ('Más apellidos vascos', 'Burundanga'…) ‘El nombre’ cuenta, ante todo, con un formidable elenco de actores que sustenta durante hora y media la historia y que consigue con magistral naturalidad abrir las puertas del salón del apartamento moderno y funcional donde todo transcurre, como si el público fuera un invitado más a la cena. A ese ágape étnico que ha preparado la siempre atenta Isabel (Amparo Larrañaga), a la que en el fondo nunca han dejado reinventarse y esa noche prueba con el peinado y la propuesta gastronómica.

La comedia, basada en la homónima ‘Le prénom’, de los franceses Mathieu Delaporte y Alexandre de la Patellière, que también tuvo su adaptación al cine con apabullante éxito en Francia, parte de una simple revelación: el nombre del futuro bebé que esperan el hermano de Isabel, Vicente (Jorge Bosch) y la joven Ana (Kira Miró). Los dos son invitados a la reunión, junto a Carlos (César Camino), un amigo de la infancia, trombonista en una orquesta. El elenco lo completa Antonio Molero, en el papel de Pedro, el marido de Isabel.

La presentación de los personajes llega al público en forma de narrador con voz en off y a través de una proyección cinematográfica, técnica que se emplea igualmente para el desenlace de la historia. La historia se sucede sustentada en un buen guión y en un ritmo adecuado que se imprime y que hila cada revelación, cada discusión. Todos los personajes consiguen ser descritos, todos tienen su momento –el público aplaudió de manera especial el speech larguísimo de una Larrañaga que vomita sus penas desahogándose frenéticamente y sin resuello por todos los agravios padecidos por los demás-. Todos tejen maravillosamente este retrato de miserias humanas, de relaciones que cada uno construye y cree sustentadas de manera diferente y donde un secreto banal de la infancia, un simple nombre, un sencillo gesto dejan de ser eso para convertirse en rencor, en mueca, en agravio trascendente. Porque llamar a tus hijos Adanis y Nereida no es ponerles un nombre sino querer aparentar en realidad que tú eres lo más, que eres original y diferente aunque lo que seas es, francamente, un hortera. Porque si le llamas Adolf, en realidad, puede ser un acto de apología perversa.

Fotos: E.C.

Los conflictos se suceden con humor (inteligente, a veces un poco ácido también) y dejan al descubierto el carácter de cada uno de los personajes demostrando además la fragilidad de las relaciones familiares, que se ponen a prueba con la revelación final, la más sorprendente.  

Como aderezo importante, la decoración de Joan Sabaté, que ha optado por situar la acción de esta comedia en un salón funcional, con diferentes espacios y dimensiones, al que no falta ningún detalle. Y pese a ser una obra coral, donde todos están magníficos y todo está perfectamente ensamblado, destaca un Jorge Bosch espléndido, el padre primerizo que siempre se ha creído dueño del mundo pero que en su reflexión final se da cuenta de que, después de esta noche, nada volverá a ser igual. Ni siquiera cuando la vida te da una oportunidad para empezar de cero. Porque  detrás de un nombre y una etiqueta, después de todo se esconde un ser humano que tropezará irremediablemente dos veces (o tres) en la misma piedra.