Una Bernarda Alba calé

La compañía sevillana Atalaya-TNT junto a siete gitanas del poblado chabolista de El Vacíe cerró este sábado la Espiga de Oro de Azuqueca con una versión de ‘La casa de Bernarda Alba’. • El público aplaudió con bravos finales este proyecto teatral y social, cargado de simbolismo y musicado con cantes flamencos y húngaros. • Las actrices, en un claro ejercicio de superación, desprenden sinceridad, gracia y colorido.


No todas las flores son para Antonio, el difunto marido de Bernarda Alba, en la versión que sobre el drama lorquiano ha realizado la compañía sevillana Atalaya junto a ocho gitanas (anoche, siete) del poblado chabolista de El Vacíe, el más antiguo de Europa, situado a unos centenares de metros del laboratorio teatral de Atalaya, el TNT.

No todas las flores son para Antonio, no. Hay unas pocas rosas que se aparta para ella la madre de Bernarda, la vieja loca, que abre este drama de las mujeres de los pueblos de España llorando exageradamente sobre el cadáver de su yerno, afortunadamente muerto para todas. Las rosas son para vender, claro, porque hay que seguir comiendo en la tragedia diaria que es la vida misma. 

Tampoco todo son lágrimas ni negrura en este drama, que cerró anoche entre aplausos y bravos, la 31ª Muestra Nacional de Teatro ‘Espiga de Oro’ de Azuqueca. Nadie va de luto, nadie se desespera al máximo. En esta versión del drama de Lorca, hay miseria humana, sí, pero la envidia se vuelve canto flamenco, la rabia se saca dentro de las cuatro paredes de la casa en silencio, en confidencias entre hermanas durante la higiene diaria o en gritos unánimes llenos de simbolismo: "¡calle, calle!" gritan todas mientras se quitan el peso que llevan sobre su alma, sobre sus cabezas –ya sea una mesa camilla, una botella de agua o una silla-.

La casa es claramente un claustro dominado con destreza por Bernarda –interpretada por la gitana Rocío Montero-, la única que va calzada, la única que lleva una gruesa vara de madera que demuestra quién es la matriarca, quién la autoridad. Pero en esta casa, el encerramiento no causa claustrofobia sino delirio, surrealismo puro. 

La directora de teatro sevillana Pepa Gamboa, conocida por dirigir también montajes para compañías de danza flamenca y cantaores como Poveda o Morente, ha ‘deconstruido’ el drama original de Federico y lo ha llenado de simbolismo, dejando a las actrices que lo llenen todo con su naturalidad, su improvisación, su gracia, su locución, su inocencia teatral –todas pisan por primera vez un escenario-. No faltan las escenas claves y se consigue definir los personajes que Lorca imaginó, pero esta casa de Bernarda Alba se sitúa en mitad de El Vacíe, como una chabola más. 

Consigue llegar el trabajo que hay detrás y que no se ha podido realizar sobre el libreto teatral –sólo dos de las actrices gitanas saben leer- sino en base a lo que para ellas significa esta tragedia de la España empobrecida. Por eso hay risa, guasa, chulería, color, fiesta, genio, sensualidad. Por eso, cuando Adela, la menor de las hijas de Bernarda se suicida, lo primero que hacen sus hermanas es la prueba del pañuelo para certificar que ha muerto virgen. Por eso, hay menos teatralidad y más naturalidad en la forma de contar las cosas. Por eso, en una banda sonora elegida con muchísimo tino, hay mucho flamenco, melodías húngaras, lusas… y simpáticos cantecillos (Ay ay O Mae cada día te quiero más… Ay leré leré cachito de pan… desde que se fue mi Pepe, la hierba buena no crece, el perejil se ha secado …)  

Esta Bernarda Alba, fruto de la investigación teatral, supera el evidente objetivo social e inclusivo del proyecto. Esta Bernarda ha logrado abrir las ventanas, insuflar aire y liberar a sus protagonistas -aunque sea un poco- de la vida precaria en El Vacíe. Las dota de visibilidad y demuestra sobre todo, como defienden en Atalaya-TNT, que otro teatro es posible.