El hambre agudiza el ingenio

Casi mil espectadores asistieron este sábado en el Buero a la versión de ‘El Lazarillo’ de El Brujo, con una genial recuperación de las desventuras del pícaro para denunciar la miseria moral y reivindicar la creación artística.


El Lazarillo’ de El Brujo no es ya ningún chiquillo. Lleva 25 años rodando por escenarios de toda España, pero tiene precisamente ahora una vigencia que seguramente no pudo imaginar en 1989, cuando Alemania, lejos de imponer austericidios, andaba aún más pendiente de sus propios muros que de traspasar nuestras fronteras con sus dictados de sacrificio para el españolito de a pie. La novela de la picaresca española por excelencia siempre interesa, pero le va como un guante a los tiempos en que vivimos. Unos tiempos en que el hambre, hoy como ayer, agudiza el ingenio.

El hambre aquí es la alegoría. Es la carencia vital de la que brotan las artes. Las malas artes del buscavidas que nos cuenta sus peripecias con verdades a medias, pero también las artes del creador que expone al público la verdad de sus mentiras. Y Rafael Álvarez 'El Brujo' desembarcó este sábado en el Buero Vallejo de Guadalajara con una escenografía pobre, por escasa, pero con un texto que brilla como un diamante: la adaptación del clásico del siglo XVI en manos de otro clásico, Fernando Fernán-Gómez, de quien se intuyen tantas cosas sobre el escenario. El autor de ‘Las bicicletas son para el verano’ sitúa al Lazarillo en la modernidad, obrando el milagro de encoger una distancia de cuatro siglos, pero El Brujo no sólo encarna al pícaro de Tormes con su genio habitual, sino que lo suelta al ruedo ibérico actual, donde no faltan guiños a Rajoy o Podemos. Y lo hace en un ejercicio de teatro total.

Se desenvuelve El Brujo entre la luz de las velas con una destreza poética que conmueve: el modo en que convoca al fuego con las manos, en que dibuja un personaje con la caricatura o en que engatusa al público con la lengua traviesa de un juglar. Raya el límite de lo excesivo sin caer por el foso. Saca y mete al espectador de la obra a su antojo, le confunde con lo que hay y no hay de improvisación, le muestra las costuras del texto y las bambalinas del escenario sin romper nunca el hechizo. Muestra una capacidad sobresaliente para actuar a plena luz o en tinieblas, para cambiar en un minuto su condición de monologuista de club de copas con la de imponente intérprete de clásicos, modulando personajes creíbles y contundentes sin necesidad de emplear más recursos que voz y gesto. Resulta el artista andaluz magistral en su manera de ir y venir en un espacio diáfano donde se mueve como un pez en su pecera.

Podemos intentar ponerle algún pero, aunque seguramente sea buscarle tres pies al gato: acaso lo sea su reiteración en la parodia de la clase política, que es un recurso ya de por sí gastado. Pero también aquí el público se deja hacer con tal entrega, y está la burla casi siempre tan bien encajada en el mensaje global, que en el peor de los casos sólo es un pecado de exceso más que de defecto.

Sin tregua, tampoco en el ‘descanso’

También aquí el Lazarillo, protagonista de turno –otras veces han sido San Francisco de Asís, San Juan Evangelista o las mujeres de Shakespeare– sólo es el recurso para hablar de la vida a través del espejo de las artes. Por eso puede ocurrir que el espectador siempre crea que está asistiendo a la misma representación de Rafael Álvarez El Brujo, asunto con el que él mismo ironizó en Guadalajara cuando dijo que a veces empieza con el Lazarillo y acaba con la Odisea. Todos los personajes son variaciones de un mismo discurso, distintos trajes de una misma percha.

También sus apartes continuos con el público para hacer comentarios de actualidad saltan de uno a otro montaje que pasea por todo el país. Y el mayor de los paréntesis que se marcó el sábado en el Buero, a plena luz en el llamado ‘descanso’, no sólo es el resuello ligero antes de la catarata final, sino que funciona como un entremés desternillante en sí mismo, un desparrame de carcajadas a propósito de anécdotas teatrales, que evoluciona hacia un genial alegato en defensa de la tradición teatral española.

Al cabo de una hora y media de representación, el cierre de ‘El Lazarillo’ de El Brujo se precipita en apenas unos minutos en que de manera acelerada el personaje nos cuenta sus últimas andanzas. Una enérgica apoteósis que levantó a los casi mil espectadores de su butaca.

El Brujo se llevó el calor de un público que se aproximó de forma multitudinaria a un producto artístico contra corriente: porque llena teatros en tiempos en que los teatros se vacían e incluso se cierran. Que reivindica la rica tradición teatral española como solución a los austericidios y las escaseces de todo género (el hambre agudiza el ingenio). Y que se opone a los mastodónticos montajes que demanda la sociedad del espectáculo, el fútbol por encima de todos, llenando un auditorio durante los mismos noventa minutos en que jugaba el Real Madrid de la ‘marca España’: el Bernabéu había contraprogramado a un artista enfrentado a la poética del escenario vacío, pero El Brujo puede con todo. Está hecho un pícaro. Y un clásico.