¿Quiénes (demonios) somos?

Cuartoymitad reflexionó en 'Escriba su nombre aquí' sobre los rasgos que definen la identidad, lo que queremos ser o la posición que adoptamos frente al otro. • La tercera propuesta de La Espiga de Oro, fresca y dinámica, planteó una sucesión de situaciones absurdas sobre un escenario convertido en una pizarra.


¿Quiénes somos? Esta pregunta, tal vez la más profunda que podamos plantearnos, nos la hacemos incluso antes de empezar, antes de romper el cascaron y de ver la luz del mundo, pero también antes de que se levante el telón. De una enormidad que acongoja, la pregunta, la gran pregunta, tiene muchas respuestas y está en el origen de cualquier reflexión sobre la identidad, tanto personal como colectiva. Por si todo esto fuese poco, la compañía Cuartoymitad lleva este cuestionamiento hasta los extremos al abordar incluso aspectos que jamás nos habíamos planteado: ¿qué pasa con todo aquello que no elegimos? ¿Qué es de todo eso que nos define y que, sin embargo, nos viene dado o está fuera del alcance de nuestra voluntad?

Con su planteamiento original, también en lo artístico, 'Escriba su nombre aquí' desembarcó el sábado en la Casa de la Cultura de Azuqueca (dos tercios de entrada) para representar la tercera función de La Espiga de Oro 2014. Su propuesta, fresca y alternativa, contraindicada para un público más tradicional en sus preferencias, resultó muy interesante para explorar otros conceptos teatrales que, habituales en las salas pequeñas de Madrid, sólo a cuentagotas llegan a los escenarios de nuestra provincia.

Nada más entrar al teatro, al espectador le sorprendieron los cinco actores realizando su particular censo del público, preguntando al patio de butacas sobre sus tendencias sexuales (¿cuántos heterosexuales hay? ¿cuántos bisexuales, transexuales, asexuales?), sobre su país de procedencia o precisando el número de funcionarios... incluso indagaron para saber si había alguna Eufrasia entre los presentes.

Era sólo el principio. Cuando se levanta el telón, la reflexión en torno a quienes somos, a partir de la confusión en que vivimos, se sucede en un serial de situaciones casi siempre disparatadas, que es el mejor modo de representar las abstracciones sobre las que se levantan nuestros convencionalismos. Para ello, la obra dirigida por María Prado y Fernando de Retes, actores junto a Pablo Huetos, Rebeca Matellán y Fátima Sayyad, se sirve de surrealismo. Se hace así más liviana una reflexión tan pesada.

Elegir, dudar

Todo el mundo ha escogido alguna vez compañía telefónica llamando al servicio técnico, pero resulta disparatado seguir el mismo procedimiento para escoger nacionalidad. Lo mismo ocurriría si, al inscribir a un bebé en el registro, hubiese que elegir aspectos físicos o anecdóticos, pero también otros trascendentales como la visión optimista o pesimista de la vida. En la obra, los personajes son arrojados a una libertad desbordante, hasta el extremo de resultar impertinentes, como el matemático que reclama un DNI lleno de números 2.  El delirio alcanza a la conformación de una bandera para un ciberpaís a la carta y sin territorio. Las reflexiones más profundas, las que más golpean al espectador, llegan cuando se aplica la parodia a conflictos como la falta de diálogo entre culturas o la acogida al emigrante.

Las escenas se valen de un esfuerzo actoral destacable, sin más ayuda que una tiza con la que escribir sobre unas tablas convertidas en una pizarra llena de letras y de números. Hay una sobriedad en la puesta en escena y en el vestuario que convierte a los personajes en siluetas, en maniquís sin complementos, en carácteres por construir sobre un escenario que por momentos parece abrirse a sus pies para tragárselos, indefensos, insignificantes en su actitud extremadamente dubitativa.

Es cierto que, por momentos, todos estos planteamientos se suceden con sensación de reiteración, pero en su conjunto la propuesta divierte y cuestiona, que no es poco. Y a todo esto, el espectador llega hasta el final, al cabo de hora y cuarto de dinámicas reflexiones, con la misma pregunta que se hizo al principio, pero inflada si cabe hasta límites que amenazan con explotarle en la cara. Si empezamos preguntándonos quiénes somos, acabamos, ya en la última escena, con una confusión todavía mayor: no es ya que no sepamos quiénes demonios somos, es que ni siquiera sabemos quiénes queremos ser.