El mundo por montera

Perigallo Teatro ofreció el segundo pase de La Espiga de Oro de Azuqueca con un drama de mensaje social agridulce sobre las consecuencias de las crisis económicas. Excelente trabajo actoral en una historia que va en aumento.


“El mundo es la casa para quien no tiene una propia”. Hay verdades que, mientras las cosas no cambien, sobrevivirán generaciones, con sus propios dramas. Es la sentencia agridulce que dejó ‘La Mudanza’ de Perigallo Teatro este sábado en la Casa de la Cultura de Azuqueca –dos tercios de entrada–, una obra sostenida por sólo dos actores en un tremendo esfuerzo durante una hora y tres cuartos, drama social con mensaje esperanzador que crece conforme avanza hasta la caída del telón.

Sobre las tablas, repletas de cajas para embalar, aparece un matrimonio al filo de los cuarenta años que hace una mudanza. La primera sensación es de absoluta normalidad, una situación reconocible para el público, pero que sólo es apariencia. Porque la mudanza es un eufemismo, como la casa será una alegoría. “Los bancos no entienden de malas rachas”, dice en un momento el protagonista. Los dos personajes de ‘La Mudanza’ se encuentran a tres días de un desahucio. Han rehipotecado la casa de los abuelos para sacar adelante un proyecto profesional, todo ha salido mal y tienen que marcharse. Lo sobrellevan con humor. Pero el humor, como la paciencia, también tiene sus límites.

La obra dirigida por Joao Mota se aprovecha además de varios ‘flash back’ que permiten al espectador comparar la situación de esta pareja moderna precisamente con la que vivieron aquellos abuelos en su emigración a Alemania.

Las historias confluyen, al cabo: en los pequeños detalles –ese pajarillo de adorno construido con dos piñas– y en los grandes mensajes: “el mundo es la casa para quien no tiene una propia”. Para ello, los actores Celia Nadal y Javier Manzanera se desdoblan hasta en tres ocasiones en el entrañable matrimonio de un gallego y una murciana de los años sesenta.

Sublime y patético

Aunque tarda en despegar, la función adopta un ritmo frenético a partir de la primera transformación de los dos actores en los abuelos y desencadena, a partir de ahí, una catarata de secuencias en las que los dos actores hacen caer a sus personajes hasta momentos de patetismo –porque las desgracias nunca vienen solas– o los elevan a momentos de sublime delirio, según qué ocasiones, con ágiles e inteligentes transiciones entre escenas.

Hay en esta obra que remueve el alma social, con las necesarias descargas de humor para no padecer en exceso, una reflexión profunda sobre la memoria (la de cada uno: con lo que tiene de equipaje necesario o de carga prescindible, pero también la de nuestro país). Deja entre tanto la historia alguna punzada de dolor sobre la nostalgia de un futuro que no podrá ser y, a la vez, una optimista lección de dignidad, la de quien, hoy como ayer, se pone el mundo por montera y hace de él su morada para, entonces sí, seguir avanzando, recomenzar, dar un paso al frente con la cabeza bien alta.