Un amor inmortal en una 'ciudad eterna'

En Sigüenza, cientos de turistas y vecinos siguieron por primera vez este sábado las huellas del amor de Don Juan Tenorio e Inés Ulloa en escenarios naturales como la Catedral, la Plazuela de la Cárcel, la plaza Mayor, la iglesia de Santiago y el castillo. • Salvo algunos problemas sonoros, sobre todo al inicio de la representación, y la falta de iluminación en algunas escenas claves, destacaron la dirección actoral de Abigail Tomey y el mérito de trasladar todo el entramado técnico e interpretativo a Sigüenza.


La historia de amor de Don Juan Tenorio y la novicia Doña Inés ya está impresa en las piedras de algunos de los espacios y edificios más representativos de Sigüenza. Anoche, los dos jóvenes se volvieron a enamorar bajo la luz de la luna de la Plazuela de la Cárcel ante centenares de turistas y vecinos. Antes, don Juan ya había sellado su apuesta con don Luis Mejía en el Patio de Armas del Castillo, sede del Parador Nacional, reconvertido en taberna mendocina y había ido a por su primera 'víctima', la prometida de don Luis, doña Ana de Pantoja. 

La gran novedad y el gran mérito de este tenorio 'doncelino' fue trasladar el entramado actoral -aunque hubo menos figurantes que en Guadalajara- y técnico a un gran teatro -la Sigüenza medieval-, complicado por lo novedoso pero lleno igualmente de riqueza histórica e idóneos escenarios naturales, vinculados también a los Mendoza y al arquitecto Alonso de Covarrubias, que ensalzan la obra de Zorrilla.

Por encima de algunos problemas técnicos, más evidentes en la primera parte de la representación, cabe destacar el esfuerzo de la Asociación 'Gentes de Guadalajara' por exportar el montaje a 73 kilómetros de la capital. Lo más reseñable: las novedades -muy acertadas- en la dirección de actores y en la puesta en escena que se podrán ver el 31 de octubre y el 1 de noviembre en Guadalajara. Los actores fueron muy aplaudidos en el saludo final por los espectadores, algunos de ellos -admitieron- sorprendidos por la puesta en escena y la interpretación del montaje, que cuenta en la dirección con Abigail Tomey -este año, ayudada por María Nieva-.

Pregón mendocino en la plaza del Ayuntamiento 

La Sigüenza medieval resultó el marco perfecto para la historia de Don Juan y Doña Inés. A las seis en punto, tras las campanadas, el sonido de tambores de los tercios de Flandes avisaba por el casco antiguo de que se abría el telón. Una comitiva de tenorios vestidos de negro, monjas y aldeanos recorría la calle Mayor, rumbo a la plaza del Ayuntamiento. Salvo diferencias insalvables -obviamente, ésta no es ni la plaza de la Concatedral de Guadalajara ni la anexa a la Capilla Luis de Lucena- la ambientación, con bailes festivos a cargo del grupo La Colmena y la música de los Dulzaineros de Alcalá fue una alegre introducción con pregonero incluido: estupendo José Mª Sanz Malo en el papel de escultor, Francisco de Baeza, prologando cada escena. Fue el encargado de animar a itinerar por las calles y rincones de la ciudad para no perderse este drama romántico del XIX. 

"Sigüenza ha sabido curar sus heridas sin amputar sus miembros", dijo, en referencia a la "elegante y respetuosa tranformación urbanística de la ciudad". Hubo en su discurso un recuerdo para el obispo -después Cardenal- Pedro González de Mendoza, gran mecenas y uno de los hilos de unión que justifican la representación del Tenorio Mendocino también en Sigüenza. A su mandato, se debe la construcción de parte de la Catedral y la plaza Mayor. Dos enlaces más con connotaciones mendocinas son el conocido Doncel, Don Martín Vázquez de Arce, paje del segundo Duque del Infantado y el reputado arquitecto Alonso de Covarrubias.

Este artista construyó el convento de la Piedad en Guadalajara en 1526, hoy Liceo Caracense, y entre 1515 y 1517 visitó varias veces Sigüenza, donde diseñó el retablo de Santa Librada y la tumba del obispo Fadrique de Portugal en el crucero de la Catedral, además de trazar la Sacristía Mayor, más conocida como de las Cabezas. El Tenorio une, por tanto, drama y espacios y como dijo Baeza, "maestro de obras y amante del teatro", regala algo único: "todos somos público y actores".

Fotos: R.M./E.C.

Los pasos, hacia el castillo 

Y los pasos se encaminaron calle Mayor arriba hasta el castillo. Desde dentro, parecía llegar un olor invisible de vino en las jarras, de viandas recién hechas y el sonido real de jóvenes aldeanos con ganas de algarabía perenne. El Patio del hoy Parador Nacional se había convertido en una taberna mendocina -aunque con reducida ambientación respecto a la original-, donde los reyes Felipe II e Isabel de Valois daban la bienvenida al público y Suárez de Puga, cronista local de Guadalajara, prologó el Tenorio con su imponente voz grave y su ritmo declamador de poeta. 

Butarelli -una pícara Beatriz Ortega- es la anfitriona de esta posada donde todo surge. Es en esta casa donde empiezan a desfilar los personajes, algunos escondidos tras antifaces. Aquí es también donde se citan don Juan -Jorge Bermejo, que se estrenó en el papel con buena nota- y su ‘enemigo’, don Luis Mejía -un notable Luis M. García- para cerrar el trato: cuántas mujeres han caído a sus pies, cuán de grande es el rastro de muertos que han dejado por culpa de sus conquistas fugaces, cuánto tardará en enamorar don Juan a una novicia a punto de profesar... Inés Ulloa, que aguarda en el convento. Por cierto,
García supo solventar bien en directo el cambio de petaca por problemas con su micrófono.

Sin salir del castillo, en la escalinata que está próxima a la salida, se produjo la primera conquista de don Juan. Las escaleras sustituyeron a la famosa reja del Palacio de la Cotilla en Guadalajara. Un acertado cambio de escenario que enriqueció este cuadro de transición donde don Luis Mejía acude a prevenir a su amada, doña Ana de Pantoja, de las intenciones de don Juan, justo una noche antes de contraer matrimonio. La ausencia del Coro Novi Cantores y de José Antonio Alonso y su grupo, que suelen musicar este acto, fue solventada con los coros del grupo de aldeanos.

La celda de doña Inés, en la iglesia de Santiago

Acogió la tercera escena la hermosa iglesia de Santiago, sede de los concejos abiertos en Sigüenza durante la Edad Media, convento de Clarisas en el XVI y actualmente en proceso de rehabilitación gracias al empeño de la Asociación de Amigos AAISS. Se eligieron velas para dotar de intimidad y religiosidad a la estancia. Faltó iluminación, no obstante, que facilitara la labor de los fotógrafos, y tal vez, la visibilidad desde el fondo del templo.

El convento se quedó pequeño para acoger a los espectadores que no querían perderse el primer encuentro de la noche entre los dos amantes. Y es verdad que, pese a que la iglesia, donde se funden el románico y el protogótico, resulta un escenario precioso, es menos práctico y menos espectacular que el patio del Liceo Caracense, más idóneo para el lucimiento global del cuadro escénico.  

Angélica Santos, la alcahueta Brígida, logró arrancar risas con su personaje de pilla, que disfruta en su papel de celestina. El coro de monjas cantó una letanía más alegre y menos espiritual que en otras ocasiones, como prologuistas de una de las escenas claves que impulsan esta historia de amor y espíritus, pero la acción se desarrolló con la misma intensidad de siempre. Doña Inés vive ya en zozobra permanente y la abadesa, que interpreta con gran tino Carmen Niño, vuelve a regalar uno de los diálogos inolvidables de la obra junto al Comendador y padre de doña Inés, don Gonzalo de Ulloa, con un José Morillo serio e imponente que finiquita el encuentro con un "imbécil" sencillamente extraordinario.

Todo comienza a tomar forma

En la Quinta de Don Juan, recreada en la calle de la Plazuela de la Cárcel, todo comienza a tomar forma. Inés, ya raptada, no termina de encajar su nueva situación. Se huele el drama pese a que Brígida intenta quitar hierro al asunto. La verdadera lástima de esta escena, donde se han notado los ensayos, es precisamente la elección del espacio. Habituados a vivirla en el Patio de los Leones del Infantado, con escenario y atrezzo, resultó raro ver la acción en una calle sin aderezo alguno, con problemas de visibilidad para una parte de los espectadores, debido al muro de la plaza. Ganó puntos el diálogo más conocido entre don Juan y doña Inés. Realmente la luz de la luna pareció más pura que nunca y los amantes -rendido y apasionado don Juan; contenida pero llena de amor doña Inés- sellaron su sinceridad fundiéndose en un abrazo que consiguió el aplauso del público. Hubo una muerte veloz, la de don Gonzalo y una breve lucha de espadas.

Hacia la Catedral

Dejando atrás la Travesaña Alta, donde destacan casas con estructura judía -es habitual ver que junto a la puerta de algunas se abre una ventana que servía de mostrador para la venta- los espectadores atajaron por callejuelas hasta llegar a la Catedral. En su atrio, los espíritus del Panteón de la familia Tenorio, esperaban blanquecinos para firmar el final de la obra y de la vida de don Juan. De nuevo la voz, esta vez en off, de Suárez de Puga introduce la escena y el escultor hace su aparición para presentar la Catedral, "referencia social y cultural de Sigüenza". Subraya que el sepulcro de don Fabrique de Portugal es obra suya, como también lo son las estatuas del Panteón que contempla el público. Pedro García Chaín encarna a don Juan maduro, que acaba de regresar a Sevilla. No queda en él apenas nada del aspecto retador del personaje inicial y se muestra, a medida que se acerca el final, lleno de flaqueza y rabia al descubrir a su amada doña Inés entre los muertos. Dulce y misericordiosa, Helena Madariaga da la réplica como el fantasma de doña Inés, redimiendo a su amado exclusivamente por puro y verdadero amor.

Antes del desenlace final, el público volvió a la Plaza Mayor para asistir a la cena entre don Juan y sus amigos, el Capitán Centellas y Avellaneda. El entorno engrandeció una escena que en Guadalajara transcurre en el zaguán del Infantado. Pero no sólo. Hubo más cambios que realzaron el acto: el espíritu del Comendador no aparece tras una reja, sino en persona y de doña Inés esta vez sólo se escucha su voz espectral. 

La escena última, de nuevo en el Atrio de la Catedral, tuvo a un puñado de pebeteros de fuego como único atrezzo. Impuso la seo seguntina como escenario del cortejo fúnebre y del desasosiego de un don Juan que descubre al final que hay otra vida más allá de esta vida, que hay calma más allá de la muerte y que, con un pie en la sepultura, está ante su última oportunidad para redimirse y poder ser feliz junto a su amada. 

El rumor de los versos de Zorilla queda ya para siempre entre los muros de la Ciudad del Doncel. El amor de don Juan y doña Inés ya es eterno. También en Sigüenza.  

Fotos: R.M.

 

 

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