Las grietas de la vida

El Buero acogió este sábado ‘El arte de la entrevista’ del dramaturgo Juan Mayorga, una extraordinaria reflexión sobre la memoria, la confianza y las frustraciones a partir de la relación de tres generaciones de mujeres de una misma familia. 


Decía no hace mucho el escritor Javier Marías, precisamente en una entrevista, que casi todo lo que conocemos del mundo nos llega a través del rumor. El rumor reconstruye el universo en el que vivimos porque certezas, lo que se dice certezas como verdades adquiridas de primera mano, tenemos muy pocas. ‘El arte de la entrevista’ de Juan Mayorga subraya y moldea este mismo discurso de una manera tremendamente conflictiva, que es la manera del drama.

El director Juan José Afonso ha puesto sobre las tablas esta reciente obra del dramaturgo español más en forma de los últimos tiempos, que llegaba este sábado al Buero (algo más de media entrada) con su escenografía sencilla de un jardín de una casa donde sitúa a tres generaciones de mujeres de una familia, más un intruso y una cámara de vídeo.

La excusa para dar cuerda al drama es tan sencilla como un trabajo académico (una entrevista) de la joven estudiante de periodismo Cecilia (Elena Rivera), pero destapará muy pronto la caja de los truenos a partir del cuestionario dirigido por la joven a su frágil abuela Rosa, interpretada por Alicia Hermida. Lo típico: nadie se había interesado hasta entonces por la vida de la abuela, que se presume insulsa, dedicada en exclusiva a la familia… y por eso la madre de la estudiante e hija de esta otra, Paula (Luisa Martín), propone que tal vez merezca una entrevista, sin saber hasta qué punto está dando un paso sin retorno.

Porque en toda entrevista, le había dicho el profesor a la alumna Cecilia, siempre nos encontramos ese momento que se abre ante nosotros como una grieta: esa fisura en el relato que destapa la falsedad del discurso. O que permite acceder a un secreto oculto. Y es precisamente lo que ocurre cuando la joven pregunta a su abuela por su película favorita.

Reflexiones profundas

‘El arte de la entrevista’ son muchas cosas en una: una reflexión sobre la memoria. O mejor aún: una reflexión sobre el modo en que construimos la memoria, que es en realidad el componente más pesado del relato de nuestras vidas. Pero podemos hilar más fino todavía y decir que ‘El arte de la entrevista’ es un ensayo sobre el cuestionamiento de las relaciones sociales, incluso las más íntimas, a partir de engaños mayúsculos, de pequeñas mentiras (a veces, piadosas) y de pocas, muy pocas certezas. A través de un serial de entrevistas que unos personajes se hacen unos a otros, los personajes de Mayorga van apartando rumores como si separasen capas de cebolla para llegar al verdadero cogollo de sus historias más personales. Pero también encuentran grietas en los corazones.

Hacer este tratado de metafísica sin matar al espectador del disgusto sólo es posible a través de un refinado retrato de la naturaleza humana de los personajes y con unos diálogos que le dan una frescura absoluta al artificio. Todo esto lo explica incluso la figura del personaje más secundario, Mauricio (Ramón Esquinas): si cabe pensar que toda entrevista puede parecer incisiva, inquisitorial, en su caso obra con dulzura y distensión para llevar también al resto de los personajes, especialmente a la madura y resuelta mujer de negocios que es Paula, al borde del abismo.

Un final tremendo

En ‘El arte de la entrevista’, la brillantez de los diálogos cautiva al espectador con las conexiones entre complicidades, recelos y guiños, así como esas curiosidades aparentemente triviales traídas a cuento y que son capaces de encerrar el sentido de todo un comportamiento, como ocurre con ese verso de Bruce Sprinsteen en ‘Born to run’ que justifica huir de una ciudad de perdedores. Todo cuadra como en un sudoku de letras para retratar el lado más humano de cada historia, porque si la vida de la abuela, indudablemente la más agrietada a sus alturas, resulta tremendamente rica en matices, las de la hija y la nieta no van a la zaga. Todas viven un pulso entre sus virtudes y sus defectos, la tres sufren con sus pasiones y sus frustraciones, y las tres mienten o dicen la verdad cuando se exponen ante las demás, cuando se dejan entrevistar por las otras.

Las interpretaciones hacen muy creíbles a unos personajes que podrían haber quedado fácilmente reducidos a los tentadores estereotipos, pero que tienen carácter propio y mantienen la tensión de un juego de ‘entrevistas’ que podría resultar tedioso y artificial y que surge, en cambio, con naturalidad.

Apabullantes resultan las réplicas en la última escena entre Alicia Hermida y Luisa Martín y el emocionante monólogo final de la abuela Rosa ante la cámara de vídeo, mezclando con viveza elementos de películas y de su vida personal que dejan al espectador confundido, removido e incómodo. No así a la vieja que, en su bendito arrebato, ha logrado por fin desatar el nudo que le apretaba por un extremo con la desmemoria de la enfermedad y por el otro, con el recuerdo demasiado vivo de un secreto jamás contado. El exorcismo que la libera nos deja un poso de dulzura en un cuadro de familia descompuesto por las grietas. Lo que ha cambiado ha sido el relato, que es un artificio, pero no la naturaleza humana.


Nota: Estuvo el patio de butacas del Buero revuelto en varias ocasiones, con un exceso de carraspeos, murmullos y estornudos que no colabora en un teatro-auditorio que siempre abre un abismo entre el escenario y la primera fila. Por cierto, dejamos constancia de una queja de dos espectadoras de la fila once por defectos de acústica.

Este tipo de funciones de teatro puro, de texto y de gesto más que de circo y gran orquesta, reclama la sumisión del espectador para que el pacto entre ambas partes llegue a buen puerto, y eso depende en gran medida de las condiciones ambientales y de la educación de algunos elementos –no tienen otro nombre– que, todavía a estas alturas, no apagan el teléfono móvil antes de que empiece la función y que incluso descuelgan la llamada. Tremendo.