Los Monty Python españoles: gamberros en el teatro

Yllana y L’om Imprebis pusieron sobre las tablas del Buero una selección de sketches de los clásicos Monty Phyton. • El humor corrosivo cruzó el umbral del vandalismo para desmontar injustos y absurdos convencionalismos.  Hubo más de media entrada en el regreso en Guadalajara de este espectáculo que ya estuvo en cartel hace diez años.


Después de treinta años separados, los originales Monty Python, los ya septuagenarios John Cleese, Terry Gilliam, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin (Graham Chapman murió en 1989) han regresado a los escenarios vendiendo 20.000 entradas en 43 segundos. Algo así sólo está al alcance de unas estrellas del rock. Y lo cierto es que recordamos a estos tipos como unos melenudos salidos de un festival de los setenta. Aunque estos originales que vuelven a estar de moda no pararán por España, Yllana y L’om Imprebis han aprovechado para recuperar su montaje con ‘los mejores sketches’ de los Python, que ya estuvo en cartel hace una década, también con cifras nada desdeñables como sus más de mil funciones en tres años. Este sábado el 'remake' llegó al Buero y llenó algo más de medio aforo.

No hay nada demasiado nuevo, en realidad, en un espectáculo que demuestra la pegada actual del repertorio de estos Beatles de la comedia, también en su versión española. En el show, basado en una dinámica sucesión de sketches, nada se sale del guión. Pero eso no lo convierte en una propuesta fácil, sino en un chaparrón de humor corrosivo que cae sobre el espectador durante hora y media, a veces con virulencia, hasta calarle los huesos. Tienen sus números, como sus conocidas películas, una manera impertinente pero realmente efectiva de zarandear al espectador hasta hacerle despertar de su letargo.

Cada sketch funciona como un martillazo contra los cimientos de una sociedad que se asienta sobre la hipocresía de sus estamentos dominantes y la ignorancia supina de sus gentes. ¿A qué darse tanta importancia? ¿Por qué esos estúpidos convencionalismos? Los Python llegan, le dan la vuelta al calcetín y ¡voilà! ahí está la vida misma: tan absurda cuando es auténtica. Desprovista de dramatismos. Pura invitación a la risa.

Camareros, curas, guardias civiles…

El arranque del espectáculo es toda una declaración de intenciones: los actores aparecen ataviados como camareros de un restaurante. Bailan sinuosamente acompasando sus pasos sobre las tablas. De pronto se giran y la ausencia de tela en la parte posterior del delantal muestra sus culos desnudos al respetable. Y el respetable deja de serlo.

Camaleónicos en sus caracterizaciones y multifacéticos en sus artes –tiran de diálogos absurdos, mímica, coreografías, números de musical, onomatopeyas e incluso reproducciones de escena a cámara lenta–, los cómicos, fenomenales todos en sus diferentes registros, combinan el sarcasmo sagaz con el humor de brocha gorda y el fino sentido del humor británico con algunos exabruptos típicamente hispanos. Navegando entre ambas orillas avanzan sin complejos hacia un gamberrismo desatado en la segunda mitad del espectáculo.

En una de las escenas, un cliente de una agencia de turismo sufre un arrebato de locura que le lleva a saltar literalmente por encima de las butacas y a arremeter con malos modales contra el público mientras desata una perorata incendiaria contra lo divino y lo humano. No es la única vez que los actores buscan al público: son constantes las referencias a los espectadores, que sufren las mismas humillaciones que los guardias civiles, los curas, los políticos o ese padre de familia al que su hijo minero le reprocha que “no todo en la vida es cultura”. Esta insolencia con el público lanza un mensaje claro: aquí no se libra nadie.

Brillan estos Monty Python españoles en sus magníficas reducciones al absurdo –genial la conversación entre ricos que se convierte en una competición por ver quién de todos pasó más penurias en su infancia–, en la definición de algunos personajes que remiten típicamente a los memorables originales (imposible no recordar en la vieja del concurso del segundo sketch a la madre de Brian) y en el despliegue de recursos teatrales al servicio del gag, demostrando que su montaje va mucho más allá –y lo consigue– de una sucesión fácil de números graciosos.

Con sus altibajos, con algún ingreso en el humor más zafio y un tramo final entregado a la comedia más circense y sus zancadillas, resbalones y tartazos, el espectáculo se ajusta tremendamente a las expectativas del público y, como en los mejores conciertos, acaba con el tema más popular del grupo: una coreografía de ‘Always look on the bright side of life’, la canción con la que también acaba ‘La vida de Brian’. Toda una invitación a mirar el lado bueno de las cosas incluso en las peores circunstancias. Y así fue desalojado el teatro, entre silbidos… como si, en realidad, nada tuviese demasiada importancia.