'Hermanas': la película de la vida

'Hermanas' agotó entradas con este montaje de Carol López sobre una familia y su vida tras la muerte del padre. • Amparo Larrañaga, María Pujalte y Marina San José dan vida a las tres hermanas, con una notable interpretación, aunque destaca sobre todo, la actuación de Amparo Fernández, dando vida a la viuda. • El montaje, melodrama teatral y cinematográfico, resulta fresco, ágil y lleno de recursos escénicos.


¿Qué es la vida? Un frenesí, ¿qué es la vida? una ilusión. Una sombra, una ficción, que diría el Segismundo de 'La vida es sueño'. Una comedia, un drama, un musical, una película, una tragicomedia, al fin y al cabo, parece decir Carol López en 'Hermanas', montaje teatral y cinematográfico que habla de las dos cosas ineludibles de la existencia: la vida y la muerte.

Precedido por varios premios desde su estreno en Cataluña bajo el título original de 'Germanes', entre ellos un Max a la Mejor Autora en Catalán, agotó entradas anoche en el Buero Vallejo, recibiendo un aplauso largo aunque algo comedido.

Quizás porque quien fue con ganas de reirse a base de humor negro se encontró en realidad con las dosis de risa justas y necesarias para un gran drama que, en realidad, es lo que se esconde en las pequeñas vidas de cada uno de los personajes.

'Hermanas' habla de la muerte a través de la vida de tres hermanas -Amparo Larrañaga, la mayor; María Pujalte, la mediana y Marina San José, la pequeña-, a través de una madre que se queda viuda pero con muchas ganas de vivir y experimentar aún emociones -brillante Amparo Fernández-; de un adolescente, Adrian Lamana, hijo de Pujalte en la ficción y de un novio -de Pujalte también- que confiesa al público no tener muy claro cuál es su papel en todo esto pero que al final resulta ser el punto de equilibrio entre tanta locura.

La gran baza de 'Hermanas' es la gran estructura teatral que ha montado Carol López. Arranca con cine, igual que termina -aunque se hubiera agradecido mejor visión de ambos films-, recurso que utiliza para contar el inicio y el final de esta historia. Entre medias, hay emociones, bailes liberadores, canciones, gritos, besos, boleros, confidencias, emociones, despedidas... y todo ello se cuenta de manera particular y cambiante durante hora y media.

Carol López regala innumerables recursos escénicos: para el tiempo para algunos personajes mientras que la vida sigue para otros, imprime la cámara lenta en mitad de los diálogos, la marcha atrás, el flashback o la música estroboscópica, consiguiendo un espectáculo fresco, ágil, con una buena banda sonora -tres momentazos: 'Girls wanna have fun', de Cindy Lauper; 'Non, je ne regrette rien, de Edith Piaf en la voz de Amparo Fernández, en camisón negro sobre la mesa de la cocina, o 'What a day for a daydream', de Lovin´Spoonful, que sirve de celebración para la 'primera vez' del imberbe adolescente-.

En 'Hermanas' la vida se cuece en la cocina, donde todo transcurre. Una estupenda escenografía, testigo de innumerables juegos teatrales. Cuando un actor sale por la derecha, ya hay otro que aparece por la escalera. Eso sí: el arranque se antoja un pelín complicado porque la acción, en realidad, comienza en mitad del funeral del padre; continúa volviendo a la casa familiar, introduce un flashback para poner al espectador en los momentos previos al entierro -la hija más joven llega de una juerga cuando su padre ya ha muerto- y se une de nuevo, con la vuelta a la casa, donde se recupera el diálogo anterior, el que habíamos oído antes cuando regresan a la cocina después del funeral.

La segunda gran baza del montaje es el elenco actoral, donde sobresale la madre, Amparo Fernández, una mamá que áun se siente joven, que quiere hacer cosas nuevas, que se bebe la vida a sorbos de martinis con dos aceitunas. Fernández borda casi todo, pero sobre todo, los dos momentos musicales que canta en directo -el tema mecionado de la Piaf- y el bolero final, justo antes de la fatal noticia con que se llega al desenlace.

Larrañaga está bien en su papel de hermana deslenguada y pelín prepotente que esconde su verdadero drama -va a adoptar a una niña rusa y en medio del proceso, su relación de pareja se va al garete-. Tanta rectitud al final acaba explotando en el segundo acto, donde cambia de registro, regalando buenos momentos. María Pujalte, moderada y soñadora, es la ilusión constante. Su personaje podría haber sido el más gris pero ella consigue darle color. La menor, Marina San José, llena de vitalidad y ganas de probar de todo, es alocada, promiscua y diferente. Consigue construir con soltura un personaje fresco, sin prejuicios, aunque en el primer acto, quizás, se pase a veces de frenada. Los dos personajes masculinos, el novio y el hijo de Pujalte, son Chisco Amado -dulce, paciente, conversador...- y Adrian Lamana -un niño pequeño en su actuación y sin embargo, adolescente, al que ciertamente se le da poco peso en la función-.

Casi nada chirría en 'Hermanas' -lástima un par de fallos técnicos-, donde hay guiños ineludibles a 'Las tres hermanas' de Chejov, y donde se demuestra que la vida es como los variados ingredientes de ese gazpacho purificador que se comen los intérpretes. Hay soledad, risas, lágrimas, recuerdos, herencias, nacimientos, amor, sueños, tiempo, destrucción, reencuentros y, desgraciadamente, muerte. Pero la vida sigue y en ese caminar, siempre hay un reducto acogedor. Siempre quedará la familia.