La realidad aumentada de ‘Zoomwooz’

La performance de cine en vivo, luces y sombras y poesía del azudense Beladíez y la alemana Kracht pone fin a la Espiga de Oro. • El montaje audiovisual resulta una fascinante crítica de la sociedad en la que vivimos que critica la deshumanización del mundo y envía un mensaje de reacción al espectador.


‘Zoomwooz’ es una crítica a gran escala de la deshumanización del mundo en el que vivimos, una advertencia que agranda los detalles para que no se pierdan de vista, un juego de planos, figuras y sonidos que planta al espectador frente a un espejo que le devuelve su realidad aumentada como un mundo deformado, a veces con aura de ciencia ficción, otras con aspecto de tragedia consumada, para que tome conciencia de que nada puede seguir igual.

Este espectáculo vanguardista cerraba este sábado la XXX Muestra Nacional de Teatro Espiga de Oro de Azuqueca, lamentablemente ante apenas medio centenar de espectadores –asistió el alcalde azudense, Pablo Bellido–, mucho menos público del que merece esta propuesta que fue estrenada en el Festival Alt de Vigo, que había pasado por el Festival Fringe en el Matadero de Madrid y que ha girado hasta ahora más por el extranjero, incluyendo países tan lejanos como Canadá y Corea, más que por España.

El montaje ha respondido al espíritu de esta edición del festival azudense, con calidad y variedad: tras el exitazo musical de ‘Pagagnini’ con Ara Malikian, la obra de formato tradicional ‘Las rameras de Shakespeare’ y el monólogo político de Alberto San Juan, este fin de semana tocaba el turno del teatro de vanguardia. Lo hacía, además, reservando participación para el dramaturgo azudense Andrés Beladíez, que firma (y actúa) con la artista alemana Karla Kracht.

Un relato inquietante

Es difícil definir ‘Zoomwooz’, una producción que mezcla géneros como cine en directo, juegos de luces y sombras y poesía en un relato fundamentalmente sensorial, confuso e impactante, durante más de media hora.

La originalidad de esta performance basada en cine en vivo pasa por que ante una gran pantalla el espectador observa aumentado lo que Beladíez y Kracht filman con una videocámara que enfoca (en modo zoom) unas maquetas donde hay criaturas humanas y extraterrestres, además de otras figuras en miniautura, algunas de ellas a modo de recortables de elaboración doméstica.

El juego entre estos detalles de creación artesanal y el resultado vanguardista, de factura industrial, resulta sorprendente. A menudo la sensación que asalta es la de estar asistiendo a un escenario de videojuego a gran escala. Siempre hay sensación de moverse a través de un mundo claustrofóbico y deshumanizado.

Fotos: R.M.

Lo primero que ve el espectador al sentarse en su butaca es la gran pantalla con el mensaje de “loading universe”… el Universo se está cargando y, cuando ya está listo, es momento de desencadenar los acontecimientos. Lo único que se aprecia en los primeros compases es la pantalla ‘pixelada’ (con la típica nieve del canal mal sintonizado) y una voz en off, que reflexiona con crudo lirismo sobre la desolación y el desastre del mundo.

A partir de ahí, la mirada del espectador queda sobrecogida por juegos de planos, espasmódicos movimientos de cámara, figuras a contraluz, efectos sonoros... La mirada se cuela en una ciudad de enormes edificios y entra en las calles donde todo parece impersonal. Unos pasos apresurados avanzan entre las claustrofóbicas ruinas de una ciudad que pareciera escenario de una catástrofe. Salen al encuentro, pese a todo, algunos rastros de vida, signos inquietantes en medio de tanto producto humano inanimado: un corazón, un dibujo de una niña, algunos seres de formas extraterrestres…

Hay una confusión futurista entre un mundo que tan pronto pareciera ruina del pasado como escenario de un futuro a medio construir. Luego hay alusiones a una catarata de episodios de nuestra historia reciente, algunos famosos cortes en castellano (como el parte que puso fin a la Guerra Civil o Tejero en el Congreso el 23-F) y otros en inglés… sucesos contestados a continuación por protestas ciudadanas: el zoom enfoca decenas de pancartas, una montonera de mensajes individuales que juntos conforman un discurso coral de insatisfacción con el poder, de indignación con el orden (o desorden) establecido.

Consumismo desaforado

Hay también en otro momento una feroz crítica al consumismo en un logradísimo bombardeo audiovisual de iconos y mensajes publicitarios y de sonidos esquizofrénicos que parecen dictar lo que hay que comprar, lo que hay que pensar… más tarde, la sombra del planeta se aleja y vuelve en medio de un espacio oscuro, infinito y silencioso… hasta que, por fin, la pantalla se llena de nuevo con la dulzura de un dibujo infantil de la cara de una niña que sonríe y sostiene una flor. Esta vez no se aplica el zoom, porque el plano se abre: al fondo de lo que pareciera un jardín o un patio se observan más artefactos de un escenario tecnológico, otra vez esa especie de mundo de videojuego de marcianitos en el que a veces aparecen las criaturas enfocadas por la cámara. Y de hecho llega volando un platillo volante, se detiene en el aire y lanza un haz de luz que mustia la flor de manera fulminante.

La pantalla se oscurece y, de nuevo, la voz en off de Beladíez apela al espectador con una razón poética y firme. Hemos visto de cerca una colmena de almas desesperadas clamando por su trozo de nada. Ahora, ¿a qué esperamos para saltar del sofá, para actuar, para reaccionar?

El mensaje es explícito. Lo que uno no acaba de saber es si la propuesta a la que ha asistido ha sido un aviso para navegantes –en ese caso el universo que se cargaba era un juego de lo que estaría por llegar– o si más bien retrata unos hechos consumados, caso en el que el desastre vivido nos obliga a formatear nuestro mundo (nuestras mentes) para dar una forma nueva cuando se inicie la próxima recarga. El resultado, en todo caso, es el mismo: urge un cambio.

La propuesta, que permanentemente expone ante la mirada sobrecogida del espectador un juego entre lo virtual y lo real, apela también a lo sensorial para despertar a su vez lo racional… El juego de espejos que configuran el mundo material que enfoca la cámara entre tinieblas y el mundo que surge agrandado en la pantalla es también el mismo juego que contiene el propio título del montaje: porque las letras de ‘zoomwooz’ al reflejarse en un espejo devuelven la misma palabra. Es este otro detalle que refuerza, si se permite seguir con los dobles significados, el componente ‘reflexivo’ de esta propuesta.