Rebelión en el teatro

El actor Alberto San Juan interpretó durante dos horas ‘Autorretrato de un joven capitalista español’, una crítica feroz al sistema con numerosos recursos escénicos y un mensaje subversivo. • La tercera jornada de la Espiga de Oro vuelve a registrar un lleno en la Casa de la Cultura.


‘Autorretrato de un joven capitalista’ es, más bien, una reflexión sin pelos en la lengua que podría titularse ‘retrato de una joven democracia capitalista’, porque es el país, y no el propio actor, el objeto de una disección a tumba abierta. Hay durante dos horas una demoledora perorata antisistema que no deja títere con cabeza y que combina el sano humor de San Juan sobre sí mismo con una ironía despiadada e indiscriminada contra los amos del mundo y sus secuaces, aquellos responsables de crear las ficciones que han mantenido a la población sumida en un espejismo de democracia y prosperidad.

El conocido actor llevó al escenario de la Casa de la Cultura de Azuqueca su monólogo político, que está girando con la red teatral de la Junta, para la tercera jornada de la XXX Muestra Nacional de Teatro Espiga de Oro, una vez más con un lleno prácticamente total en el patio de butacas, unos 300 espectadores. Hubo rebelión sobre las tablas, que el artista pidió que se prolongase en las tertulias domésticas, en los cafés y en las plazas.

Lo de Alberto San Juan podría resultar un mitin, o una sesuda conferencia política, o una lección de ateneo obrero, si no fuese porque el actor de Animalario tira de algunas experiencias personales y busca, sobre todo, recursos escénicos para relajar la tensión o la densidad de algunos pasajes, casi siempre con humor. Respalda algunos argumentos con la lectura textual de libros que lleva en una maleta, se marca un baile frenético que le deja tan aturdido como la crisis financiera, juega con el trasiego de papeles desordenados del supuesto guión del monólogo y se remanga la pernera para bromear con que sus pantorrillas parecen más bien exvotos. Consigue, así, relajar la carga bronca del discurso.

Teatro relajado, mensaje directo

“Es teatro relajado, nuevas técnicas que vienen de Suecia”, ironizó al animar al público a interrumpirle para discrepar “mientras se respete el límite de la agresión física”. Y alguna puntualización hubo a lo largo del espectáculo, por cierto. Bajo la aparente sencillez de un discurso muy directo dirigido al respetable existe un entregado trabajo actoral y un mensaje incómodo, bien hilado y documentado, seguramente discutible en algunas aseveraciones, pero desde luego transgresor y, opinamos, necesario dadas las circunstancias.

Tiene tres claras fases el monólogo. Una introducción en la que San Juan se presenta como quien es: un conocido actor que ha pasado del éxito al ostracismo a causa de su identificación política. Es uno de los que se ha significado. Ya no le llaman para hacer papelones taquilleros en el cine, su compañía de teatro se viene a pique y él ya no tiene un puñado de muchachas rondando. ¿Tiene todo esto algo que ver no sólo con la crisis económica, sino también con el rey o con Felipe González? Se dispone a convencernos de que sí.

El segundo bloque, el más extenso, lo conforma la reflexión teatralizada, con repasos históricos que se remontan a la dictadura (“toda Europa fue ‘desfastizada’ menos España y Portugal”), la Revolución de los Claveles lusa, la potenciación de una socialdemocracia desaparecida en el movimiento antifranquista en detrimento de la izquierda revolucionaria, el triunfo del 23-F (es decir, de la figura del rey y del capitalismo)… Seguramente no sea toda la verdad, pero sí una parte importante de la verdad escatimada tantas veces.

Las apelaciones a la reacción crecen conforme avanza el espectáculo. Arremete contra la banca, contra la clase política y contra los medios de comunicación, que conforman planos diferentes de un poder interconectado: “roban a través de las leyes”, criticó. “Son criminales”. Y fue respondido con aplausos entre el público.

Tras denunciar el uso indiscriminado del miedo y la ignorancia como armas para mantener a la ciudadanía amordazada, San Juan se lanzó a la reflexión final, más poética pero, en realidad, menos profunda. Insufló cierto ánimo a la tropa, remató con versos de Jaime Gil de Biedma e invitó a todos a divulgar las alternativas, que existen: “Que lo diga quien lo sepa”. Había completado dos horas de monólogo, posiblemente interminables si entre el público se hubiera colado algún adepto al régimen, pero contundentes para todo ese público que, en cambio, respondió al final con gritos de la consigna indignada: “Sí se puede”.

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