Todas (y todos) fingen

Arden Producciones reflexionó sobre las mentiras en ‘Las rameras de Shakespeare’, en la segunda jornada de la XXX Muestra Nacional de Teatro Espiga de Oro de Azuqueca. • La compañía valenciana propone un planteamiento original disfrazado de cuento histórico, que pierde fuelle en el segundo acto.  Magnífica puesta en escena y gran trabajo actoral, que fue seguido por un auditorio prácticamente repleto.


Actores y putas rivalizan como oficios más antiguos del mundo y como aquellos en los que el arte de fingir se hace más imprescindible. Tal vez las prostitutas ostenten ambos títulos con más razón: en su caso, incluso la pasión es simulada. La idea, que no es nueva, sí sirve como pretexto para plantear un juego muy interesante sobre el escenario, convertido precisamente en burdel, y para reflexionar sobre verdades y mentiras en tres planos de la vida: ¿y si a unas prostitutas se las propone que interpreten los papeles femeninos de las obras de Shakespeare? ¿Y si detrás de esta propuesta de puro divertimento está en juego la historia de Gran Bretaña?

Es lo que hace la compañía valenciana Arden Producciones en ‘Las rameras de Shakespeare’, la obra que protagonizó este sábado la segunda jornada de la XXX Muestra Nacional de Teatro Espiga de Oro de Azuqueca, con el 90% de las butacas de la Casa de la Cultura ocupadas, cerca de 300 espectadores.

Con una puesta en escena magnífica (manejan con verdadero arte el decorado y los vestuarios, pero también la disposición de los personajes sobre las tablas o las transiciones musicales), disfrazan de cuento, con trovador incluido, el relato de una pequeña historia que bien merecería, añade el presentador, unos renglones en las enciclopedias de la mayúscula Historia.

Tres actos desiguales

El primer acto se hace cargo, con mucho acierto, del dibujo de los personajes y el planteamiento de la situación. Dos años después de la muerte de Shakespeare, cuando en el reino está prohibido que las mujeres se suban a los escenarios, un lord acude a un burdel para encargar a unas prostitutas que aprendan e interpreten los papeles femeninos de las obras del excelente dramaturgo británico. Como podrá observarse, el asunto resulta un desastre. Sin embargo, el generoso desembolso prometido y el interés del noble por escuchar los versos en los labios de una mujer (y no de actores amanerados, como ocurre en los teatros de la época) permiten que todos sigan interesados en que la empresa salga adelante.

La trama, muy prometedora, se estanca en cambio en el segundo acto, cuando la situación original apenas evoluciona. Hay golpes cómicos interesantes, alguna escena de mayor intensidad dramática (como la conversación a solas entre una de las furcias y el noble), pero no hay avances sustanciales. Apenas el personaje de la puta que más lo parece, la que mejores modales presenta también al fingir como la hija menor de rey Lear, sufre una transformación interesante al rebelarse contra la existencia que le ha tocado vivir.

El final se desencadena en el tercer acto de manera abrupta y no del todo convincente, no tanto por el más que notable y equilibrado trabajo actoral de todo el plantel, como por la evolución que el texto impone al personaje del lord. No diremos más para quien no lo haya visto, pero lo cierto es que no acaba de resultar creíble que este noble paralítico, que ahora aparece como otro personaje, siga acudiendo en su nueva condición, de manera clandestina, a este establecimiento llamado La pluma verde.

Pese a todo, el final permite cerrar la ambiciosa reflexión teatral que propone esta compañía valenciana con el interesante juego a tres bandas entre verdad y mentira, ficción y realidad, servilismo y traición… Al final, como en el burdel, como en el teatro y como en la vida misma, todas y todos fingen. 


Fotos: Elena Clemente.