El milagro del amor

Con una revisión quizás más clásica, el Tenorio Mendocino cumplió anoche su 23ª edición. • El tiempo acompañó y ayudó a disfrutar más la representación, que recibió muchos aplausos y se alargó casi cinco horas. • El elenco actoral interpretó notablemente este drama romántico que en Guadalajara se tiñe de mendocino y que este año ha contado con mayor participación. • Hoy, habrá de nuevo otra representación, a las 21 horas en la plaza de la Capilla de Luis de Lucena. Desde las 19 horas, habrá evocación de la Guadalajara del siglo XVI.


El sentimiento se impuso a la razón y el amor verdadero triunfó, de nuevo, anoche en la 23ª edición del Tenorio Mendocino. El tiempo acompañó y permitió que cientos de espectadores –cerca de 700 en la escena del Infantado, en la Quinta de Don Juan- se deleitaran con esta versión que cada año la Asociación Gentes de Guadalajara pone en pie en escenarios naturales –ligados a la familia Mendoza- con un elenco actoral que entre figurantes y personajes protagonistas y secundarios, supera las 150 personas, y que dirige la actriz guadalajareña Abigail Tomey Senso y cuenta en la dirección técnica con Juan Aylagas y Felipe Sanz. 

El drama romántico que José de Zorilla ambientó en la Sevilla de 1545, en los últimos días de reinado de Carlos I, aquí se torna mendocino desde el prólogo con una evocación de la Guadalajara del siglo XVI, donde se ven personajes reconocibles como la princesa de Éboli, el Cardenal González de Mendoza o Felipe II e Isabel de Valois, que contrajeron matrimonio en la ciudad.  

Hubo, en esta 23ª edición del Tenorio Mendocino, una revisión quizás más clásica, que se notó en una doña Inés más desasosegada (se estrenaba en el papel la joven Ana Gutiérrez)  que sufría de amor en silencio y en su interior y un don Juan (Pedro García Chaín, debutante también) contenido, con una risa genial. Los actores Julia Piera y Juan Carlos Naya fueron desgarradores y emotivos en sus roles de espíritu y don Juan II.  

Que corra el vino

En siete escenas, la historia de amor de la novicia a punto de procesar y el galán, ese infierno llamado don Juan, se va gestando y consumiendo. En la Hostería del Laurel comienza todo. Don Juan y Don Luis Mejía se citaron en la taberna, este año regentada por una posadera generosa y pícara (Beatriz Ortega), que se metió en la piel de Butarelli. Los personajes, con antifaces, van apareciendo en escena en la plaza de la Capilla Luis de Lucena, escenario recuperado este año por las obras en el entorno de la Concatedral y mucho más agradecido para el público porque se gana en visibilidad -dada su forma de anfiteatro en las escaleras-. A fin de cuentas, es de lo que se trata.

Buenísima ambientación en la Hostería. En la barra, todos beben vino. Desde la alcahueta Brígida hasta el capitán de los Tercios de Flandes, mientras la madre abadesa mira la escena desde el público, ya vestida. Don Luis Mejía, el actor Jorge Bermejo, de verde y ya con antifaz espera su turno mientras Avellaneda, a su lado, sube los pulgares en señal de que todo está ok. Don Gonzalo, papel que este año estrena el actor Poli Calle, pasea de un lado a otro. El drama de capa y espada, de embozados y galanes, está a punto de comenzar. Cuando Abigail Tomey lanza un haz de luces rojas, la señal, comienza la música y la taberna bulle. 

La declaración de intenciones inicial tiene en el joven Diego Borobia –hijo de uno de los fundadores de esta aventura, Javier Borobia- a uno de sus protagonistas. Son los previos antes de meterse en harina. “Con el vino sano yo marido, con el agua me pongo muy mala” cantan y bailan el grupo de folk ‘Las Colmenas’, también de estreno en el Tenorio Mendocino.

Hay quien templa los nervios bailando esta copla, hay quien prefiere los abrazos y los deseos de ‘mucha mierda’ para que todo salga bien. 

El encuentro entre don Juan y don Luis Mejía se produce, mientras don Gonzalo Ulloa (padre de doña Inés) es testigo del desafío y don Diego (papel interpretado por el actor Carlos Bernal, hoy lo hará José Luis García) se da cuenta del espíritu un tanto ruín que demuestra su hijo ante su falta de escrúpulos con sus conquistas femeninas, 72 en un año frente a las 56 de don Luis. Sólo falta una novicia a punto de procesar. El reto está echado. Pero antes, se riza el rizo. Don Juan intentará –y así se lo hace saber a don Luis- a la prometida de éste, doña Ana de Pantoja. 

La conquista de la novia de otro

La escena de la reja estuvo marcada al inicio por algunos fallos en el sonido cuando la joven María Nieva –dulcemente seductora, tierna ante su amado, un genial don Luis Mejía- se convierte en Ana de Pantoja. Hubo también algunos lapsus de guión perdonables, en el diálogo que mantienen la alcahueta Brígida (eterna Josefina Martínez) con don Juan. No se verá pero a tenor del acuerdo entre éste y la criada de Ana de Pantoja, la prometida de don Luis caerá rendida también a los encantos del protagonista. 

Ambientaron acertadamente José Antonio Alonso y su Grupo (con la colaboración de integrantes de Gaiteros Mirasierra) con una bonita ronda y momentos después, parte de los miembros de la Coral Polifónica de la Esperanza, que se convirtieron en magníficos aldeanos-trovadores cantando 'A la vida, vidita bona, vida, vámonos a chacona', del compositor catalán Juan Arañés -y que Cervantes incluyó en dos de sus Novelas Ejemplares-. Prologar las escenas es un recurso adecuado porque enriquece la obra y porque, fundamentalmente, ayuda al intermedio necesario para la transición entre escenas y personajes. 

En el convento

Aunque el intermedio en el escenario del Claustro del Convento de la Piedad se hizo largo –el ‘Salve Regina’ que cantaron salmódica y dulcemente parte de las integrantes de la Coral Polifónica de la Esperanza-, la espera mereció la pena. Doña Inés, inocente y recatada, titila ante la carta que Brígida le hace llegar a su celda en el convento. La escena, notable, cuenta con un limado papel de la madre abadesa –interpretado por Carmen Niño- y se rubrica con un magnífico “imbécil” que suelta don Gonzalo al ver que su hija ha sido raptada por don Juan. Josefina Martínez es el contrapunto jocoso. Ha labrado sus gestos -muy fotográficos- a través de los años en el Tenorio. Su personaje de alcahueta-celestina un tanto bruja y astuta cae muy simpático. Tremenda, sigue siendo, la escena de las monjas atravesando el Claustro acompañadas únicamente de los cánticos y la luz de las velas. 

La escena que nadie se pierde

Los Tercios de Flandes –en realidad, Grupo de Tambores de la Cofradía de la Pasion del Señor- acompañan el tránsito de público y personajes. El Patio de los Leones es, sin duda, la escena más vista por la capacidad de aforo que tiene el espacio y por ser la más reconocida. Es la escena del diván y del ‘No es verdad ángel de amor…’, que transcurre en la Quinta de don Juan, en Sevilla. El clasicismo vuelve en otro momento álgido: no hay beso desaforado sino casto y puro en la frente. La escena estuvo muy bien desarrollada, con dos personajes que destilaban dulzura. También lo estuvo el duelo de espadas –corto pero bien resuelto- entre don Luis y don Juan. 

Los espíritus

La obra, en su segunda parte, cambia de escenarios y de personajes. Zorrilla la situó cinco años después que los sucesos de la primera parte –que transcurren, en el original, en una sola noche, noche de carnaval-. Las sombras hablan, surge la reflexión entre lo filosófico, lo ético y lo religioso, se idealizan cielo e infierno. Llega la Apoteosis del Amor. 

El actor Juan Carlos Naya –que ha interpretado hasta en tres ocasiones el don Juan joven en su larga trayectoria como profesional- se metió por primera vez en el papel de un don Juan maduro que regresa a Sevilla tras haber estado en Italia, donde huyó tras matar a don Gonzalo y don Luis. Doña Inés –en esta segunda parte, Julia Piera- murió de amor, pero él no lo sabe.

En el panteón de la familia Tenorio, introducen la escena dos personajes. Son Alonso de Covarrubias acompañado de Brianda de Mendoza. Otro recurso nuevo al que se ha recurrido este año y que matiza el guión. A los intermedios musicales se suman introducciones históricas para presentar los edificios. 

En esta magnífica reunión de espíritus, que señalan como pecador a don Juan, se muestra a un galán que se resiste a creer que su amada –ya no lo oculta- esté muerta. Pero la eternidad puede resarcir lo que no se ha conseguido en vida. Las sombras de don Luis Mejía y don Gonzalo intentan remover su mala conciencia. Logran humillarlo pero no lo fulminan. Don Juan ya no es el pícaro que vimos en la primera parte, ni el galán siquiera. Es un hombre que sufre, desasosegado, que quiere demostrar que no es tan malo como su fama pregona. Su encuentro con dos viejos amigos, Capitán Centellas y Avellaneda, termina en una invitación formal a cenar, que hace extensible a los muertos, en especial, al Comendador, Don Gonzalo de Ulloa, el padre de su amada. 

La última cena

El zaguán del Infantado es el escenario de la velada. Como siempre, se queda pequeño para acoger al público que no quiere perderse la penúltima escena del Tenorio Mendocino. Es la última cena y eso lo sabrá don Juan cuando aparezca el espíritu de don Gonzalo y el de doña Inés, que parece no perderle de vista, sabedora de que la muerte de su amado está cerca. Comienza a interceder por él.

De vuelta al jardín del Convento de la Piedad –idóneo nombre para el final de esta historia-, sucede el gran monólogo de don Juan, donde se comienza a despojar de sí mismo. Comienza el viaje hacia la eternidad. Pero no al infierno, como pretende acordar con un apretón de manos don Gonzalo sino al cielo, junto a doña Inés. El sonido de las campanas funerarias cesa y los malos espíritus comienzan a desvanecerse. Doña Inés pide a Dios misericordia y se le es concedida: triunfa el amor eterno. 

Y llegaron los aplausos, la sonrisa apareció en los rostros de figurantes y actores. Los meses de trabajo, la adrenalina que se pierde cuando uno se mete en la piel de otro durante casi cinco horas y lo disfruta, aflora en el instante final de la despedida con el espectador, que ha acompañado a los actores en esta travesía teatral, que es casi un verdadero milagro.

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