El ‘teatro de los obreros’, el último superviviente

El Teatro Moderno es el último que queda en pie en el corazón de la ciudad, donde desde que se levantó el primero, en el siglo XVI, ha habido hasta media docena. • Era el patio de butacas del Ateneo Obrero, que fue expropiado durante la dictadura a sus socios y hoy está cerrado por la Junta, a la espera de una reapertura por parte del Ayuntamiento.  Una conferencia de Juan Pablo Calero rescataba este miércoles la historia de esta infraestructura centenaria.


La piqueta sigue haciendo su trabajo en el antiguo Cine Imperio de la ciudad. Cuando se desplome definitivamente, el Teatro Moderno, a apenas unos pasos de distancia, tendrá el triste honor de ser el único superviviente de una saga de infraestructuras –cines y teatros– que arrancó en el siglo XVI con un corral de comedias y cuya toponimia apenas devuelve el reflejo de unas sombras en el callejero: el teatro de la ciudad donde se encuentra ahora el edificio del Banco de España, el Teatro Liceo –también en el Jardinillo–, el Coliseo Luengo –levantado en el solar del que fuera el primer cine de verano– y, ya en las últimas décadas, también el propio Imperio.

De entre todos estos, el Moderno ha tenido una particularidad, como recordaba este miércoles en una conferencia el historiador Juan Pablo Calero: fue el teatro de los obreros. No sólo comparte todavía hoy edificio con el Ateneo Municipal, sino que perteneció a éste y a sus socios y fue expropiado después de la guerra a sus socios, que habían convertido este teatro en uno de los lugares más dinámicos de la actividad cultural de la clase trabajadora alcarreña. El Moderno es por ello el teatro de los obreros y, además, el último superviviente de su género en el centro de la ciudad.

Un centro de cultura para los trabajadores

El Ateneo Instructivo del Obrero tiene sus orígenes a finales del siglo XIX, aunque había habido iniciativas similares en 1820 y 1834. Un grupo de jóvenes liberales sembró el germen de una actividad que se desenvolvió en forma de tertulias y publicaciones y que tuvo sede física en diferentes emplazamientos, entre ellos el actual instituto Liceo Caracense. Pero será en 1891 cuando nazca el Ateneo Instructivo del Obrero propiamente dicho.

Muchos de sus fundadores formaban parte de la segunda agrupación socialista creada en España, a la par que la primera –en Madrid, con Pablo Iglesias-. Contaban con el apoyo de la burguesía de pensamiento más progresista y con personalidades como Ángel Campos, que llegaría a ser alcalde. Entre sus objetivos primordiales estaban la formación de los trabajadores, su socorro (crearon una suerte de seguros por enfermedad inauditos para la época) y el entretenimiento.

“Con ingenio y energía envidiable”, así como con la financiación derivada de las cuotas, lograron poner en marcha una iniciativa similar a las que por la misma época cunden en otros puntos de España. Se daban clases nocturnas de geografía, geometría, historia o lectura, y los trabajadores de oficios crearon una suerte de escuela de formación profesional con lecciones al acabar las largas jornadas. Hubo una biblioteca que creció a partir de medio millar de ejemplares iniciales. Hubo sala de lectura, y farmacia (más de 2.300 recetas se llegaron a dispensar en un año), y descuentos del 10% en ciertos establecimientos de la ciudad, y un economato para productos de primera necesidad… Incluso un gimnasio. Y, ya en su nueva sede, una cafetería y un teatro. El teatro del Ateneo; más tarde, Cine (y Teatro) Moderno.

Un teatro para los ‘curritos’

Son estos orígenes directamente ligados al Ateneo los que hacen del Moderno “un teatro especial”, como lo califica Calero. Este patio de butacas era un emplazamiento más, aunque de los más importantes, de la amplia oferta de formación cultural y entretenimiento que los obreros se daba a sí mismos a través de su ateneo. Se llegaron a escribir obras para estrenarse en este mismo escenario, la primera de ellas firmada por Manuel Rueda y Vicente Pedromingo, que también sería alcalde. Según los números que traslada el historiador Calero, el ritmo de funciones era muy alto, entre 70 y 80 representaciones anuales.

“En Guadalajara la afición al teatro era inmensa”, rememora este estudioso. Había un sinfín de asociaciones obreras (también deportivas) e incluso un orfeón de la Sección Obrera de Canteros. Y el Moderno, que todavía no tenía este nombre, era el lugar de referencia para este teatro aficionado hecho para y por las gentes de la ciudad.

Pero llegó la guerra y los vencedores obligaron en 1940 a los socios, simpatizantes de la causa republicana, a disolver el Ateneo. La expropiación del edificio lo dejó en manos de la obra educativa del sindicato vertical franquista. Del Ateneo apenas quedó el nombre. Y sus butacas. Se externalizaron dos servicios del antiguo edificio: la cafetería y el teatro, que abriría ya como cine Moderno.

La Transición no fue justa con los antiguos socios, que habían comprado el edificio con su dinero. Un “juego de trileros” hizo que cayese finalmente en manos de las administraciones públicas, sin que fuese devuelto a sus propietarios, uno de los cuales vive todavía hoy, que intentaron recuperarlo por la vía administrativa sin ningún éxito.

Después, el Ateneo Municipal y el Moderno han convivido en los últimos años pared con pared: pero mientras el Ateneo ha decaído como emplazamiento físico y como iniciativa ciudadana, sin que prosperase el proyecto de rehabilitación de la legislatura pasada y su reconversión en sede de la Delegación de Cultura; el otro quedaba renovado hace una década y se había convertido de nuevo en centro de referencia para la ciudad. Lo ha sido hasta su cierre hace más de un año, víctima de las políticas de austeridad de la Consejería de Cultura, que llegó a advertir que no estaba dispuesta a mantener el único teatro de su propiedad que hay en toda la región.

El espíritu del Ateneo

Dos iniciativas ciudadanas de muy diferente duración y modales han devuelto ambos edificios a la agenda pública. En primer lugar, las reivindicaciones de la Asociación de Amigos del Moderno, que lleva más de un año organizando actos reivindicativos de naturaleza artística para reivindicar la apertura del teatro. Por otro, la okupación del Ateneo que llevó a cabo un grupo de jóvenes, autodenominados de izquierda alternativa, en el mes de junio, y que, más allá de consecuencias jurídicas o prácticas (la Junta decidió tapiar las ventanas), llamó la atención sobre el estado del antiguo ateneo obrero.

“Es importante recuperar no ya el edificio, sino el espíritu que tuvo el Ateneo Obrero”, reivindicó, ya en pleno debate tras su conferencia, Juan Manuel Calero. “Es una pena que no queden teatros y cines en esta zona donde hubo tantos”, se lamenta también el cronista oficial de la provincia, Antonio Herrera Casado. “Guadalajara es de las pocas ciudadades de España que no tiene una casa de la cultura”, repite incansable el secretario y portavoz de la Asociación de Amigos del Moderno, Israel Calzado. Hay, en cierto modo, un sentimiento colectivo de pérdida, reavivado con el derribo del cine Imperio.

Ahora, los 420 socios de Amigos del Moderno, que luchan por la reapertura del céntrico teatro, se hacen depositarios de una doble misión: recuperar la herencia cultural del espíritu del Ateneo y del que fuera el teatro más popular de la ciudad (el de los trabajadores, antes de ayer, el de las asociaciones de la ciudad, hasta ayer mismo) y mantener en pie al último superviviente, para que no pase a formar parte, como el Liceo, el Coliseo, el Imperio y tantos otros centros con nombre de leyenda, una foto perdida en los archivos municipales, otro recuerdo sombrío en el recorrido por las calles.


UN CENTRO SEMBRADO DE BUTACAS

Al margen de los multicines que abrieron ya en el último tramo del siglo XX en la zona del bajo Alamín y, de las actuales salas que se mantienen mal que vienen en el centro comercial Ferial Plaza, la historia del cine y de la escena en Guadalajara ha tenido hasta hace muy poco casi absoluta exclusividad en pleno centro de la ciudad. Hasta entrados los años noventa, la oferta de cine se repartía entre el Cine Imperio, el Moderno y el Coliseo Luengo, en un paseo de menos de cinco minutos entre sí. De ellos, sólo el Moderno sigue en pie, que no abierto. Está a la espera de la cesión de la consejería de Cultura al Ayuntamiento, que ha mostrado su interés por volver a reactivar su actividad.

Antes, en cambio, ha habido media docena de infraestructuras fijas. Dejando al margen iniciativas menores como el salón de variedades de la plaza de Marlasca, las proyecciones en el propio salón de actos del Infantado (ya en los ochenta) o la actividad cultural muy anterior del Casino o de otros ateneos, como el científico, ha habido varios lugares de referencia que repasamos con ayuda del cronista oficial de la provincia, Antonio Herrera Casado, y los apuntes del experto José Antonio Ruiz Rojo en su estudio '.

  • Corral de Comedias. Estuvo activo en los siglos XVI y XVII y se ubicaba en el antiguo hospital de San Juan de Dios, a mitad de recorrido de la calle San Juan de Dios. Fue la primera iniciativa teatral de la que da cuenta la memoria histórica: ha sido estudiado a fondo por el jefe de Patrimonio del Ayuntamiento e historiador, Pedro J. Pradillo.
  • Ya en el siglo XVIII, toma el testigo el Teatro Principal de la Ciudad que se ubicaba en el actual edificio del Banco de España, en la plaza del Jardinillo, a apenas cien metros del Imperio y el Moderno. Sucedió en esta ubicación a la antigua iglesia de San Nicolás y como teatro estuvo activo hasta los años treinta del siglo pasado, por lo que era el contrapunto al teatro del Ateneo Obrero: sus precios eran prohibitivos para muchos trabajadores humildes: una entrada podía valer más incluso de un jornal, como ha recordado Calero. En estas instalaciones tuvo lugar, por cierto, la primera proyección cinematográfica de la historia en Guadalajara, según indica el experto José Antonio Ruiz Rojo en ‘El cinematógrafo en Guadalajara: 1897’.
  •  Teatro Liceo. Prolongó su actividad hasta los años setenta del pasado siglo y todavía es recordado por los guadalajareños de mediana y mayor edad. También era lugar de proyección de cine e incluso escenario para representaciones escolares, hasta su venta para ubicar la actual sucursal del BBVA.
  • Cine España. Fue la denominación que se dio al primer cine de verano que hubo en la ciudad, antes de que en los ochenta y noventa se pasasen las proyecciones al Auditorio Municipal de la zona del Ferial. En esta ocasión se ubicaba junto al colegio Sagrado Corazón y era un solar al aire libre donde se proyectaban películas. 
  • Coliseo Luengo. Era, como los anteriores, de iniciativa privada. Precisamente la familia Luengo, última propietaria del Teatro Liceo, decidió cambiar el emplazamiento de la infraestructura cuando vendió el edificio a la entidad bancaria y abrió este angosto patio de butacas a finales de los sesenta, que estuvo activo hasta finales de los noventa, en el mismo solar donde se proyectaban las sesiones al aire libre de verano del Cine España.
  • Cine Imperio. De iniciativa privada también, llamado originalmente Novelty y ubicado en el mismo recinto amurallado de la iglesia de San Nicolás, está separado apenas por un pequeño callejón de la entrada para actores dell Moderno. Llevaba camino de una trayectoria casi centenaria que quedó truncada con la apertura de los Multicines del Alamín. Había sido abierto en 1911, remodelado dos décadas después y ha ofrecido sesiones de cine a varias generaciones de guadalajareños hasta su cierre en 1995. En estos días está siendo objeto de trabajos de demolición, con la retirada del edificio de uralita y la decisión salomónica para un edificio que ha estado muy afectado por desperfectos y hundimientos en el tejado, según ha asegurado el alcalde, Antonio Román, en referencia a los informes técnicos. 

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