Una ‘relaxing cup’ de monólogos solidarios

Leo Harlem y Dani Delacámara llenaron el Buero Vallejo con su espectáculo de monólogos ‘Cómicos2013’, con recaudación a beneficio de Nipace. • Durante más de dos horas combinaron un monólogo largo cada uno y un bloque final de chistes.  Delacámara destacó por la brillantez de sus imitaciones al servicio de un soliloquio bien armado sobre la educación de la generación de quines andan por la treintena.  Leo Harlem firmó una de sus habituales actuaciones con una verborrea atropellada pero afilada sobre sus viajes por el mundo.


Viajar abre la mente y estira el ingenio. Al menos en el caso del cómico Leo Harlem, monologuista de moda por derecho propio que ayer llenó el patio de butacas del Buero Vallejo en su gira con Dani Delacámara en su espectáculo ‘Cómicos 2013’, donde reflexionan sobre la crisis, los españoles modernos, los estereotipos regionales e internacionales y mil asuntos más de la vida cotidiana. Lo hicieron además poniendo la recaudación a beneficio de la Fundación Nipace, para colaborar con las familias de niños con parálisis cerebral.

Lo suyo fue una prueba más de que se puede doblar al personal de la risa sin necesidad de resultar soez, simplemente encontrando la chispa adecuada para reírnos de cómo somos. Porque eso mismo fueron estos monólogos: los españoles vistos por los españoles, a veces en contraste con los otros, otras con la perspectiva del tiempo transcurrido.

Los viajes de Leo Harlem

El viaje fue, de hecho, el hilo conductor del monólogo de Harlem, el segundo en saltar a escena, felicitando las fiestas de la Virgen de la Antigua, cuya devoción, bromeó, “viene de lejos”. Durante una hora ofreció algunos ingenios que ya había revelado en televisión (como su viaje a Egipto o los ‘gin club’), pero combinado con contenidos nuevos, algo que sin duda agradecen precisamente esa legión de fieles que casi se sabe de memoria los monólogos colgados en Internet por este golfo confeso que dice haber salido más noches que el camión de la basura.

Tiene el pucelano el gracejo del paisano más dicharachero de la barra del bar de siempre y cuenta las cosas con esa lógica aplastante con la que se carga de razón el castizo de toda la vida entre vino y vino. Es el suyo un anecdotario interminable para amenizar una quedada sin prisas para tomar un vermú o un café de sobremesa. O una ‘relaxing cup’ de café con leche, en la ya célebre expresión de Ana Botella que tampoco estos monologuistas dejaron de traer a cuento ante las risas garantizadas del público.

Leo Harlem no deja títere con cabeza. Todo lo que se salga del estereotipo del español medio de toda la vida es objeto de su mordaz visión de las cosas. Ataca igual las moderneces de los jóvenes metrosexuales y las modas del pádel y el golf, hechas para “los moñas”, que a quienes han desvirtuado la ría industrial de Bilbao para rehabilitarla e instalar un museo ultramoderno con un enorme oso de flores de colores en la puerta. Este famoso personaje conocido por el Club de la Comedia (aunque dice haber triunfado en todo tipo de clubes, sobre todo nocturnos) no oculta su inclinación por las cosas de toda la vida como una tortilla de patatas o una buena siesta.

Viajar le sirve a Leo Harlem para derribar estereotipos (los aragoneses no son testarudos, sino que siempre tienen razón) y para juzgar con propiedad los defectos que hay en cada lugar, como en Madrid, donde se vive bien pero hay un serio problema de higiene en el Metro.

Delacámara, grata sorpresa

Lo admitía con humor, no puede ser de otro modo, Dani Delacámara: el público había ido a ver a Leo Harlem, al que él mismo presentó con elogios tan serios como cómicos. Sin embargo, Delacámara no es un telonero de segunda categoría, sino una mitad muy digna del espectáculo con un repertorio divertidísimo que combina brillantes imitaciones de personajes populares con reflexiones muy agudas sobre la sociedad en que vivimos.

Fue Delacámara el primero en saltar a escena. Ironizó con los contenidos de los telediarios y muy pronto entró de lleno con asuntos que, pese a recurrentes, fueron tratados con un estilo propio: así, demostró como no hace tanto los españoles llegábamos al banco a pedir un crédito como si fuésemos Robert de Niro ante un director de la sucursal que se parecería en cambio a José Luis López Vázquez. Al poco de empeazar, lanzó una aguada teoría: “Si todo el que se ha llevado algo en este país lo devolviera, tendríamos que rescatar nosotros a Alemania; y a Grecia, a tocateja”.

En su intervención de una hora imitó a Carla Bruni, Rocky, un cantante cualquiera de fados, Punset… pero siempre como una herramienta más para una reflexión muy bien perfilada sobre la forma en que ha sido educada la generación ya ha cumplido al menos los 30 años. Un planteamiento que le dio pie a hablar de la educación familiar o en la escuela para demostrar que saldremos de esta crisis porque “somos más fuertes” precisamente por la dura formación que habríamos recibido de niños: “fuimos educados en el acojone”. Al final, pidió al público que al menos recordase una única frase de todo el soliloquio: “Lo que no puede hacer la crisis es quitarnos las ganas de vivir”.

Culminación codo con codo

Los dos artistas saltaron a escena juntos en un tercer y último asalto en el que, al modo de los bises de un concierto, ofrecieron una descarga de chistes, llevando la duración del espectáculo por encima de las dos horas. Las intervenciones de Delacámara fueron chistes contados con la voz que imitaba a Jesulín de Ubrique, Boris Izaguirre, la duquesa de Alba y el expresidente Aznar, en este caso alcanzando momentos delirantes que hicieron reír al propio Delacámara y a Harlem, que le observaba divertido a su lado.

El más veterano, por su parte, contó otros cuatro chistes, uno de ellos tan simplón que requirió una excusa: “Este era para los niños… aunque a mí me gusta”, reconoció.

La despedida fue para alabar el trabajo que realiza la Fundación Nipace y para agradecer al público su implicación con la causa a través de la entrada para el espectáculo. Agradable esfuerzo el del respetable, que disfrutó de dos tipos con un tremendo sentido del humor que hicieron un retrato ameno de lo que somos. O, dicho de otra forma, nos invitaron a reírnos de nuestra propia sombra. Eso mismo es lo que ha hecho Ana Botella ante la mofa nacional del ‘relaxing cup’: tomarse un café con los periodistas y tomárselo con (buen) humor. Relajando, que bastante tenemos encima.