¡Pero qué vidas más perras!

Joglars interpretó su versión del ‘Coloquio de los perros’ de Cervantes en un Buero Vallejo con media entrada. • El público dedicó una prolongada ovación al final de una función con unas estupendas interpretaciones y un libreto desigual que propone una reflexión sobre la sumisión y el miedo a la libertad.


¿Qué vida es más perra, la de los perros o la nuestra? Para saberlo, habría que preguntárselo a los canes. Pero, además, tendrían que poder responder. Y eso es lo que hace ya cuatro siglos ingenió el por algo llamado príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes, en su relato ‘El coloquio de los perros’, que ha inspirado la tercera adaptación libre de un texto de Cervantes por parte los míticos Joglars. Una obra en la que las interpretaciones –no por esperable resultan menos sorprendentes– dejan un estupendo brillo en la retina del espectador. 

Ramón Fonserè, que por vez primera dirige a la compañía catalana –en una producción con la Compañía Nacional de Teatro Clásico–, encarna a Cipión, un perro inseparable de su compañera Berganza (Pilar Sáenz), que Joglars convierte en perra en su adaptación. Ambos han obtenido por una noche la capacidad de expresarse con lenguaje humano, y relatan así su vida al cuidador de la perrera, Manolo. Durante casi hora y media rememoran sus diferentes andaduras: cachorros de una familia que los trataba como a niños, perros pastores, canes salvajes, perros policías o acompañantes de un artista callejero, hasta deambular por la autovía y acabar en la perrera. 

La remembranza de esta vida perruna traslada a la escena, en una obra de acto único, diferentes episodios en los que el público asiste al desfile de un bestiario humano de rigurosa actualidad –con las máscaras de la comedia dell’arte– que hace pensar que, en realidad, son más perros los hombres que los perros. Y que, además, llevan una vida más perra.

Fenomenales interpretaciones

Los espectadores dedicaron una prolongada ovación a los Joglars tras una función que mostró un tempo narrativo muy medido, una puesta en escena sobria que pese a ello permite desfilar por el escenario un carrusel de historias y personajes, y unas interpretaciones geniales. Con muy poco, hacen mucho. Sin apenas decorado, centrando la escena en unos metros cuadrados en torno a un cajón de madera y con sólo cinco actores, Joglars despliega un universo desbordante, muestra de las muchas tablas que tienen pegadas a las suelas de sus zapatos.

Son brillantes las interpretaciones de Fonserè y Pilar Sáenz, que trasladan a escena los rasgos reconocibles de los perros (fenomenales las transformaciones al principio y final de obtener el don del habla) y, además, dotan a sus personajes de carácter propio. Pero también sobresalen Dolors Tuneu y Xavi Sais, que desarrollan decenas de personajes de muy variopinta procedencia, figura y acento. Entre sus muchos momentos notables, tienen una divertida y plástica simulación de un accidente de tráfico.

Un texto flojo

No se puede decir lo mismo del libreto, sin duda lejos de otras piezas firmadas por Joglars, entre ellas las también cervantinas ‘Don Quijote en Manhattan’ y ‘El retablo de las maravillas’. Fenomenal cuando se ajusta al espíritu de la ‘novela ejemplar’ del manco de Lepanto; delirante en algunos pasajes como los recitales de Santa Teresa (una de las reencarnaciones de la perra Berganza) o el concurso de belleza canina; desafina en cambio cuando introduce chistes fáciles para justificar una innecesaria actualidad en la ambientación de la historia, con alusiones a la sanidad, el 21% del IVA o Fukushima. 

 

Fotos: R.M. 

Resulta especialmente decepcionante el último pasaje, con una acentuada denuncia a los grupos animalistas que rompe el tono bien sostenido del resto de la obra, introduce elementos poco creíbles como el encuentro entre el cuidador de la perrera y su hijo y cierra con un grito que pretende ser una rebeldía de proporciones metafísicas, pero al que le habría sentado mejor un ingenio surrealista que un exabrupto como el que suelta: “Gi-li-po-llaaaaas”.

Se nos ocurre además que al despegar con tanta particularidad la versión del original, podría haber dado para mucho más la reflexión sobre el miedo a la libertad y la sumisión a los amos, precisamente en estos tiempos que corren. Sobran motivos de inspiración. Que la mayor condena de la obra lo sea para un grupo de defensores de los animales o unas viejas pijas que suplen su existencia superficial con el cuidado de sus mascotas, resulta revelador de la pérdida de mordiente en una compañía que siempre sorprendió por su transgresión y que ahora apenas dispara flechas de sátira al aire.

Mitad de espectadores

Por último, una reflexión: ¿Dónde está el público amante del buen teatro? Algo pasa en Guadalajara cuando ni siquiera los Joglars, una de las compañías más importantes del teatro español de las últimas décadas, consiguen acercarse al lleno en el Buero. El público alcarreño apuesta por Lolita y Paz Padilla, que sí venden las mil localidades con ‘Sofocos’, pero deja numerosas lagunas en el patio ante obras (creemos humildemente) de mucha mayor calidad. Ha ocurrido un puñado de veces esta temporada. Una auténtica pena.

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