¿Quién se ha meado en el escenario?

Unos 200 espectadores asistieron al segundo espectáculo de ATAquilla, con Malaje Sólo en '¿Cuándo se come aquí ?(101)'. • Un monólogo sin más pretensiones que arrancar carcajadas buscó la complicidad del público y acudió a menudo a un humor escatológico. La compañía mezlcó ocurrencias, onomatopeyas y una puesta en escena futbolera en una función con originales prolegómenos y remate final.


Nada más ingresar en el escenario, donde se sitúa el patio de butacas del ciclo ATAquilla, una voz reconocible recibe al recién llegado: cómo se preparan las patatas, cómo se hace una mayonesa o cuánto tiempo debemos hornear la pieza... Es la voz inconfundible del concinero Karlos Arguiñano, que desgrana una receta durante los prolegómenos de '¿Cuándo se come aquí? (101)?' Aunque la obra, a decir verdad, prestará más atención al desenlace de los procesos digestivos.

Si el recibimiento es atípico, lo es más el conjunto de una función que huye de cualquier estereotipo: Arguiñano sigue hablando y el espectador se divierte con el programa de mano, donde la compañía le asalta con ingeniosas preguntas: "¿Por qué Drácula veranea siempre en el Mar Rojo?" o "Un tonto delante de un libro es un simple pretexto?" Y entonces, todavía con el murmullo habitual de antes de que se apaguen los focos, los actores salen al escenario y, sin apagar las luces, ofrecen unos consejos y algunos artefactos a los espectadores para evitar que si se mean de risa tengan que ir al baño y perderse parte de la función...

Pasado este preludio, cuando por fin parecen a punto de meterse en harina, el actor que lleva el peso de lo que en realidad es un monólogo, José Antonio Aguilar, aprovecha para promocionar una novela cuyas páginas están en blanco: defiende de forma convincente los beneficios de que no haya ninguna palabra escrita.

El "magnánime espectáculo"

Y parece que sí, que al fin arranca el "magnánime espectáculo" propiamente dicho, con unas originales imitaciones del bestiario particular (águilas, moscas o galletas). Pero en seguida habrá una nueva interrupción para departir con el respetable. Así sucederá durante más de una hora, en que el soliloquio es lo de menos, en un ejercicio de variedades teatrales que buscan la complicidad del espectador, incluso su implicación activa, y que apelan a los más elementales instintos, sin hacer ascos a la escatología... Un frenético intercambio de chistes que acaban en una delirante apoteosis con ovación deportiva tras un libre directo afortunado y que, entre tanto, tienen en un número de revista musical de Lina Morgan con lencería fina por parte del hasta entonces discreto compañero, Antonio Blanco, uno de los arranques más divertidos.

La función es una locura en toda regla que en la que Malaje Sólo no tiene más pretensión que reírse hasta de su sombra, lanzar alguna mirada irónica sobre el ego henchido de los artistas y dar unos minutos de gloria a ese humor relegado generalmente a las alcantarillas. En su verborrea incontenible Aguilar da paso a pelos de coño, ojetes y orines, con lo que en el tramo final se convierte sin tapujos en un sainete a lo "pedo, culo, pis y caca".

Apoteosis final

El final, con el público bien adiestrado para la última apoteosis, resulta de lo más delirante... El aplauso sincero y el fingido se compenetran en un desenlace a tono con el resto de la obra. Y como si el espectáculo, que empezó antes de empezar, no quisiera poner jamás el punto y final, el público se encuentra de camino a la salida a los actores, que se empeñaban en prolongar la inmortal fama del artista principal vendiendo el libro con las páginas en blanco y firmando autógrafos con un matasellos.

Fue el propio Aguilar quien confesaba al público que, una vez, sólo le aplaudió la mitad derecha del público. Por azar, los espectadores de aquel teatro de pueblo a los que les gustó la función se habían colocado todos en el mismo lado, mientras que a quienes no les acabó por gustar se habían sentado justo en el lado izquierdo. Posiblemente ayer en el Buero, la proporción fuese la misma, pero esta vez estaban mezclados. Aunque mearse, de risa o no, sólo meó el artista sobre el escenario.