La cueva de Godot

Excéntrica Producciones mostró sobre las tablas del Buero Vallejo una sensacional versión de 'Esperando a Godot' de Samuel Beckett. • Magnífica interpretación de todos los actores que ofrecen un dibujo clown a los personajes para subrayar el patetismo de la existencia, tesis central de la obra. Maravillosa puesta en escena y deliciosa música en directo para un montaje arriesgado.


El día que Zaratustra descendió de su retiro para anunciar a los mortales que Dios había muerto, los seres humanos quedaron desasistidos. Sin brújula. Sin misión. Y sin sentido. Nacemos para nada y sabemos que moriremos sin que haya nada más después. Vivir es esperar un desenlace trágico. La espera es vana, salvo que esperemos algo más. Ese algo más es Godot, que jamás llega. El destino es trágico, la espera puede llegar a resultar cómica y la vida, como confluencia de ambas, resulta patética.

Detrás de los diálogos absurdos de Beckett repercute este demoledor mensaje, heredero del existencialismo filosófico. Siempre fue así, en el austero escenario de 'Esperando a Godot' donde el mundo se convertía en un lugar a la sombra de un único árbol, rodeado de tinieblas (más allá se intuía el foso). El mérito de la obra puesta en escena este viernes en el Buero Vallejo por Excéntrica Producciones, con la dirección de Joan Font (de Comediants), radica en dar una vuelta de tuerca al texto del Nobel irlandés para no sólo no perder la vigencia del mensaje con las payasadas de su versión clown, sino multiplicar la potencialidad de los maravillosos diálogos de Beckett. La apuesta es arriesgada, pero la versión gana. Sobre todo para quien acude a ver de nuevo una obra ya vista y muy representada. El teatro del absurdo se deja llevar muy bien hacia el esperpento.

Con una magnífica terna de actores (baste decir que sólo se puede reprochar que al domador se le despegaba el bigote) que bordan sus papeles (después de vista su versión, no cabe imaginar ahora de otro modo a sus personajes) y con una música deliciosa en directo que interpretan ellos mismos, este circo le sienta muy bien al patetismo de la existencia. Con las butacas esta vez sobre las tablas (en el llamado "escenario teatro"), se agradecía la proximidad a los actores para compartir el magnetismo de un trabajo de mimo en el que cada gesto es un mensaje. Dos momentos delirantes arrancaron las carcajadas: la escena del porteador-esclavo del domador haciendo una "exhibición de pensamiento"; y la visita del mensajero de Godot para mantener una conversación muy singular con los protagonistas. Por cierto, manías o no de este espectador, en esta figura y en otros pasajes de la función no dejaba de ver por momentos a Buster Keaton y otros grandes del cine mudo de toda la vida.

De la ruina a la cueva

La obra arranca ya con toda una declaración de intenciones: tras una introducción musical se hace la luz y aparece un escenario de circo en ruinas, como si la escena de 'Esperando a Godot' permaneciese fija en la posguerra en que fue escrita, pero se desplazase esta vez a un circo que acaba de ser objeto de un bombardeo. El suelo rebosa confetis de la fiesta que se libró ayer. Estamos en el día después de nuestras vidas. En la resaca tras la tormenta. Y el traje del personaje desconcertado que vemos en escena, claramente caracterizado como un payaso, está cubierto de polvo. ¿Cómo, si no, sobrevive uno al desmoronamiento de nuestra civilización?

La poética de la obra y el sello circense permanecen durante más de hora y media que dura esta espera en dos actos. Sobre un escenario redondo, así es el circo, el intercambio ágil de diálogos funciona como un reloj para el texto cumbre del teatro del absurdo, que es esto mismo: la palabra corre veloz pero pierde velocidad porque es un ejercicio de hablar por hablar, no siempre importa lo dicho tanto como lo que no se dice o su propio contrario. El absurdo resulta divertido y la parafernalia peripatética refuerza esta comicidad. A veces hay un abuso de los "efectos circenses", pero hay un respeto absoluto al libreto.

No sólo risas

Aunque, todo sea dicho, en el tramo final al espectador se le congela alguna carcajada. Porque Beckett también expresa su visión descorozanadora con toda la crudeza de la tragedia, cuando dos de sus personajes insisten en que vivir es esto: alumbrar vidas sobre un sepulcro. Rezuma la obra de esa angustia del existencialismo que llevó a Unamuno a vivir trágicamente y a estos dos protagonistas al límite del suicidio con el que especulan de forma patética (una vez más). En 'Esperando a Godot' hay un nihilismo sin antídoto (porque no hay gurú ni guía a la vista) y un pesimismo irremediable que convierte la vida en una payasada mayúscula.

A veces el teatro bien hecho funciona como en la famosa metáfora de la cueva de Platón: el público ve las sombras de la realidad, el reflejo de lo que somos. Son Dido y Gogo, pero somos usted y yo. Es más (y aquí no cabe más que hacer ya una reverencia a Beckett), es toda la humanidad, son el impulsivo Dido (Dioniso, dirían los griegos) y el más reflexivo Gogo (Apolo, que somete los instintos). Volvemos a Nietzsche. El eterno retorno, que está también en la monótona espera de estos hombres sin memoria. Y decíamos que cuando todo esto sucede sobre un mismo escenario en el que identificamos el patetismo de nuestra propia existencia, es porque el teatro ha conseguido una de sus misiones más nobles. Aunque no por noble deja de ser sólo una grandiosa forma de entretener nuestra espera. También nosotros esperamos a Godot. ¿O no?


Galería de imágenes de la función:

Fotos: E.C.