La Andalucía marchita de Lorca

El Buero Vallejo acogió este sábado el montaje de ‘Yerma’ de Miguel Narros, protagonizado por Silvia Marsó. • La función, muy aplaudida, destacó más por la escenografía que por el tono trágico.  La actriz protagonista brilló en los monólogos pero dibujó un personaje fuera del contexto de la Andalucía rural.  Estupendos el texto, el subrayado del simbolismo, las interpretaciones femeninas y las transiciones de escenas.


Lorca en el Buero: dos nombres imprescindibles y una denuncia de la España de las supersticiones. ‘Yerma’, un título también obligado, llegaba este sábado a las tablas del teatro alcarreño bajo la dirección de Miguel Narros, que destaca por sus cuidadas puestas en escena, en un montaje del Centro Dramático Nacional que prometía, según su director, una revisión “al desnudo”. El resultado, al cabo de dos horas de función: casi 800 espectadores concedieron una ovación prolongada y cerrada a unos actores que saludaron visiblemente satisfechos.

La obra, hay que decirlo de inicio, demanda contexto: el de una España marchita que traslada su miseria a las entrañas de la protagonista, que vive la tragedia de su esterilidad, que es la tragedia de una mujer que sólo ha de ser plena si es madre y que, para colmo, se enfrenta a un entorno que castiga como asunto de deshonra un conflicto biológico o, como mucho, de pareja. Era la España rural de los años treinta: la ignorancia alimentaba la injusticia y los cuentos de viejas.

Lorca cumple, por supuesto, pero Lorca también exige. Así que la sensación de haber asistido a un espectáculo pleno no está reñida con algunos matices. Empezando por el asunto más polémico y que más miradas centró: la interpretación de Silvia Marsó como Yerma. Y siguiendo por una puesta en escena estupenda, brillante en el aquelarre (al servicio de la crítica lorquiana a las supersticiones) para una obra que tuvo algunos tintes melodramáticos y cómicos fuera de situación, como ocurrió con el propio retrato de su protagonista. La tragedia de Yerma parece aislada en numerosos momentos de la obra, cuando en realidad es provocada por un entorno que exigiría ser dañino no sólo en la mofa, sino en la censura del comportamiento de la desesperada mujer que quiere ser  madre.

Yerma griega

Es indudable que la elección de la actriz que encarne a Yerma siempre va a estar en tela de juicio. La Emma Bovary española, la Ana Karenina andaluza, interpretada por la mítica actriz fetiche de Lorca, Margarita Xirgu, por otra leyenda viva como Nuria Espert o por una conocidísima Aitana Sánchez Gijón en la versión catódica, tiene el listón muy alto. La presencia de Silvia Marsó en el montaje de Narros gana con el paso de los minutos hasta brillar en el monólogo en que desata la locura por su tragedia personal o en el clímax de la última escena.

Sin embargo, ni Narros ni Marsó logran que Yerma se integre en el contexto rural. En un drama de una Andalucía de campo con guitarras flamencas, la protagonista de esta revisión lorquiana parece una señorita más que una mujer de pueblo casada con un labriego aplicado y tal vez enamorada de un pastor.

 

Parece Yerma una trágica griega que encarna una penitencia abstracta, que brilla por eso mucho más en los monólogos, cuando queda a solas con su infortunio en un escenario apagado. Funciona peor, en cambio, en contacto directo con las lavanderas y cuñadas de riguroso luto. Yerma no se adapta al libreto de Lorca, cuyo drama apunta al corazón del pueblo; y cabe sospechar que no es culpa de la notable expresividad corporal de Marsó, sino del dibujo del personaje en la situación.

Por lo demás, son las interpretaciones femeninas las que más destacan en la obra, apoderándose de la historia: María Álvarez, contrapunto en maternidad, edad y moral a Yerma; y Mona Martínez, que vive de otro modo su locura y la ausencia de hijos. Destaca, en cambio, la poca presencia que da el montaje al personaje del pastor Víctor, que debería tener mucho más peso en el desequilibrio de Yerma y que parece más un figurante.

Lo visto, lo dicho

Maravillosa resulta la puesta en escena, con una escenografía sobria cuando así lo requiere el libreto y de alborozo carnavalesco en una romería devenida en aquelarre que se convierte en una de las mejores escenas. Reseñable es también la expresividad del vestuario al servicio del simbolismo de la obra (el cambio de carácter de Yerma expresado al mudar del blanco al oscuro) y el recurso al agua de lluvia o del río. Narros logra subrayar las metáforas del gran poeta granadino: la tierra árida, la cruz, el toro y el agua siempre como elemento que reclama fertilidad.

En el arte de lo visto colaboran también las transiciones entre escenas, con guitarra flamenca para enraizar el drama en su contexto y música del maestro Morente, con una canción interpretada, por cierto, por la dulce voz de su hija Soleá, la más gitana de las muchachas lavanderas.

Pero gobierna la palabra. Y ni que decir, desde luego, de un texto de una belleza desbordante, cuajado de metáforas desgarradoras y giros preciosistas sólo a la altura del gran poeta que fue Lorca. Sirvan de ejemplo esas palomas sin ojos en que se convierten los pechos anhelantes de leche para el niño que no llega o ese avispero que se ensaña en la nuca para convocar a la locura. Ver ‘Yerma’ es sobre todo esto: atender a la voz del poeta. Porque no hay otro modo de expresar la tragedia que como lo dejó escrito Lorca: otras están “llenas por dentro de flor”; Yerma, en cambio, se siente “inútil como un manojo de espinos”. Lorca, hombre sensible, fue víctima de esa misma España que pensaba con los cojones.


Galería de imágenes de la función:

Fotos: E.C.

 

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