Siglo Futuro anima a “pensar utópicamente”

Una mesa redonda de la Fundación reivindicó este jueves la necesidad de imaginar mundos mejores frente a realidades como el cambio climático, a partir del clásico de Tomás Moro, en su IV centenario. • “Las utopías viven un largo destierro”, afirmó el teólogo Tamayo, mientras su colega María Novo anunció un mundo guiado por “una ciencia con conciencia”.


Soñar que otro mundo es posible es tan viejo como el ser humano. El animal político es también una criatura soñadora, capaz de imaginar un escenario mejor frente a las miserias que le rodean. Hace 400 años y un mes que a estos lugares imaginados un pensador británico, Tomás Moro, los bautizó con el nombre de Utopía, una isla en la que los hombres y mujeres vivían en paz y en armonía, llevados por un espíritu de colaboración y dominados por el interés común.

Hubo otras utopías antes, sin este nombre, y las ha habido después, con desigual influjo y resultado. Y debemos seguir imaginando también otras nuevas… En eso insistió ayer el comité de sabios reunido en el Centro Cultural de Ibercaja por la Fundación Siglo Futuro para estrenar el ciclo ‘Pensamiento y sociedad, ética y política’, ante casi un centenar de espectadores que asistieron a un repaso de acepciones, casos y fracasos de la utopía moderna.

Con el IV centenario de la publicación del clásico de Moro todavía reciente, el foro de debate alcarreño invitó a los asistentes a contagiarse de los valores revitalizantes de una utopía que, según el profesor Juan José Tamayo, vive “horas bajas” y sufre “un largo destierro que dura ya mucho tiempo”. Frente a la razón calculadora de la economía o la razón de Estado que hace trizas el interés común con sus austericidios, la utopía se convierte “en el mejor motor de transformación, más todavía en tiempos de crisis”.

Antes de la defensa encendida que de la utopía hicieron en la mesa redonda el teólogo Tamayo y su colega María Novo, catedrática  Unesco de Educación Ambiental y Desarrollo sostenible de la UNED, intervino el profesor de Ciencias Políticas de la Complutense, Francisco José Martínez Mesa, que sustituyó al académico Raúl Merodo –ausente por enfermedad– para trazar un retrato de Tomás Moro y dar unas pinceladas de su obra.

Martínez Mesa sostuvo que el “humanista inglés y ferviente cristiano” Tomás Moro no sólo puso nombre a las imaginaciones sociales que conocemos como utopías, sino que trazó el paradigma de este género basado en proyectar mejoras sociales, obteniendo desde el principio con su título un gran éxito, así como “una cadena de seguidores y detractores”. Aunque “la trama parece un divertimento”, su obra es “muy seria”, subrayó. En ella contrapone la crudeza de la Inglaterra de su tiempo con el descubrimiento de una isla donde la convivencia es feliz, oponiendo la lógica de la competencia y la naturaleza excluyente de la propiedad privada a la capacidad de la educación para ver al otro como un semejante con el que cooperar, y no como un rival.

Esta “fábula marinera”, como la llamó después Tamayo, ofrece un ejemplo ideal de proyectos políticos que levantan una alternativa ante una realidad frustrante. Frente a lo que expresan algunas acepciones del diccionario, Tamayo subrayó que las utopías pueden hacerse realidad, aunque no sean posibles en el momento de ser formuladas. El ejemplo más claro sería el mundo en el que hoy vivimos, que también fue en su día una utopía imaginada por pensadores y hombres de ciencia, según disertó la profesora Novo.

Así, en su intervención habló de la modernidad en términos del ambicioso intento por hacer realidad el sueño de dominar la naturaleza, “cuyos excesos nos han conducido a una gran crisis ambiental y humana”. Es este “el fracaso de una idea que era interesante”, que ha tenido logros, pero que también ha supuesto enormes retrocesos y que nos instala en una situación de incertidumbre inédita, al no haber tenido en cuenta los límites de la naturaleza, que el ser humano ha considerado algo externo a su propia esencia y cuyo sometimiento ha abordado con modelos duales, mecanicistas y sin alma.

Novo dejó varias reflexiones muy interesantes (“la tecnología crece muy deprisa y la conciencia muy despacio”, dijo al hablar de la falta de ética en el progreso científico y tecnológico), criticó el modo en que “la economía ha tratado de matematizar las relaciones humanas donde hay instintos y emociones que no son matematizables” y abrió una puerta a la esperanza al considerar que se está construyendo una nueva utopía en la que el ser humano vuelve a ser consciente de que es naturaleza. Este nuevo pensamiento anima a la Humanidad a “avanzar hacia una ciencia con conciencia”.

Practicando utopía

La profesora dio el paso al frente y acabó su propia intervención participando en la construcción de la utopía, imaginando un nuevo ser humano que transite “por el camino de la humildad y de la ecodependencia”, donde los individuos “no sólo sean productores y consumidores sino seres nacidos para ser felices, que ríen, aman y sueñan”.

Tamayo se sumó a este espíritu optimista y reivindicó “pensar utópicamente”. Invitó a los asistentes a leer e incluso escribir utopías y distopías, a contagiarse de la formulación de tan buenos propósitos como los de la letra de ‘Imagine’ de John Lennon, que leyó traducida. En su convencimiento de que hay que “rehabilitar la utopía críticamente”, Tamayo soñó ayer con un mundo en el que primen “la solidaridad, la hospitalidad y la acogida de emigrantes y refugiados”. Y se mostró convencido de que hay que seguir el camino iniciado por algunos movimientos sociales como los indignados del 15M, las primaveras árabes o los foros sociales de principios de siglo.

El debate de Siglo Futuro se convirtió así en una firme reivindicación de las utopías y de su capacidad para mover el mundo, aunque sin olvidar los desvaríos, anclaje que ejerció el propio moderador, Jesús de Andrés, al inicio -“una cosa es hablar de utopías y otra cosa es ponerlas en marcha”- y también al final, al reivindicar “la utopía más como referente moral que como ingeniería social”. El director de la UNED en Guadalajara y profesor de Políticas fijó además una de las paradojas a la que se enfrentan los utopistas de nuestros días, que no pasa tanto por inventar “mundos idílicos, sino por ver cómo se soluciona el problema del cambio climático en un tiempo tan corto”.

 

 

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