Por qué el Palacio del Infantado es "universal"

El historiador Pedro José Pradillo, autor de la documentación elaborada para la candidatura del Palacio como Patrimonio Mundial de la Unesco, ofreció este martes una conferencia sobre la historia del edificio, organizada por la Asociación Libros y Más. • Dijo, entre otras cosas, que “hay que seguir llenándolo de cultura y reivindicarlo como un espacio de encuentro de la sociedad guadalajareña”. •  Repasó su historia y las diferentes etapas y reformas de un edificio “singular” que cumple 100 años de su declaración de Monumento Nacional.


El Palacio del Infantado inicia su carrera por ser Patrimonio mundial el mismo año en que cumple 100 años como Monumento Nacional o BIc. No fue siempre su arquitectura ensalzada por los entendidos de la época y sufrió terriblemente en el incendio de la Guerra Civil, pasando después por reconstrucciones que no a todos convencieron, caso del Cronista Provincial Layna Serrano, quien acusaría al V Duque del Infantado de equivocadas directrices en la reforma. La historia demuestra, sin embargo, que su estilo influyó a otros edificios del mundo, en España, Italia, Portugal… la historia de este Palacio es ahora la historia de un sueño. Los guadalajareños tienen en su mano demostrar por qué tiene derecho a ser patrimonio mundial: “hay que seguir llenándolo de cultura y reivindicarlo como un espacio de encuentro de la sociedad guadalajareña”, responde el historiador Pedro José Pradillo,  autor de la conferencia que impartió este martes precisamente en una de las estancias del Palacio, hoy salón de actos. 

El Infantado es el “núcleo que arbitra el movimiento cultural de una ciudad que necesita de espacios como este para encontrarse a sí misma”, añadió Pradillo, que ha redactado la documentación –el Libro Blanco- elaborada para preparar la candidatura a la Unesco.

El Ayuntamiento de Guadalajara solicitó por dos veces esta declaración de patrimonio mundial, pero ha sido ahora, con el beneplácito de la Junta de Comunidades, cuando la carrera de fondo ha dado un paso más. Se ha solicitado, recordó Pradillo, “por la singularidad” de este edificio, “creado por un genio llamado Juan Guas”, que en aquel momento gozaba de su mayor esplendor profesional. Es, sostuvo el historiador, “un edificio paradigmático, ejemplo y modelo de la arquitectura hispánica”, que se importaría allende los mares y que consiguió “conciliar ideas arquitectónicas dispares –de la tradición gótica y andalusí, por ejemplo-. Supone, por tanto, una “confluencia de culturas y la incorporación de las ideas más modernas”. 

1992, el año en que el Palacio 'se hace' ciudadano

Y entre las muchas fechas que en la conferencia se citaron, brilló una: 1992. Aquel año, la ciudadanía tomó conciencia de que el Palacio es de la ciudad. Y se toma como escenario en el Maratón de Cuentos. Acoge desde unos años antes también versos románticos de labios de don Juan y doña Inés y cenas con espíritus en el Tenorio Mendocino. Dos aspectos que Pradillo recalca “fundamentales para la candidatura a la Unesco”: el uso que del Palacio hace la comunidad, para sí misma y las manifestaciones culturales y tradicionales que en entre sus muros se realizan. 

Además del Tenorio y el Maratón, ha acogido Noches en Blanco, conciertos en verano, muestras de fotografía, cine solidario, bodegas en su subsuelo, turistas... Acogió también la historia del Archivo Provincial hasta este año y desde 1973, el arte que se expone en el Museo Provincial, el único inquilino actualmente en Palacio. “Está bajo la tutela del Estado” pero “es nuestra responsabilidad como usuarios no permitir que se esquilme y cuidarlo para las futuras generaciones”, instó Pradillo. 

Un BIC discutido y alabado

Se han cumplido 100 años de su declaración como Bien de Interés Cultural, declaración que consiguió en abril de 1914, después de que un año antes se pidiera el distintivo conjuntamente para el Palacio y la Capilla Luis de Lucena.

El Infantado, recordaba ayer Pradillo, recibió la visita de los arquitectos de la época y hasta “dos centenares lo reconocen como joya arquitectónica universal”. Pero no todos pensaron igual. El historiador ilustrado Antonio Ponz, conocido en su época (siglo XVIII) como ‘el abate Ponz’ llegó a decir que la calidad del Palacio “no merece la pena” y que su gótico era “decadente”. En 1808, Antonio Laborda lo describió igual: “patio monstruoso, mal labrado, sólo apreció los frescos de Rómulo Cincinato. Dijo que lo demás se podía perder”, recordó Pradillo.

El Infantado comenzó a valorarse “como obra singular, con la llegada del romanticismo”, a mediados del siglo XIX. En 1914 fue declarado BIC y en 1917, Elias Tolmo lo “puso en valor” en una “modesta cartilla turística” igualándolo a obras arquitectónicas de Valladolid y Burgos y emparentándolo con el arte manuelino portugués. 

Un Palacio de más de 500 años

La historia del palacio del Infantado está ligada a la de sus primeros inquilinos, los duques del Infantado. Fue la casa principal de la todopoderosa familia de Los Mendoza y fue uno de ellos, don Iñigo López de Mendoza, segundo Duque del Infantado quien mandó construirlo en 1480 al arquitecto Juan Guas. Autores del Quattrocento italiano copiarían ese estilo gótico alcarreño, “un estilo propio de Guas”, que tiene elementos únicos. Las puntas de diamante de su portada, por ejemplo, fueron copiadas en el Palacio de Jabalquinto (c. 1490), en la Casa de los Picos de Segovia (1500), la Casa de las Conchas de Salamanca (1517) o en el Palacio de los Bicos de Lisboa (1523). 

El Palacio aúna “el orden italiano y el dinamismo andalusí” y sus clavos o diamantes no son pura belleza únicamente. Están ahí para “otorgar estabilidad a esa gran cortina que es la fachada. Esta fórmula de trabar la piedra –aparejo de soga y tirón- es única”, ha dicho Pradillo. 

Guas lo diseñó y dirigió su construcción entre 1480 y 1483 siguiendo los cánones del estilo gótico hispano-flamenco. De los elementos de las arquerías del Patio de Honor, conocido como el patio de los Leones, se encargaría el maestro de cantería Egas Cueman. Un patio que también, ha añadido Pradillo, “es heredado de la cultura andalusí. Espacios vacíos pero llenos de contenido”.

Los trabajos de albañilería fueron encargados por Guas al maestro de obras del duque, Lorenzo de Trillo. Él es también responsable de la galería del jardín (1497).

El incendio devastador 

Otra etapa importante en la historia del Palacio, recordada por Pradillo, fue la del devastador incendio que el 6 de diciembre de 1936, durante la Guerra Civil, sufrió el edificio al ser bombardeado. Se quemaron las techumbres, se hundieron sus forjados de madera y se perdió toda la decoración interior. También se bombardearía la fábrica de la Hispano-Suiza. En realidad, esos bombardeos “se utilizaban como propaganda” bélica, para “llamar la atención de los medios extranjeros”, una especie de ‘lucha’ armada donde la superioridad se demostraba con la destrucción del patrimonio. “Todo quedó hecho un auténtico desastre”. Todo menos el diseño original de Juan Guas.  

Fue el arquitecto Aurelio Botella –y así arrancaría una tercera etapa, la de la reforma del V Duque del Infantado- quien “apuntaló” y ayudó a conservar hasta 1939 las salas del Duque –actualmente, sede de las exposiciones temporales del Museo-, cuyos techos pintaría entre 1578 y 1580 por encargo del noble mendocino el artista italiano Rómulo Cincinato. 

Las críticas de Layna al V Duque del Infantado 

El 1 de abril de 1939 termina la guerra. El Palacio todavía conserva sus muros. El doctor Layna Serrano es nombrado presidente provincial de la Comisión de Monumentos, lo que ayudará en la restauración del Palacio, para la que se recurre al Marqués de Lozoya y al arquitecto Iñigo Almech. “De ahí, se produce la visita de Torres Balbás, prestigioso arquitecto que se encargará finalmente de su remodelación.

Layna escribió “una obra fundamental para conocer toda la historia del Palacio”, señaló Pradillo en su conferencia. “Documenta la contratación de todos los alarifes que pasan”. Desde los fontaneros a los operarios que colocaban los zócalos. Pero también dejó escritos artículos donde culparía al V Duque del Infantado de la errónea reforma que, a su juicio, estaba consintiendo. Apertura de huecos sin respeto a lo antiguo, conservación de detalles originales del diseño de Guas, la desaparición de varias salas al construir las escalinatas del zaguán… “Layna dijo que el duque cercenó las piezas originales y que por su culpa se perdieron los frescos, pero no es verdad”, añadió Pradillo.

Layna se enfrentaría hasta “con Ricardo Velázquez Bosco [arquitecto, autor, entre otras obras, del Panteón de la Duquesa de Sevillano en Adoratrices] , que es quien resuelve la fachada del Palacio y la apertura de balcones”, explicó Pradillo, que defiende que las acusaciones de Layna hacia el duque no eran del todo justas, ante la ausencia de pruebas documentales –dibujos, por ejemplo- que lo corroboren. Layna de alguna manera “además de querer manifestar su visión del Infantado” en el fondo, quería influir en los arquitectos sugiriendo su propio diseño.

“La reforma del V Duque fue el complemento final de una obra en gestación”, zanjó Pradillo. “La obra ha evolucionado y eso es también lo que quería hacer el V Duque del Infantado. Su intervención nos pone en la línea de las grandes empresas de Felipe II, como fue San Lorenzo de El Escorial”. 

La restauración de los 60

“La restauración del Infantado no fue del interés de la administración franquista”, hasta 1960. El historiador de arte español José María Azcárate diría unos años antes, en 1951, que lo importante del Palacio “es la galería, elemento singular” y “la decoración de clavos en la fachada” así como la portada, sustentada “en la tradición mudéjar toledana”. Del patio no hizo comentario alguno “porque no pudo pasar”, según Pradillo. 

La última etapa del Palacio fue su restauración en los años sesenta, también discutible y lenta. En el año de inicio de la década, fue cuando “se firmó la escritura de cesión al Estado para que el Ministerio de Educación Nacional lo restaurara y lo convirtiera en un centro cultural, que es lo que es ahora”. Además de foco cultural, es hoy un edificio transformado por sucesivas restauraciones, preso de graves humedades, pero con luz propia y, sin duda, el monumento insignia de la ciudad.

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