“De Galileo se burlaban quienes no miraban por el telescopio”

El doctor en Matemáticas, Fernando Bombal, invitado por Siglo Futuro, trazó este jueves la biografía del genio de Pisa ante una Sala Tragaluz abarrotada. • En su conferencia, valoró su aportación fundacional al método científico y relató una vida enfrentada con obstinación al oscurantismo del poder. • “Fue muy cabezón, no podía renunciar a demostrar a los demás aquello de lo que estaba convencido”.


Galileo Galilei (1564-1642) fue el primer ministro de la ciencia y se enfrentó en su tiempo, con obstinación, a los defensores de toda una cosmovisión que tiró abajo con las formulaciones de sus principios físicos y astronómicos. Lo explicó ayer con generosidad de detalles el matemático Fernando Bombal en su conferencia del ciclo ‘Humanismo, ciencia y retos sociales’ de la Fundación Siglo Futuro, en una abarrotada sala Tragaluz del Teatro Buero Vallejo. Acabó sus días en arresto perpetuo, abjurando de rodillas contra sus afirmaciones -a pesar de estar basadas en la observación y no en la especulación- y tenido por hereje.

“A Galileo le debemos una nueva concepción de la ciencia basada en la combinación de observación, medida y demostración matemática”. Este proyecto, que sentó las bases de la gran revolución científica –no deja de resultar curioso que el mismo año en que él muere, 1642, nace Newton–, supuso en la época una sacudida de enormes proporciones que, más allá del debate teórico, situó a Galileo, el hombre, ante la represión del orden establecido.

Bombal trazó el contexto histórico y teórico en el que emergió el también llamado Genio de Pisa, sin duda el defensor más acérrimo y virtuoso de la visión copernicana basada en el heliocentrismo frente a la concepción asentada y validada por la Iglesia de un mundo estático en el que todo el diseño descansaba en un principio fundamental: La Tierra como punto central del diseño divino.

Con más de setenta años de vida, la figura de Galileo crece en su tiempo como la de un héroe y un villano, con numerosos éxitos científicos y alabanzas frente a procesos inquisitoriales y críticas irracionales: “Muchos de los que se burlaron de él nunca habían mirado ni siquiera por un telescopio”, recordaba ayer Bombal.

En su charla titulada ‘Un hombre contra la oscuridad’, este doctor en Ciencias Matemáticas, catedrático de Análisis Matemático de la Universidad Complutense y miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, ilustró en todo momento con ejemplos y rescató las notas más personales de la biografía de Galileo, contenidas en las cartas que le dirigió una de sus hijas.

“Un cabezón”

A grandes rasgos, se puede resumir toda la trayectoria de este científico pionero, con diferentes puntos vitales en Pisa, Padua y Florencia y bajo el mecenazgo de los Medicis, en su pasión por las matemáticas (vocación que surge al escuchar al matemático Ostilio Ricci, frente a la medicina que su padre quiso que estudiara), el desarrollo personal de la vocación científica casi de forma paralela a la de la propia disciplina y la defensa de los principios de Copérnico como una causa de la que hizo bandera contra viento y marea.

“Fue muy cabezón”, aseguró Bombal: “sólo así se explica que siguiese adelante, cuando habría sido más cómodo quedarse en su puesto de matemático en Toscana, pero no podía resistirse a demostrar a los demás que estaba en lo cierto”. Fue así desde muy joven. Ya hacia 1589, teniendo su primer puesto como profesor, “comienza a fraguarse su fama de rebelde y pendenciero”.

Galileo comenzó experimentando con la Ley de la Caída (con su famoso experimento desde lo alto de la torre), estudió ávidamente a Copérnico, demostró que era “un orador brillante”, se carteó con otro astrónomo eminente de su tiempo (Kepler) y construyó sus propios telescopios al tener noticia del invento, mejorándolo. A partir de este momento su carrera se relanza: realizó observaciones que apuntalaron la arquitectura copernicana del cosmos, cambiando la percepción existente hasta entonces del sistema solar. Encontró las manchas solares, la triple estrella de Saturno, las lunas de Júpiter y las fases de Venus.

Un científico, no un ateo

Galileo escribió el primer libro de astronomía moderna, ‘Sidereus Nuncius’, que ya en su tiempo “tiene un éxito rotundo” y en el que hace públicamente algo difícil de expresar, adherirse a “por vez primera a las tesis copernicanas”. Comienza aquí a fraguarse enemigos, se ve obligado a realizar el primero de varios viajes a Roma siempre para defender su trabajo frente a las críticas y acaba por ser tenido por hereje cuando presenta indicios de que “el Sol se mueve”.

Lo que hoy es una realidad indiscutible entonces era una afirmación tan revolucionaria como sospechosa de herejía: “el sol inmutable de Aristóteles se tambaleaba de nuevo”, recordó Bombal. Definitivamente, y así lo intentaron demostrar sus enemigos, Galileo atentaba contra las Sagradas Escrituras. A pesar de que él consideraba que ciencia y fe no tenían que estar necesariamente enfrentadas. “La Biblia nos enseña cómo se va al cielo, no cómo va el cielo”.

No fue Galileo un ateo que atacó el origen divino del mundo, sino un matemático, físico y astrónomo que intentó demostrar que las cosas funcionaban de un modo muy diferente a como se daban por sentadas. “Galileo piensa que Dios ha hecho el mundo racional” y lo que se propone es “buscar las leyes que rigen cada fenómeno”. En vez de deducir las causas de las cosas de la visión filosófica, extrae del mundo los indicios, configura modelos matemáticos y propone contrastar las posibles leyes encontradas con datos reales.

Y tuvo que pagar caro por ello. Se jugó el pellejo y, aunque no acabó en la hoguera, fue tomado por hereje, repudiado como científico e inhabilitado, aunque siguió jugando siempre en el límite del fuera de juego, como hizo en su famoso ‘Diálogo’, donde intentó escenificar con tres personajes diferentes posturas sobre los planteamientos de la ciencia y la visión religiosa del universo, y que definitivamente supuso el proceso que acabó con el científico arrodillado abjurando de sus tesis y recluido de por vida.

Galileo no dispuso de los instrumentos capaces de completar todo su programa científico y, en realidad, más que teorías irrefutables lo que encontró fueron indicios que apuntaron que el mundo se parecía mucho más a la visión que Copérnico había predicado que a la que se divulgaba desde los púlpitos de las iglesias y en las aulas universitarias, siempre con Aristóteles como referente. Tenía razón: toda la ciencia que se hizo después descansó sobre sus hombros. Desde Galileo, nada volvió a ser igual: ni en el cielo, ni en la tierra.

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