Morirse o “hacer ladrillos con el cogote”

El etnógrafo José Antonio Alonso impartió una conferencia en Sigüenza sobre la cultura funeraria de Guadalajara: “la provincia tiene una historia muy cortita comparada con la tradición funeraria”, dice.• Sociológicamente, algo ha cambiado: “ahora hablamos abiertamente de este tema, que siempre fue tabú”.


El origen de los enterramientos se pierde en la noche de los tiempos. Guadalajara se constituyó como territorio en el año 1833 de la mano de la distribución de Javier de Burgos, por eso, “cuando hablamos cultura funeraria de Guadalajara conviene recordar que la provincia como tal tiene una historia muy cortita comparada con la tradición funeraria”, recuerda José Antonio Alonso, etnógrafo y futuro director del Museo etnográfico provincial de Atienza. 

Monumentos funerarios prehistóricos hay en Guadalajara, como el dolmen de Aguilar de Anguita, afirma Alonso, pero la provincia “no destaca por este tipo de enterramientos megalíticos”. Existe, eso sí, una variedad funeraria, que va desde las sepulturas romanas de Yunquera de Henares hasta los enterramientos medievales excavados en roca en algunas localidades. 

Posteriormente Alonso se centró en el verdadero objeto de su intervención, el concepto de la cultura tradicional funeraria al que es difícil ponerle límites en el tiempo. “Dependiendo de la época histórica de la que hablemos, el sentido de la vida y de la muerte ha sido diferente. Sociológicamente, algo ha cambiado hoy. Hablamos abiertamente de este tema que siempre fue tabú”, afirma. 

Además de las publicaciones provinciales (López de los Mozos, Jose María Alonso o Mariano Marco), el etnógrafo cita como fuentes de su trabajo las orales, principalmente los testimonios de los mayores, y también las escritas en referencia a los testamentos y las hijuelas “que igualmente nos permiten acercarnos a cómo han vivido nuestras gentes el tema de la muerte”.

En ellos, sobre todo antiguamente, quedaba reflejado el pensamiento de las personas que los suscribían. “Hacen referencia a las herencias, naturalmente, pero también, sobre todo, los del siglo XIX, a aspectos como la predisposición del difunto ante la muerte, a su religiosidad, e incluso a detalles prácticos como el número de luces que el finado quería tener en un momento determinado sobre su tumba, amén de otros detalles como el número de oraciones o de misas deseadas”, expuso Alonso. 

Morir entre hermanos

Era muy habitual que en cada localidad hubiera al menos una cofradía. Muchas  aún se mantienen. En sus estatutos se puede comprobar cómo preparaban y se enfrentaban a la muerte de los hermanos. Las cofradías de la Vera Cruz servían como socorro mutuo en cuestiones económicas y también religiosas.

Se identificaban claramente aspectos como la forma de acompañar hasta la muerte al hermano cofrade o quién se encargaba de cada uno de los detalles cuando ésta sobrevenía, como las mortajas o los toques de campanas. “Hoy todos estos temas han cambiado, pero es importante que se conozcan porque forman parte de la personalidad de nuestro pueblo”, recuerda el etnógrafo. 

Otra de las cofradías que tenía cometidos funerarios era la de la Virgen del Carmen, el Montecarmelo, en Molina de Aragón. Era muy habitual que sus hermanos eligieran el hábito de San Francisco como última indumentaria. Otra de las cofradías que refleja cuestiones mortuorias en sus estatutos es la de la Caballada de Atienza. Hay una piedra en el camino que va desde Atienza hasta la Ermita de la Virgen de la Estrella en la que los hermanos colocan su enseña  y rezan por sus muertos. “Acompañarse, ese estar siempre juntos en los momentos difíciles, forma parte de la personalidad que tiene el pueblo castellano”, afirma Alonso. 

La economía también ha estado siempre presente en los funerales. Los sacristanes y párrocos cobraban por hacer sus responsos y sus discursos. Esta parte económica quedaba también reflejada en los testamentos y en las hijuelas. Con mucha frecuencia hacen referencia al dinero que se dejaba para las misas, rezadas o cantadas, según cada caso. Los funerales también podían ser de un cura, de dos o incluso de tres. 

“Desde pequeños nos enseñaban a tener en cuenta el momento de la muerte. Era algo que continuamente se tenía en cuenta. En el habla de nuestras gentes formaba parte de la cotidianidad”, recuerda el etnógrafo. El pueblo utilizaba expresiones coloquiales para dar rodeos refiriéndose a la muerte, como “irse al valle de Josafá” o “a criar malvas” o “a hacer ladrillos con el cogote” o incluso  algunas más jocosas como “se le fue el culo al cesto, se jodió el parentesco”, haciendo referencia a la debilidad del vínculo político. 

Ayudar a buen morir

Aparte de los sacramentos de la extremaunción, en muchos pueblos de Guadalajara había personas que ayudaban a bien morir,  en una actividad específica que, a veces iba unida a la de partera. “En mi propia familia, se recitaba una especie de conjuro que normalmente he escuchado como villancico de Navidad: las doce palabritas, dichas y retorneadas. Se establecía entre el moribundo y el familiar una especie de reto para decirlas al derecho y al revés, de modo que ayudaba a bien morir”, recuerda Alonso. Igualmente había toques de campana que también servían en este sentido. 

En algunas localidades, como en Valverde de los Arroyos, había andas para la conducción del cadáver hasta el cementerio. “En este caso era una práctica habitual. En otros pueblos sólo se utilizaban para conducir los cadáveres de los pobres”, explica. En el velatorio era muy habitual la separación de hombres y mujeres. También existen aspectos gastronómicos en la cultura funeraria provincial. En Yebra, por ejemplo, todavía es costumbre poner dinero para contribuir a la comida del funeral. 

Durante cientos de años los cementerios estuvieron en el interior de los templos. Se tenía la seguridad de que la persona que estaba enterrada más cerca del sagrario tenía más posibilidades de aspirar a mejor vida. Al principio fue un privilegio de la nobleza y autoridades, pero después, al menos en los pueblos, todo el mundo tuvo acceso a ello. 

Tañidos tristes de campanas

Los tañidos de las campanas merecen un capítulo aparte. En Hinojosa acompañaban con su sonido hasta el enterramiento del cadáver. Dependiendo de la edad, los toques eran de una u otra manera, aunque este aspecto variaba mucho dependiendo de las localidades. También había distinción entre los toques para hombre y mujer. Igualmente en Hinojosa, se llevaba una mesita para colocar el féretro y hacer oraciones en el trayecto hasta el camposanto. En la segunda estación, las mujeres se daban la vuelta y continuaban sólo los hombres.

Después del suceso del entierro, había dos formas de alumbrar a los difuntos: por medio de bancos o de las tablillas o quemaos. Las mujeres hilaban artesanalmente la cera con la que se enrollaban los quemaos. En Oter o en Paredes de Sigüenza era costumbre al mismo tiempo que se hicieran ofrendas de luces y ofrendas de panes. 

El negro no era siempre señal de luto

El color negro no siempre estaba relacionado con el luto porque hasta hace pcos años se utilizaba también en los vestidos de boda de las mujeres. “Eso sí, era muy riguroso. Abarcaba a todas las facetas de la vida de todos los grupos de edad, incluso de los niños”, señala. La memoria de los difuntos estaba muy viva en muchos momentos del año. Era habitual que el segundo día de la fiesta local se dedicara a ellos. 

En Riba de Saelices se hacían unas roscas que se rifaban en fiestas. En cada número, la familia ponía el nombre del difunto al que quería dedicarle esa rosca. Curioso es también el mundo de la artesanía y de las lápidas. En Guadalajara, hay algunos lugares en los que los alfareros hacían lápidas de barro con la facilidad de poder escribir en blando y que sus tallas permanecieran luego, una vez cocido. 

Una costumbre muy tradicional en toda la provincia era la de las calabazas y los puches o gachas dulces del día de Todos los Santos. Con las sobras se tapaban las cerraduras, que era el elemento por donde se suponía entraban las ánimas de los difuntos. Es una costumbre muy unida a creencias celtas que ahora se mezclan con la tradición americana de Halloween. Es prácticamente la misma. Esa noche se hacían rituales de iniciación y en algunos pueblos, elegían a sus autoridades.

En su intervención, Alonso también destacó algunas supersticiones. En Tartanedo, por ejemplo, si llueve cuando se estaba cavando el hoyo de los difuntos, es que pronto habrá que hacer otro. También el número 13 va unido a la muerte. Cuando se juntaban trece personas, en algunas localidades, en un evento familiar, normalmente la mujer se iba a comer a la cocina. Era un mal presagio. Igualmente los cazadores no solían salir a cazar el día de los difuntos. “En Mazuecos dicen que un cazador le perdonó la vida a una liebre que le habló en nombre de un familiar”, concluye el etnógrafo.

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