“He muerto muchas veces, pero sigo vivo y subiendo”

El veterano alpinista César Pérez de Tudela, también periodista y divulgador, repasó durante hora y media su trayectoria. • Ofreció hondas reflexiones comparando la escalada y la vida, con anécdotas y golpes de humor. • “A 6.000 metros no tenemos nada que ver con lo que somos aquí abajo”.  “La esencia del montañismo es tu compañero y tú, solos hacia arriba”.


“Si yo soy algo es sobreviviente, de lo que no me vanaglorio”. Con esta frase levantó el telón de su conferencia uno de los alpinistas más conocidos de España y también divulgador y filósofo de la vida César Pérez de Tuedela. El septuagenario aventurero repasó durante una hora y media medio siglo de escaladas por paredes míticas de todo el mundo, anécdotas –desde las más divertidas hasta las más trágicas– y meditaciones.

La Fundación Siglo Futuro inauguró así en la tarde noche del jueves sus ciclos de conferencias de 2013, con un invitado singular, dicharachero y sabio. Aunque la suya es una sabiduría profunda, cercana a la del monje tibetano –tal vez por aquello de las alturas– más que de una erudición exhibicionista. No es, pues, un alpinista al uso. “Es un hombre de letras”, le definió Rafael Bachiller, el astrónomo habitual de la Fundación, encargado de presentarle.

El invitado, antes que nada, tuvo un recuerdo para el colega Jesús García Perdices, quien fuera fundador del Club Alcarreño de Montaña, para a continuación enfrascarse en la conferencia 'Hacia la cumbre en busca de la verdad'.

Una clase magistral

La conferencia fue una clase magistral sobre las lecciones que da la alta montaña. El maestro fue el también doctor Pérez de Tudela, licenciado en la escuela de la vida, que para él casi siempre es una pendiente; la disciplina, “metafísica de la cumbre”; y la clase, algo así como una lección de alpinismo trascendental con algún esbozo de teoría del fracaso. Todo un alegato contra los racionalistas, a los que maltrató el profesor con mucho humor.

La conferencia estuvo trufada de anécdotas personales, entre ellas las más conocidas, como su infarto subiendo el Everest o sus alucinaciones en el Aconcagua, donde incluso se le dio por muerto y luego, al bajar, recogió su propia lápida. Entre las vivencias que rescató de su experiencia se encuentra pasar una noche a la intemperie sobre las nieves de un glaciar de un pico, que obliga a “buscar refugio interno”.

Uno de los momentos más peliagudos que rememoró como “una escena casi bíblica” fue la muerte de su mujer Elena, a causa de uno de los habituales edemas cerebrales que se producen en alta montaña. Cuando él bajó de la cumbre, al llegar al campamento base, yacía muerta en su saco. “Yo entonces perdí la conciencia durante varios días en ese mundo islámico primitivo de poblados sin nombres, que se pronuncian con un solo fonema”.

Reflexiones

Pero en su disertación, acompañada de imágenes, hubo sobre todo hondas reflexiones que la convirtieron en una colección de aforismos. “A 6.000 metros no tenemos nada que ver con lo que somos aquí abajo”, dijo al hablar del conocimiento de uno mismo en la ascensión a las montañas; “aprendemos a sufrir, a arriesgarnos, el equilibrio y, fundamentalmente, a conocernos”, añadió trazando paralelismos entre la vida y el alpinismo, que para él es “una escuela de vida para analizar la conciencia de uno mismo”.

Las enseñanzas del alpinismo para la vida constituyeron algunas de las más hondas argumentaciones que trasladó al público: “Hay que agarrarse donde se puede, pero con dignidad”, aseguró con el doble sentido que brinda la metáfora de la ascensión. Y siguió: “En la escalada, si cometes un error es mejor corregir”.

Al cabo de todo, sigue quedando la gran pregunta que se hacía al principio. ¿Para qué subir hasta una montaña tan alta? ¿Por qué arriesgar en ello la vida, contraviniendo los consejos, una vez más, de los racionalistas? Hay razones simples pero de peso, como decirse “tengo que llegar arriba para ver cómo es la vida desde allí” y por rebeldía casi metafísica, como disfrutar de “la pasión de la vida y de hacer bien lo que crees que hay que hacer bien”.

Hay, también, razones todavía más profundas, casi metafísicas, como sentir la aventura de vivir, porque “la vida es una enorme cuesta”. Pérez de Tudela lo dijo de muchos modos: “La vida es una sucesión de obstáculos y la montaña también lo es”, así que subir una montaña se convierte en una de las vivencias más auténticas que puede experimentar el ser humano. “Una y otra vez superamos el cansancio”.

Respondida la pregunta, también hubo ocasión para el consejo: ¿Cómo subir (en la montaña/en la vida)? “Hay que subir con cuidado y con técnica, pero es la ilusión la que se esfuerza”.

El deporte

El conferenciante se prestó a las preguntas (pocas) y aclaró a petición de Bachiller, que le conoce bien, su antipatía por el deporte de masas y, en general, la concepción del deporte como competición, lo que llamó “el campeonismo” en los que el más poderoso vence sobre el resto: “Si eres más fuerte, no lo demuestres, ayuda al más débil”, ironizó.

No obstante también deslizó algunas críticas hacia las prácticas modernas de alpinismo: “Ahora suben primero los sherpa y, cuando están ya arriba, les dicen que suban ya al alpinista que persigue la gloria”, se burló. También criticó la pérdida de la esencia más pura de su deporte: “La esencia del montañismo es tu compañero y tú solos hacia arriba”.

César Pérez de Tudela es un hombre menudo, peculiar y barbudo, con trazas de vagabundo, término que, al fin y al cabo, puede que no se distancie de su filosofía de vida. Orteguiano convencido –cita al filósofo una y otra vez–, confiesa que no envejece porque “quienes tienen mentalidad metafísica no pierden la juventud” y se muestra creyente en Dios por la fuerza de la evidencia: imposible, si no, haber sorteado tantas veces el peligro. “He muerto muchas veces –sentenció-, pero sigo vivo y voy a seguir subiendo”. Para escalar hasta alcanzar la cumbre. “En la cima está la luz”.