Miguel Picazo, íntimo e inédito

La Biblioteca rindió homenaje al cineasta que vivió tres décadas en Guadalajara, rodó aquí ‘La tía Tula’ y dejó su biblioteca personal y numerosos objetos personales a modo de legado. • El director y amigo Víctor Erice acudió a una mesa redonda con la exdirectora del centro, Blanca Calvo, y el presidente del Cineclub, Alberto Sanz en la que destacaron su generosidad, su buen humor y su calidad como cineasta. • La cita reveló un cuento escrito por realizador con 17 años y anécdotas como su participación activa en un cineclub.


Si por la exdirectora de la Biblioteca Pública hubiese sido, Miguel Picazo habría pasado sus últimos años de vida en Guadalajara y habría tenido una llave exclusiva para adentrarse entre los muros y estanterías del edificio cada vez que hubiese querido. Y no era para menos. El cineasta era socio de honor del centro desde 1995. Pero no cualquier socio de honor de la biblioteca. Porque Picazo, que amaba los libros por encima de casi todas las cosas, había donado gran parte de su biblioteca y valiosos objetos personales en agradecimiento al lugar que le había permitido leer cuando era un joven sin posibles, llegado desde Andalucía con su madre y su hermano hasta la capital de La Alcarria.

Así que Picazo se había ganado esta llave por derecho propio, pero no la tuvo porque, aunque llegó a tantear algunas residencias en la ciudad, finalmente no pasó sus últimos años de vida en Guadalajara, sino de vuelta a la provincia de Jaén, donde murió el 23 de abril. En cualquier caso, no cabe duda de que no había mejor lugar para rendirle homenaje que la propia Biblioteca, que este mes está dedicando todo un ciclo de actividades en reconocimiento al realizador.

Uno de estos actos tuvo lugar este jueves en el patio de Dávalos con una mesa redonda previa a la proyección de su película más conocida, ‘La tía Tula’, su adaptación de la novela de Unamuno. Tomaron allí la palabra la propia Blanca Calvo, el actual director del centro, Jorge Gomez; el presidente del Cineclub Alcarreño, Alberto Sanz; y un invitado de lujo, el también realizador –otro clásico del cine español– Víctor Erice, quien le recordó por su buen humor y como “uno de los mejores narradores orales que puedo testimoniar”, dijo en una primera intervención más bien breve.

Lo de la narración oral en Guadalajara no toma por sorpresa, porque Picazo participó siempre que pudo en el Maratón de los Cuentos, invitado por su amiga la bibliotecaria Calvo. Pero a lo largo de la velada en Dávalos salieron a relucir otros datos menos conocidos que conformaron un retrato íntimo del Picazo amigo y cineasta, del hombre tremendamente generoso y del creador imprescindible pero poco reivindicado en nuestros días. Fue un homenaje con no pocos detalles personales sobre un paisano cuyo legado, en los fotogramas de sus primeros filmes, pero también en sus objetos más preciados, quedó para siempre unido a Guadalajara.

¿Cómo era Picazo, el alcarreño adoptivo que renovó el cine español en los sesenta?

A juzgar por las muchas anotaciones que hacía en sus libros, hoy custodiados en Dávalos, el director de la biblioteca considera que Picazo “estaba siempre buscando material cinematográfico”. Su biblioteca estaba llena de libros de los que extraía datos o vestuarios y uno de los sueños que no vio cumplidos fue hacer una serie ambientada en el siglo XIX. Pese a episodios así, “se tomaba los fracasos con filosofía”, puntualizó Calvo, que habló en su intervención del papel de la madre de Picazo (alegre y muy liberal) y que definió a Picazo como un cineasta que “no conoció la envidia profesional” y apoyó con generosidad a sus colegas y, ya en las distancias cortas, como un hombre al que le gustaba no sólo el buen comer, sino también cocinar y hablar sobre cocina.

Pero el de estas cuatro voces fue, además de íntimo, un retrato inédito, porque a lo largo de la charla se deslizaron anécdotas poco conocidas e incluso aspectos de la vida del cineasta que permanecían hasta ahora en la sombra. El público asistente a la charla supo así de un cuento que Picazo escribió siendo alumno del instituto Brianda de Mendoza y que Blanca Calvo rescató para la ocasión de los archivos del centro para leerlo al final de la mesa redonda de este jueves.

Picazo en un cineclub de la ciudad

El Picazo inédito se reveló también en un interesante dato tras el que han estado investigando los intervinientes de la mesa redonda días antes de la cita: la participación del cineasta nacido en Cazorla en la puesta en marcha en 1952, cuando tenía 25 años, de un cineclub llamado Estudio con otros colegas como el periodista José de Juan. “Tenían una actividad casi clandestina, a veces incluso proyectaban en casas particulares en Super 8, en un ambiente de secretismo”, explicó Sanz.

Este dato, encontrado por la joven realizadora alcarreña Inés Espinosa en un ejemplar antiguo de Nueva Alcarria, ha sido confirmado por un hermano de Picazo residente en Málaga, con quien ha hablado Sanz para ahondar en la vida del homenajeado y su relación con la ciudad que le acogió durante tres décadas: “Me repitió que Miguel siempre se sintió alcarreño” y que “llevaba a Guadalajara en el corazón”. También le explicó las principales razones por las que escogía escenarios alcarreños para sus películas, no ya porque tuviese ayudas económicas por hacerlo, sino “por el cariño” hacia esta tierra y “por comodidad, porque lo conocía tan bien que tenía en la cabeza los lugares donde podía localizar las escenas”.

En la secuencia de pasajes inéditos revelados en la mesa redonda, Blanca Calvo aportó otra que afectaba a uno de los presentes y al propio escenario de este homenaje a Picazo. Calvo contó que el Palacio de Dávalos, antes de ser restaurado para convertirse en sede de la Biblioteca Pública, había sido elegido como localización para la película ‘El embrujo de Shanghai’, la adaptación de la novela de Juan Marsé que finalmente dirigió Fernando Trueba, pero que inicialmente había sido encargada al propio Víctor Erice. La productora había decidido que el palacio guadalajareño sería el taller de uno de los protagonistas, pero los cambios ocurridos en el rodaje finalmente dejaron a la adaptación sin Erice como director y a Guadalajara sin escenario para el filme.

La tía Tula’ en Guadalajara

Donde sí quedó plasmada Guadalajara fue en las películas de Picazo, entre ellas ‘La tía Tula’. El presidente del Cineclub señaló algunas de las localizaciones de la ciudad –también se rodó en Brihuega–: el Teatro Moderno, el interior del Ateneo, las calles Doctor Benito Chávarri y Juan Bautista Topete, la antigua pastelería Campoamor de la Calle Mayor y, sobre todo, el interior de una casa de un edificio hoy desaparecido del Paseo de Fernández Iparraguirre.

La película, citada siempre como un clásico, sigue resultando imprescindible todavía hoy a ojos del amigo de Picazo, el realizador Victor Erice. “Además del valor de la poesía que contiene, que es mucha, tiene el valor de ser un documento de lo que fuimos en este país y en esta ciudad, es imprescindible”, subrayó el realizador vasco.

Sanz añadió que “es una virguería” desde el punto de vista técnico, con algunos de sus planos secuencia y como pionera en el uso de sonido directo, “que ayuda a crear la atmósfera opresiva de la película”. Erice, en una primera intervención más bien escueta, recordó el gran éxito que tuvo en su día ‘La tía Tula’, con “una gran acogida tanto en el Festival de San Sebastián [el premio a la mejor dirección que ganó está depositado en Dávalos, que estos días lo expone en una vitrina] como de cara al público”. Muy a pesar de que los críticos literarios más ortodoxos dieron la espalda a la adaptación del libro de Unamuno.

Le negaron el pan y la sal”, recordó su colega, el autor de 'El espíritu de la colmena' y 'El sur'. “Lo que hizo Picazo fue precisamente una desmitificación”, defiende hoy el realizador, como hizo en 1964 en una crítica en una revista. Picazo, que eliminó partes sustanciales del texto de Unamuno y situó el libro en esta provincia, “supo encajar de manera magistral la adaptación absolutamente libre del libro en el paisaje de Guadalajara” y le dio un dibujo totalmente nuevo al personaje protagonista que interpretó Aurora Bautista para hablar de la sociedad reprimida de aquellos años.

Ese fue el genio de un cineasta alcarreño, aun cuando no nació ni tampoco murió en Guadalajara. Y que, aunque se quedó sin llave para entrar en la Biblioteca cuando quisiera, ha visto cómo tras su muerte se han abierto de par en par las puertas de Dávalos para rendirle un homenaje que continúa todo el mes con la doble exposición montada en la segunda planta y con la programación para el día 30 de la proyección de ‘Miguel Picazo, un cineasta extramuros’, documental estrenado en la última Seminci de Valladolid y con algunas de sus secuencias rodadas el pasado verano en Guadalajara.

 

Fotos: R.M.

 

 

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