La colección Picazo, el legado del cineasta en Dávalos

La Biblioteca sigue catalogando los 8.000 títulos que donó el realizador y organizará en otoño una exposición con los materiales más significativos. • Entre los fondos está un cuadro con su retrato, el ejemplar de ‘La tía Tula’ en el que se basó para escribir el guion de la película o la placa del premio a mejor dirección en San Sebastián. • La exdirectora del centro, Blanca Calvo, y el bibliotecario Carlos Paulos, destacan la pasión de Picazo por los libros.


Fue Walter Benjamin quien escribió que coleccionar es una forma de recordar mediante la praxis. “Todo lo recordado, pensado y sabido se convierten en el zócalo, marco, pedestal, precinto de su posesión”. Miguel Picazo, fallecido este sábado a los 89 años de edad, era un coleccionista de manual. Atesoraba libros en su casa con la voracidad de Diógenes, pero también con el mimo de un conservacionista de museo. Y llegado un momento de su vida, hacia 1999, decidió que todo aquello que amaba –los libros sobre todas las cosas– lo iría donando a la Biblioteca de Guadalajara, la ciudad donde no nació pero donde pudo morir. Fue un gesto de generosidad que ha quedado recordado ahora con motivo de su fallecimiento.

Los sótanos del Palacio de Dávalos, muy cerca de donde vivió -en la confluencia de la plaza con la calle Doctor Román Atienza- custodian un legado monumental de unos 8.000 títulos donde hay muchos libros, pero también revistas, películas y objetos personales, muchos de ellos dignos de un museo sobre el cineasta. Es el rastro más sólido de la vinculación del realizador nacido en Cazorla (Jaén) con la ciudad de Guadalajara, donde vivió durante más de cuarenta años, en las inmediaciones de la plaza de Dávalos y en Taracena.

Un rastro esquivo

La de Picazo y Guadalajara es, injustamente, una relación muy poco conocida. Y es, de algún modo, una historia que está pendiente de escribir. A diferencia de lo que ocurre con otras figuras relevantes de la cultura nacidas o ligadas a Guadalajara, la ciudad no se ha deshecho en elogios frecuentes hacia uno de los renovadores más importantes del cine español, aun cuando se le entregaron reconocimientos como el título de Hijo Adoptivo en el Ayuntamiento el 14 de febrero de 1997 o el carné de socio de honor de la Biblioteca Pública. Los círculos culturales le han citado más bien poco y no hay ningún libro editado en Guadalajara donde se le recuerde como un referente para el cine, a diferencia de lo que sí se ha hecho en Andalucía. 

Siempre hay excepciones. La Fundación Siglo Futuro -entonces club- le concedió su Premio el 25 de junio de 2003 durante el acto de clausura del curso 2002/2003, un galardón que Picazo recibió este premio directamente, acompañado de los escritores Mario Benedetti y Ángel González. Pero, en realidad, hay que buscar con interés para rastrear los pasos del cineasta en la ciudad donde se hizo hombre y donde rodó su película más recordada, ‘La tía Tula’. De su presencia en la vida cultural alcarreña queda por ejemplo el recuerdo de su inmensa figura enmarcada en el Patio de los Leones del Infantado, contando al público en el Maratón de los Cuentos, como hizo siempre que pudo, o participando como jurado en la primera edición del Festival de Cine Solidario de Guadalajara (Fescigu). Queda, también, un largo catálogo de localizaciones arriacenses que utilizó para sus dos primeras películas. Pero no hay mucho más. Salvo en la Biblioteca Pública, el lugar donde custodian toneladas de memoria de Miguel Picazo.

Las primeras donaciones

Aunque la noticia de una gran donación por parte del realizador se dio en 2002, cuando se formalizó el traspaso, la realidad es que desde hacía ya tres años la entonces directora del centro, Blanca Calvo, y uno de los bibliotecarios, Carlos M. Paulos Rey, estaban ya seleccionando títulos y enviándolos a la biblioteca, entonces en el Infantado. El deseo del cineasta era ir donando progresivamente todos sus fondos. La relación comenzó en 1999, pero siguió durante años. Los últimos envíos se produjeron hace menos de diez años, con la biblioteca ya mudada a Dávalos.

De aquellos tratos y de las presencias en el Maratón de los Cuentos fue surgiendo una relación cordial, habitual y cercana con Calvo, que habla con admiración de la pasión que Picazo tenía por su biblioteca: “No he conocido nunca a nadie que amara tanto los libros, eso se notaba en el modo en cómo veías que los trataba en su casa”, explicaba Calvo a Cultura EnGuada este domingo, el día después de la muerte de Picazo. Un amor por los libros que hace todavía más significativo su gesto de desprenderse de esos fondos para ponerlos a disposición de la ciudad de Guadalajara.

Esa fue una de las dos condiciones de la donación: “Que estuviese abierta a que los ciudadanos la pudiesen consultar y que la colección se quedase toda bajo su nombre”, sin dispersar, relata el actual director de la Biblioteca de Guadalajara, Jorge Gómez. Entre los 8.000 títulos y objetos hay sobre todo libros, pero también fotografías, carteles de cine, revistas especializadas de cine en varios idiomas, guiones de películas y, por supuesto, una verdadera joya: el ejemplar en la colección antigua de la Editorial Austral de ‘La tía Tula’ de Unamuno, con las anotaciones de Picazo para la escritura del guion, donde se advierten los pasajes que destacó para crear las escenas.

La mitad de los fondos están ya catalogados. “La primera tarea es preservar y la siguiente, catalogar”, explica el bibliotecario Paulos, que se encargó de tratar con el cinaesta y que visitó en varias ocasiones su domicilio en la calle Quintiliano de Madrid, en la zona de López de Hoyos, entre 1999 y 2002. “Era un piso muy pequeño, de apenas sesenta metros cuadrados, pero estaba lleno de libros, los había hasta debajo de las camas, amontonados por todos los rincones. Por el pasillo tenías que pasar de lado”, rememora.

También había muchísimas películas, pero estas donaciones las quiso reservar el director “para más adelante”. De ahí que no haya apenas nada en DVD, aunque sí cintas de vídeo –muchas en el formato desaparecido Beta–. En los primeros envíos, según recuerda el bibliotecario, abundaron los clásicos de la narrativa y la psicología, ámbito en el que recibió su formación académica. En sucesivas entregas llegaron más ejemplares, también de literatura contemporánea, pero con abundante presencia de autores como Azorín y San Juan de la Cruz, historia en torno a las figuras de Isabel la Católica y Juana la Loca y toda la producción de la línea alcarreña de poesía Doña Endrina.

Guiones de cine y un premio

Paulos recuerda que el director, que siempre se mostró “humilde, cercano y tremendamente educado”, dejó claro desde el principio que había media docena de títulos que quería que se tratasen “con especial cuidado”, entre ellos el ejemplar de ‘La tía Tula’, una tesis publicada en Estados Unidos sobre directores de la España franquista donde trataban su obra, el ensayo ‘El cine español en el banquillo’, el catálogo de una semana de cine español en Tokio donde se exhibió su primera película y el guion de ‘El espíritu de la Colmena’ firmado por el director Víctor Erice, con un agradecimiento. En el fondo, por cierto, hay otros guiones, como el de ‘Tesis’ de Alejandro Amenábar, donde Picazo interpretó un pequeño papel.

Además de libros, muchísimos, en la colección hay algunos materiales muy personales, como una fotografía en la que aparece con Buñuel y los colegas cineastas Juan Antonio Bardem, Carlos Saura y Marco Ferreri, una carpeta de recortes de prensa sobre sus películas, varios carteles e incluso una pequeña colección con revistas de cine de 1935, así como otras muchas especializadas en cine y escritas en inglés, francés o italiano.

Entre las curiosidades se encuentra también una amplia colección de cómics (por catalogar), unas cajas de diapositivas de películas clásicas para sus clases como profesor de montaje en la Escuela Nacional de Cinematografía o un retrato que un pintor le hizo y que pasó de colgar de las paredes de su casa a formar parte de la galería de ilustres de la Sala de Investigadores de la Biblioteca, donde sigue ahora. Pero entre los tesoros personales brilla una auténtica joya: la placa del premio a la Mejor Dirección del Festival de San Sebastián por ‘La tía Tula’, que ayer posaba para la foto en el despacho del director de la Biblioteca. 

Muchas de estas piezas dignas de museo saldrán a la luz en una exposición que formará parte del ciclo que el centro va a dedicar al cineasta en otoño, abierto a la incorporación de otros colaboradores. Gómez es consciente del inmenso legado que hay en los archivos de Dávalos y que ahora, con la muerte del director de cine, cobran un interés extraordinario: “le queremos sacar todo el jugo a ese material”.

La Biblioteca de Guadalajara ha recibido a lo largo de los años el traspaso de otras bibliotecas privadas, como las de José García Hernández, Magariños, Suárez de Puga o la Sección Femenina en Guadalajara. Pero para Paulos, más allá de las sorprendentes piezas sueltas que dan un gran valor sentimental o para la investigación, esta colección ofrece algo muy poco habitual, por el modo en que define el carácter y las preocupaciones de este alcarreño adoptivo: “Lo verdaderamente importante de esta donación es que te da una visión de todos sus intereses personales, eso pasa muy pocas veces; ahí están la sexualidad y el erotismo, que era un asunto que le preocupaba mucho, pero también la psicología, la gastronomía y el cine”. Sus grandes pasiones, con los libros. Que la colección fuese donada en bloque significa, para Paulos, “que Miguel Picazo valoraba su biblioteca como un todo”.

El futuro del vínculo

En una crónica publicada este domingo por el Diario de Jaén, sus compañeros de profesión recordaban a Picazo en el día después de su muerte como “sabio, inteligente, genio, humano, generoso y, sobre todo, un adelantado de su época”, un hombre con una filmografía corta pero que fue capaz de demostrar “una forma de hacer películas muy diferentes a los convencionalismos de su tiempo”.

En Guadalajara, más allá del peso en la historia del cine de su obra –con rodajes en la ciudad–, queda un vínculo a través de los libros que se viene retroalimentando desde hace décadas. Los lazos pudieron ser aún mayores si finalmente hubiese venido a una residencia de Guadalajara a pasar sus últimos compases de vida, pero finalmente marchó al sur. No obstante, el peso de la donación tiene un enorme valor. Ahora Miguel Picazo se ha ido, pero en Dávalos se queda un legado gigantesco que pugna por salir de los sótanos.

La biblioteca de la ciudad donde llegó con once años le había permitido leer y ver películas que, de otro modo, un niño pobre jamás podría habría podido leer y ver. Hecho ya un hombre, quiso devolver este favor como los buenos amigos, correspondiendo. En un nuevo episodio de esta cadena de favores, la Biblioteca Pública se predispone ahora a cumplir con la voluntad de Picazo de acercar la colección a sus paisanos. El vínculo entre el hombre y su ciudad, a veces huidizo, se hace más fuerte. 

 

 

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